Quedan pocos minutos para las 13.30 y Ariel abotona su camisa celeste por última vez. Aquella prenda que lo acompaña desde hace 34 años aparece planchada y reluciente para el viaje final. Su esposa e hijos están a su alrededor, grabando en sus retinas los últimos movimientos antes de subirse al colectivo por última vez. Antes de salir de su casa y cruzar la calle -la parada de colectivo está justo al frente-, mira una y otra vez la carta que le escribió una pequeña pasajera de 7 años. Todo es emoción. Pero explota finalmente cuando se abraza con los suyos, le toca subir los escalones de la vieja línea 18 y es recibido con un enorme aplauso por los casi 20 angaqueros que lo esperan sentados en los asientos.
La camisa la lavaré, la plancharé y la guardaré en el armario; me va a traer siempre hermosos recuerdos. La camisa la lavaré, la plancharé y la guardaré en el armario; me va a traer siempre hermosos recuerdos.
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Para Ariel Mereles no es un viaje más, tampoco para los pasajeros que lo han visto a sol y a sombra en sus 34 años de oficio. “Anoche me costó dormir, es una emoción terrible. La primera vuelta ya la estoy viviendo de esta manera, no me quiero imaginar cómo va a ser la última. El cariño de la gente es impagable”, expresa el hombre, al borde de las lágrimas.
La vieja línea 18 ahora es la 404 de la Red Tulum y sale del corazón de Angaco para trasladarse a las zonas más alejadas del departamento, incluso a Las Tapias, donde nació y transitó toda su infancia y adolescencia. En el camino va a los bocinazos: la gente lo espera a la vera de la ruta para saludarlo y él responde. Otros, se suben al colectivo para fundirse en un cálido abrazo.
“Voy a extrañar todo esto, el compartir el día a día, los viajes y las charlas con los pasajeros. El levantarme temprano para trabajar. Creo para cualquiera que se jubile, en el rubro que sea, no debe ser fácil. Al menos para mí no es fácil por la gente, por los compañeros también”, reflexiona Ariel mientras maneja por las calles de su departamento.
Nosotros no tenemos cumpleaños, sábados ni domingos, pero he tratado de ser lo más profesional posible. La gente se merece respeto. Nosotros no tenemos cumpleaños, sábados ni domingos, pero he tratado de ser lo más profesional posible. La gente se merece respeto.
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Son 34 años de oficio, ni más ni menos. Era 1989 cuando se subía por primera vez a un viejo colectivo de la empresa Albardón. Era el interno 4 y lo manejaba una vez a la semana, todos los miércoles. Estuvo a prueba durante tres meses hasta que fue contratado por tiempo completo.
“Yo trabajaba en la bodega de unos amigos de mis papás, en Las Tapias. Pero había formado familia, no me alcanzaba la plata y tuve que buscar otra cosa. En ese tiempo los colectivos eran rentables y empecé a trabajar en eso. Por suerte la empresa después me dio esa oportunidad. Yo ya venía de trabajar en la cosecha y de manejar camiones”, cuenta.
Ariel recuerda con nostalgia todas sus etapas como colectivero, cuando arrancó el viejo Ford de trompa enorme, cuando el pasaje costaba 20 centavos, cuando él mismo cobraba y llenaba su riñonera de monedas, cuando él mismo tenía que arreglar el vehículo cuando sufría un desperfecto en pleno recorrido. “Hoy es otra cosa, hay muchos cambios. Pero viví felizmente todas las etapas, soy un agradecido”, cierra.
El último viaje de Ariel, el angaquero que le dijo adiós a la vieja Línea 18