Hay quienes eligen su casa por la vista: algunos sueñan con ventanas abiertas hacia las montañas, otros buscan un parque cercano o el movimiento de la ciudad. Para un grupo de familias, en cambio, la postal diaria no está marcada por la naturaleza ni por el cemento urbano, sino por los muros silenciosos de un cementerio.
A simple vista puede parecer extraño. Desde afuera, muchos se preguntan cómo alguien puede convivir con la muerte tan de cerca, cómo se puede normalizar el tránsito constante de cortejos fúnebres, las coronas de flores que van y vienen. Sin embargo, para quienes crecieron con ese paisaje, la costumbre suaviza el misterio. El miedo no es protagonista: nunca vieron nada raro, nunca escucharon algo fuera de lo normal. Lo verdaderamente difícil, coinciden, es convivir con el dolor de los demás.
Porque no es el cementerio en sí el que pesa, sino lo que ocurre dentro de él. Los vecinos hablan de la imposibilidad de abstraerse de las escenas que se repiten cada día. El llanto desconsolado de las familias, los gritos de quienes se resisten a despedirse, los silencios densos que acompañan una sepultura. “Al principio lloraba con ellos, porque es muy difícil”, reconoce una mujer que además de vivir frente al camposanto trabaja como sereno. “Uno es humano y siente el dolor de los demás. Y ese dolor es lo que más cuesta”.
El resto, con el tiempo, se convierte en parte de la rutina. Los niños se crían entre preguntas y curiosidad, hasta que aprenden que no hay nada que temer.
Si hay algo que los vecinos reconocen como incómodo, más allá de lo emocional, son los olores que se intensifican con el calor. En invierno el aire es liviano y el ambiente tranquilo, pero durante los días de altas temperaturas la situación cambia: el calor hace que los nichos se vuelvan más difíciles de soportar y, al caer la tarde, muchos prefieren encerrarse en sus casas.
Lo que permanece intacto, lo que nunca deja de pesar, es la cercanía con las despedidas ajenas. En cada entierro, la vida de los vecinos se cruza inevitablemente con la muerte de otros. No hay manera de cerrar del todo la ventana al llanto que llega desde enfrente. Y aunque la costumbre logre naturalizar casi todo, ese dolor que no es propio pero se escucha y se siente como si lo fuera, se transforma en la carga más difícil de llevar.
Quizás por eso, quienes viven al lado de un cementerio no hablan de miedo ni de fantasmas, sino de empatía. Y de la certeza de que lo que realmente impacta no es la presencia de la muerte, sino la compañía constante de la tristeza de los demás.
Embed - Como es vivir al lado de un Cementerio