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Ocho mujeres

El mundo de Natalia y Ezequiel

La historia de una madre y su hijo, un pibe de 19 años que murió en diciembre del 2022 como resultado del consumo problemático de drogas. El caso conmocionó a Alto de Sierra, una comunidad atravesada por la lucha contra la falta de oportunidades.

Por Natalia Caballero

Ezequiel cumpliría 21 años el 1 de febrero. Era de Acuario. Cuando era chiquito, le gustaba festejarse el cumpleaños y prefería la sopa antes que cualquier otra comida. Tenía los ojos enormes, pestañas infinitas y quienes lo conocieron de bebé, lo recuerdan como el más lindo que haya nacido en Alto de Sierra. Natalia Rodríguez es su mamá, para ella su rol nunca será en tiempo pasado: sigue y seguirá siendo la madre de Ezequiel para siempre. Ezequiel Montaña murió de sobredosis a pocos metros de su casa hace un año. Esta es la historia de una madre y un hijo.

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Ezequiel fue muy buscado. Sus padres afrontaron primero una pérdida y luego, después de meses, llegó la noticia. Cuando Natalia tuvo el positivo en sus manos, le llamó a su hermano Patricio y le dijo que iba a ser el padrino. Hubo lágrimas de emoción. Todo era alegría. El niño fue el primer hijo, el primer nieto y el primer sobrino de la familia Rodríguez-Acacio. Finalmente, el bebé llegó al mundo el 1 de febrero del 2003 a las 6.30. Nació en el hospital Rawson. Como el 31 de enero era el cumpleaños del abuelo materno, no hubo pariente que no esperara en la puerta del centro de salud su llegada. Varón y rozagante. Ojos con pequeños destellos verdes-almendrados y de tez blanca. De noche, dormía y de día, era pura risa. Era el regalón. Aprendió a caminar a los 10 meses. Pasaba de brazo en brazo y siempre con una sonrisa compradora.

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De niño, era muy activo. Andaba con bidones dentro de la casa, era su juego preferido. Solo tres personas lo llamaban Ezequiel, para todo el mundo fue, es y será Ignacio o "el Nacho". Tenía mucha destreza física y asombraba a su familia por la rapidez con la que aprendía lo que le enseñaban en la escuela. Fue a la primaria a la escuela Corrientes, por sobre Libertador a metros de San Juan. Su materia preferida era inglés. Se crió yendo a la parroquia, donde llegó a ser monaguillo. "Era un niño super inteligente, pedía libros para leer, las palabras que no entendía las buscaba en el diccionario", contó Natalia.

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Cuando arrancó la secundaria, siguió en la Corrientes. Como se empezó a rodear de un entorno difícil, su madre tomó la decisión de cambiarlo de escuela a la Cortínez, en Alto de Sierra más profundo. Al poco andar, abandonó. Su familia intentó de nuevo, en un establecimiento con turno noche, pero Ezequiel no quería ir. Fue el inicio de un camino complicado.

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A los 15 años, mostró los últimos signos de interés con el mundo. Le gustaba escribir y cantar. Le pidió a su familia que le regalaran un micrófono. "Nunca lo escuchamos. Tengo un montón de hojas de canciones, de cosas que sentía. Era su pasión: escribir y cantar. Los amigos nos cuentan que cantaba muy lindo, a las chicas les cantaba también. Tengo solo una grabación de él, a mi mamá se la mandó. Es lo único que quedó en el teléfono", dijo Natalia. Su sueño era ser cantante famoso, ganar plata y comprar una casa grande para todos los suyos.

Al mismo tiempo que dejó la escuela, su familia lo perseguía porque se escapaba de la casa. Todo continuó complicándose. Ezequiel empezó a llegar cada vez más tarde a su casa. Venía con los ojos llorosos. Para Natalia e Isabel -la abuela- era un mundo totalmente desconocido el de las drogas: "El que nos abrió los ojos fue mi hermano Patricio. Nos dijo que no eran efectos del alcohol. Yo no sabía, no sabía los síntomas".

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Cuando se dieron cuenta que había una adicción de por medio, la familia intentó primero hablar a corazón abierto. Le pidieron que cambie de amigos, de círculos. No hubo caso. Al poco tiempo, Ezequiel llegó a su casa prácticamente inconsciente. Su cuerpo estaba golpeado y no sabían por qué. Con lo puesto, llevaron al adolescente al hospital Rawson. Allí le pusieron un suero, le dieron puntos en la ceja. Los análisis no dejaban lugar a dudas: había sufrido una sobredosis tras ingerir cocaína y anfetaminas. La primera.

El ingreso con sobredosis al Rawson fue el inicio de un peregrinar para que Ezequiel reciba asistencia. Tras recomendación médica, finalmente ingresó al Centro por la Vida, que administra el Ministerio de Salud Pública. Todas las mañanas, la abuela de Ezequiel se encargaba de llevarlo. A las 14, cuando Natalia terminaba sus jornadas como trabajadora de casas particulares, buscaba al adolescente en la Mendoza y Pedro Echagüe. "No podía manejar plata, ni para ir al kiosco. No podía estar solo, debía estar muy vigilado. Era como un niño chiquito. Pero en pleno tratamiento, los amigos les tiraban las drogas por el fondo de la casa. Nos dimos cuenta porque empezó a estar muy tranquilo. Estuvo unos meses, pero no quería ir y es voluntario", detalló Natalia.

No era fácil brindarle ayuda. Es que además de vivir al día, a la familia le costaba mucho encontrar lugares que lo recibieran con los gastos pagos. Natalia labura en varias casas, donde la paga es diaria. El padre nunca pagó cuota alimentaria. En los centros de tratamiento, no lo recibían si no era voluntaria su internación a pesar de ser menor de edad. Hasta que la familia no dio más y judicializaron el caso. No quedaban puertas para golpear.

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En octubre del 2022 tuvo un mes complicadísimo. Episodios de paranoia graves, escapes, corridas, robos dentro de la casa. La causa se judicializó y en noviembre lo mandaron al hospital Ventura Lloveras, en Sarmiento. Se instaló Natalia, su madre y Ezequiel. “Llegó y le pusieron suero, lo desintoxicaron, pero no era un tratamiento, estuvo una semana. Esos días comió un montón, lo que pedía le daban”, recordó su mamá.

Después de una charla con el esposo de su madre, Ezequiel arrancó a trabajar en los hornos ladrilleros de Alto de Sierra. Hubo algunos días de tranquilidad familiar, en los que Natalia, Duilio, Ezequiel y Gonzalo –el hermano más chico- compartían almuerzos y sobremesas. Pero fueron unos pocos días porque “Ezequiel estaba, pero no estaba”. No compartía con amigos, no se compraba nada, ni ropa, ni zapatillas.

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El 10 de diciembre del 2022, rastrilló los alrededores de la casa porque veía serpientes. El joven estaba inquieto. Agarró un fierro y salió corriendo por el descampado. En esa carrera, escucharon dos gritos de dolor. Lo encontraron solo, inconsciente, descalzo, con la planta de los pies destruidas después de clavarse espinas en el camino. Se lo llevaron a Urgencias del Rawson. Nunca nadie en la familia imaginó que Ezequiel, que el Nacho, que el pibe que soñaba con ser cantante, iba a vivir apenas tres días más.

La última charla que tuvo madre e hijo fue el 11 de diciembre. Es que ese día abrió los ojos. Ezequiel le pedía agua a su mamá. Estaba perdido en tiempo y espacio. Natalia supo que su hijo había sufrido una sobredosis, que los órganos se le estaban paralizando uno por uno y que, por su cuadro, iba a ser asistido en el servicio de Terapia Intensiva. “Ninguno aceptaba el diagnóstico, que se iba a morir no era una posibilidad”, dijo.

La información de los médicos cambiaba a veces más de una vez al día. Hubo profesionales que contuvieron a la familia y otros, que alejados de todo registro de emocionalidad y empatía, atendieron al adolescente. En el medio, Natalia se descompuso luego de que una profesional le dijera "tu hijo se va a morir". Se le bajó la presión. No podía ser cierto. Ezequiel no debía ni podía morir.

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El martes 13 de diciembre, a las 9, un médico le informó que su hijo había fallecido: “Hasta el día de hoy no lo podés creer, que una sobredosis te arranque la vida, las ganas de vivir, te aleja de todo, te aparta, es una cosa que te succiona. Hasta el día de hoy no nos explicamos qué pasó, fue de un sábado a amanecer el martes en la mañana sin vida. Se desintegró por dentro. Le robó la vida y la juventud”.

Natalia abrió su corazón para ayudar a otras personas. No es fácil. Recordar no es fácil. Menos la muerte de un hijo. 19 años. Toda una vida que merecía ser vivida. Los amigos lo recuerdan y le dedican frases en las redes sociales. Natalia los aconseja. Es una forma de hacer algo por los demás. Tiene tatuado el servicio.

En la parte baja de la ventana quedan unas colillas de cigarrillo. De esos con los que Ezequiel bajaba la ansiedad en sus días más difíciles. Las hojas con sus escritos son tesoros para su madre. También esa canción grabada que le dedicó a su abuela, a la que llamaba cariñosamente “mama” sin acento. Quedan las palabras de sus amigos, que le mandan mensajes a Natalia para recordarle cuánto querían a su hijo. Quedan los diálogos con su primer amor. Acá quedan, quedan los que amaron a Ezequiel.

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