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Personaje

Baliña, un bloquista histórico y apasionado de la música

Se inició en el movimiento de origen cantonista desde muy joven. Fue la mano derecha de Leopoldo Bravo y ocupó varios cargos de relevancia en sus gobiernos. Recordá la nota de Viviana Pastor.

Por Redacción Tiempo de San Juan

El Ford Falcon Rural celeste plateado de los ´70 está estacionado en la entrada de la casa y da la impresión de que casi no anda. De camisa blanca inmaculada y chaleco gris, Eduardo Baliña abre las puertas de su hogar, en calle Arenales. A sus más de 70 años (no quiere decir cuántos) y aunque hace muchos que no se lo ve en la arena política, Baliña asegura que no está alejado del partido Bloquista ni de la militancia, y que admira a la Presidenta, “soy Kirchnerista”, dice sin tapujos.

Para comprobarlo, saca del armario un documento amarillo escrito a máquina, fechado en 1975, de donde lee algunas acciones económicas delineadas por él para el ex gobernador Leopoldo Bravo, una de ellas es el control  del dólar. 

Baliña sigue escribiendo en la misma máquina Lexicon desde hace décadas, se resiste a la modernidad de la computadora, y teclea en el vetusto aparato sus poemas, algunos de los cuales se convirtieron en canciones. La música lo acompañó siempre, desde su infancia y es ahora su mejor pasatiempo: ya grabó un par de CDs con sus canciones y las de sus amigos. Además, quien fuera el hombre de confianza de Bravo, está a punto de editar su primer libro de poemas “Con sentimientos humanos” se llamará, “porque mis hijas me lo pidieron”, dice.

El seis veces Ministro de la Provincia y dos veces Diputado, se toma su tiempo para contar su historia. Los detalles adquieren sobredimensión en su relato, los lugares son descriptos con minuciosidad, las calles, los olores, recuerda los nombres y apellidos de todos, TODOS, los que se cruzaron en su camino.

Su madre, Margarita Tantén, jachallera, se fue muy joven a Buenos Aires, allá se casó y tuvo su primer hijo, Eduardo. Su marido murió cuando el niño tenía dos años y medio y ella se volvió a vivir con sus padres a San Juan. Encontró una provincia pobre y todavía devastada por el terremoto del ’44.

“A veces mi madre me tenía que dejar en alguna casa, ‘por el pasto y las herraduras’ como se decía, y la obligación del que me tomaba era mandarme a la escuela, esa era la preocupación grande de mi madre. Hice primer grado en Caucete, en Pozo de los Algarrobos, ya que vivía en la casa de una de mis tías cuyo marido era contratistas de una finca”, cuenta.

Tercero y cuarto grado los hizo en Concepción, en la escuela Fray Justo Santa María de Oro, porque había conseguido trabajo en una fábrica de soda, ahí Eduardo, de sólo 10 años llenaba los sifones y hacía el reparto; y por la noche atendía un bar. “Toda la vida trabajé, nunca nadie me dio nada, es un orgullo que llevo conmigo y un principio que mi madre nos sembró. Mi madre era una trabajadora incansable, ella venía de un mundo más civilizado. Mi abuela Atilana era de Mogna y eso nos llevó a trabajar algunos años a Jáchal, donde había trabajo iba mi madre y con ella todos nosotros”, cuenta. Margarita se volvió a casar acá y tuvo otros tres hijos. Por entonces consiguió trabajo como repostera en la panadería Melville, de Jáchal, y Eduardo terminó allá la primaria.

Su madre y hermanos volvieron a la Ciudad y él se quedó un tiempo trabajando con doña Sebastiana de los Santos, repartía sus empanadas y tabletas, hasta que la crisis hizo que esta familia se trasladara a Caucete y con ellos se fue Eduardo. Allá se hicieron cargo del bar “El gallo ‘e lata” y él hacía de mozo, entre otros menesteres. Baliña recuerda esos tiempos con deleite: “En la época de cosecha se formaban colas de carros y camiones llevando la uva, nosotros íbamos con punzón, clavábamos en la lona y robábamos mosto; nos corrían con látigos los criollos, lo llevábamos a la casa para hacer arrope. En el bar me hice amigo de Sisterna, el cantor”.

Se vino de Caucete para ayudar a su familia que vivía en el barrio Capitán Lazo, en Rawson. Tenía ya unos 16 años y encontró trabajo en la fábrica de aceite de oliva Olivac SA, edificio que después compró Paolini en calles Mendoza y Cinco. Entró como cadete, llevaba cartas, hacia limpieza, servía el café al directorio, “me hice un cadete de primera”. Después aprendió tareas administrativas, entonces alguien le dijo que podía estudiar Perito Mercantil, se fue a la Escuela de Comercio a inscribirse, le dijeron que era menor y para estudiar por la noche tenía que llevar libreta de trabajo. Consiguió la libreta y empezó a estudiar en la nocturna. “Todo por iniciativa propia, por el desesperado afán de superarse. Si querés aprender los caminos se te abren, y en la vida siempre hay una mano extendida para tomarla y superarse”, asegura. 

Cuando los dueños de la empresa en la que trabajaba se enteraron de que había empezado a estudiar se pusieron muy contentos y empezaron a ayudarlo, “ellos fueron grandes maestros de la vida, Elías Marún, Vasco Larrea y  Luis Pérez Roldán”. Baliña se acuerda de todos los nombres.

Cuando cobraba el sueldo compraba mercadería y la ponía en una caja y caminaba hacia su casa con la caja sobre la cabeza “como un africano”, costumbre que arraigó en Jáchal, cuando iban lejos a buscar leña y volvían así cargados. Un día de esos en los que caminaba con la caja encima por la vereda de la Escuela Hogar, lo llamaron de un auto, era Elba Aciar, su maestra en Jáchal que ahora era directora de esa escuela. Le dijo que la fuera a visitar, y cuando Baliña necesitó un tutor en la Escuela de Comercio, se lo pidió a la señora Aciar. Elba fue una de esas manos salvadoras de las que habla. Pero además, ella fue quien descubrió el potencial artístico de Eduardo y le enseñó a recitar y a escribir. Le ofreció que usara la escuela para dormir y comer y así no tendría que trabajar y podría dedicarse sólo a estudiar.

Ese ambiente le permitió contactarse con otro mundo y a impregnarse de cultura. Un día la profesora de música Violeta Gómez lo escuchó tocando el piano de oído y le ofreció clases gratis en su casa, y más, le pagó los exámenes en el Instituto Beethoven, pero no terminó. Violeta vivía en la calle San Miguel antes de Libertador y hasta allá se iba Eduardo en bicicleta.
“Lo traía en los genes, mi abuela Atilana, con quien conviví en Jáchal, tocaba la guitarra, el armonio, el acordeón y cantaba maravillosamente bien; mi madre y mis tíos tocaban y cantaban”, dijo Baliña.

Las cosas marchaban como reloj suizo, pero estaba acostumbrado a manejar su plata desde chico y no trabajar tenía su lado incómodo.  Entonces conoció a Ronie Cabello, un hombre mayor que trabajaba en la Escuela Hogar y que tenía una orquesta característica –que reunía los ritmos de jazz y tango- y lo invitó a tocar. Eduardo empezó acompañando con la guitarra haciendo ritmos y después le enseñaron a tocar el contrabajo, todo de oído. Ahí tocaba Abelino Canto –padre-. Salían a tocar los fines de semana y se ganaba unos pesos. 

Después de ese grupo se juntó con unos pibes de su edad para hacer música “más moderna”, por entonces se empezaban a escuchar los ritmos de cumbia en las salas de baile. Lucho Moliní era el cantor y Rolo Sánchez el guitarrista, Eduardo hacía percusión.

Estaba en el último año de la nocturna y se enteró que en la Dirección General de Rentas iban a tomar un inspector, Eduardo había aprendido a escribir a máquina en la Escuela Hogar y siempre se destacó como alumno, se presentó, rindió y ganó el concurso donde rindieron otras 60 personas. En 1961 ya era empelado de Rentas y empezaba su carrea en la administración pública; ya militaba en el partido Bloquista. Para entonces las ideas de justicia social, solidaridad, equidad e igualdad, bullían en su cabeza.  

Con un sueldo fijo y una situación monetaria cómoda, empezó a estudiar Ciencias Económicas. El ingreso a la facultad coincidió con su reconversión al catolicismo e ingresó al Movimiento Tercermundista, allí fue compañero de muchos de los que sufrieron cárcel y persecución. El mismo, dijo, fue un perseguido político. “Anduve por todo el país con un joven sacerdote, muy inteligente, José Luis Parisí, que ahora vive en Centroamérica, tuvo que irse perseguido por las Triple A”, dice.

Por esta militancia lo echaron de Rentas durante el gobierno de Juan Carlos Onganía (del ’66 al ’70), lo reincorporaron después y lo volvieron a echar en el último golpe miliar del ’76.

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