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Columna

Oda a San Juan: el hábitat en donde nos deslomamos en serio

De la tierra donde nos levantamos a pesar del desierto, podemos decirle al presidente Milei: Pare.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Eduardo Camus

Hay provincias que pueden contarse por su paisaje.

San Juan podría hacerlo: sus montañas, su geografía lunar, su sol abrasador, su desierto, sus frutos, su riqueza mineral. Pero si de verdad hubiera que explicarla, no habría que empezar solo por ahí. Habría que empezar (y terminar) por su carácter.

Porque San Juan, antes que nada, es una manera de estar en el mundo.

Es una tierra que aprendió a hacerse con poco. A pelearle al desierto. A trastocar entre todos la geografía inclemente, en un oasis. A medir el agua, a valorar el trabajo, a reconstruirse desde los escombros, a entender que casi nada importante llega regalado. Acá, el bienestar no cayó del cielo: hubo que arrancárselo a la adversidad con paciencia, con esfuerzo y con comunidad.

Por eso el sanjuanino sabe algo que en la Argentina de hoy convendría recordar con urgencia: nadie se salva solo.

No por romanticismo.

No por frase hecha.

Por experiencia histórica.

San Juan es una tierra sin estridencias. Acá no hace falta disfrazarse de nada. Hay una nobleza silenciosa, una sobriedad de fondo, una manera franca de andar la vida. Nos conocemos todos. Sabemos quién estuvo cuando había que estar. Sabemos que un pueblo se mide por lo que sostiene.

Y lo que San Juan sostiene, aun en los tiempos duros, es una ética de la solidaridad.

Está en el vecino que ayuda. En la familia que empuja. En el docente que insiste. En la mujer que sostiene. En el trabajador que madruga. En el pibe que estudia con más dificultades que certezas. Está en esa costumbre antigua y todavía viva de no mirar para otro lado. De entender que el dolor ajeno también nos incumbe. De saber, desde el jardín de infantes, que un vaso de agua no se le niega a nadie.

Por eso San Juan tiene algo para decirle al país.

Y ese algo empieza con una palabra clara: “pare”.

Pare con la crueldad disfrazada de valentía.

Pare con el “sálvese quien pueda” convertido en doctrina.

Pare con la idea miserable de que una sociedad es apenas un conjunto de individuos compitiendo entre sí, como si la patria no fuera también una trama de obligaciones mutuas, de memorias compartidas y de destinos entrelazados.

San Juan sabe, porque lo aprendió en carne propia, que los pueblos no crecen cuando se los fragmenta. Crecen cuando se los convoca. No florecen cuando se los humilla. Florecen cuando se les da una razón para creer. No se levantan cuando se predica el desprecio. Se levantan cuando se siembra dignidad.

Y si hay un nombre profundo para esa dignidad sanjuanina, ese nombre es “educación”.

Esta es la tierra del Maestro de América. Pero repetirlo como una postal escolar sería traicionarlo. San Juan no honra a Sarmiento cuando lo convierte en mármol. Lo honra cuando sigue creyendo en la escuela. Cuando entiende que educar no es un gasto a recortar ni un lujo para pocos, sino la decisión más noble que puede tomar un pueblo que quiere tener futuro.

Porque la educación, en San Juan, no nació desde la comodidad. Nació desde abajo. Desde la intemperie. Desde la periferia. Desde el olvido. Nació en una provincia que supo que para tener voz propia tenía que formar a su gente. Que para torcer el destino había que enseñar a leer, a pensar, a discutir, a imaginar y a transformar.

Esa es la marca profunda de San Juan: haber entendido que la escuela dignifica.

Que en cada aula no solo se transmiten contenidos: se construye ciudadanía.

Que no solo se aprende a ganarse la vida: se aprende a merecer una vida mejor.

Que no solo se forma al individuo: se fortalece a la comunidad.

Por eso esta provincia, cuando es fiel a sí misma, no admira al que aplasta. Admira al que levanta. No celebra al despiadado. Reconoce al perseverante. No rinde culto al egoísmo exitoso. Respeta el esfuerzo, la decencia y la capacidad de tender la mano.

Tal vez ahí esté su lección más grande.

Que se puede venir desde abajo sin aceptar la humillación como destino.

Que se puede vivir en la escasez sin entregarle el alma al cinismo.

Que se puede pelear por progresar sin volverse cruel.

Que se puede ambicionar un futuro mejor, sin dinamitar la idea misma de comunidad.

En tiempos de intemperie moral, de discursos vaciados de humanidad y de patrias erosionadas por la voracidad de los mercaderes, conviene volver la mirada a lugares como este. No para idealizarlos sin matices. Sí para reconocer en ellos una verdad sencilla y profunda: los pueblos sobreviven por sus reservas de fraternidad.

San Juan es una de esas reservas.

Una provincia austera, sí. Pero también orgullosa. Una provincia acostumbrada a hacerse desde abajo, a reconstruirse, a insistir. Una provincia que todavía puede ofrecerle a la Argentina una idea más noble de la vida en común: una donde el progreso no sea pisar cabezas sino tender puentes; una donde la educación sea derecho y no privilegio; una donde el otro no sea un estorbo sino parte del mismo destino.

Por eso esta oda no es solo a San Juan.

Es también a una manera de entender el país.

A un pueblo que conoce la dureza de la tierra, pero no renuncia a la esperanza.

A una identidad que no se arrodilla ante el egoísmo.

A una memoria que sigue empujando.

A una escuela que sigue alumbrando.

A una comunidad que todavía sabe cuidar, enseñar y compartir.

Porque cuando tantos confunden libertad con indiferencia, San Juan todavía recuerda algo esencial: la grandeza de un pueblo no se mide por la ferocidad con la que compite, sino por la dignidad con la que se organiza para que nadie quede solo.

Y esa, quizás, sea su forma más hermosa de resistir.

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