Marcos Maciel, un sanjuanino de 78 años que, lejos de montar a caballo, emprendió el recorrido hacia la Difunta Correa en su “cochecito”, bautizado “Ave Fénix”.
Tal como estaba previsto, este viernes al mediodía, la zona aledaña a la Terminal de Ómnibus y la plaza Severino Di Stéfano, en Capital, comenzó a poblarse, poco a poco, de familias completas de gauchos y sus caballos. Era el punto de partida de la XXXV Cabalgata de Fe a la Difunta Correa, una de las manifestaciones más tradicionales de la provincia. Entre los jinetes y carruajes, una figura llamaba especialmente la atención: Marcos Maciel, un sanjuanino de 78 años que, lejos de montar a caballo, emprendió el recorrido hacia Vallecito a bordo de su “cochecito”, como él mismo lo define. Lo bautizó “Ave Fénix”, un nombre que no pasa desapercibido y que resume, en parte, su historia.
Hace más de dos décadas que Maciel participa de esta travesía, aunque su forma de hacerlo cambió con el tiempo. Hoy acompaña a su hijo Marcelo, quien llega desde Jáchal para completar la cabalgata a caballo, mientras él cumple un rol clave desde su vehículo artesanal.
“Mi hijo viene desde Jáchal para hacer el recorrido a caballo y yo lo acompaño en el ‘Ave Fénix’, con todos los materiales que necesita”, cuenta. El coche no es improvisado: comenzó a construirlo a mediados de los años noventa, como un proyecto familiar. “Lo armé para ir al campo, para divertirme con mi señora y mis hijos cuando eran chicos. Empezamos en el ’95 y lo fuimos haciendo de a poquito. Como soy metalúrgico, entre trabajo y trabajo avanzaba”, recuerda.
La estructura del vehículo también habla de su oficio. Maciel desarmó un auto Fiat 1.100 para reutilizar su motor y, más adelante, incorporó el de un Fiat 125. Con el tiempo, fue sumando detalles que lo convirtieron en una especie de casa rodante criolla.
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El “Ave Fénix” está equipado para la travesía: en la parte trasera, una estructura se despliega y se transforma en cama; lleva pequeños barriles con vino elaborado por su hijo, que es enólogo; además de leña, una garrafa de gas y fardos de pasto para el caballo de otro de sus hijos. No falta un estéreo ni un improvisado “aire acondicionado”: un pequeño ventilador instalado detrás del volante. “Tenemos todo lo necesario para pasar la noche en Caucete y llegar mañana hasta la Difunta Correa”, explica a Tiempo de San Juan.
La cabalgata, sin embargo, no es solo un acto de fe o tradición para Maciel, sino también un espacio de encuentro familiar. Sus nietos lo acompañan desde pequeños y, ahora adolescentes, esperan cada año esta fecha para sumarse a la travesía.
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Su vínculo con los caballos, en cambio, quedó en el pasado por una experiencia que marcó un antes y un después. “A mí siempre me gustaron los caballos, yo he tenido animales. Pero tuve la desgracia de que uno me tiró. Cuando estaba en el aire, lo único que pensé fue: ‘no me quiero morir’. Caí con las manos y me quebré los dos brazos”, relata.
La recuperación fue larga y determinante. “Pasé mucho tiempo sin trabajar y dije: ‘no, basta’. Dejé los caballos y me dediqué a lo mío, la metalúrgica. Siempre fui soldador”, agrega.
Desde entonces, su manera de participar en la cabalgata cambió, pero no su compromiso. “Antes hacía el recorrido a caballo, ahora lo hago en mi autito”, dice, mientras alista el “Ave Fénix” para un nuevo viaje.
Embed - A cambio de caballo, el "Ave Fénix": el particular auto de un gaucho sanjuanino