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análisis

Sanjuaninos, esperando a Lionel

Hasta acá, la cita del Bicentenario fue la última en suelo argentino de nuestro héroe maltrecho. Pasó por el hospital por los golpes, ahora los sanjuaninos lo esperamos para repararle el corazón. Por Sebastián Saharrea

Por Redacción Tiempo de San Juan

Si se permite una introducción futbolera: casi el mismo día en que dos pesos pesados del fútbol mundial acabaron tristemente eliminados en octavos de la Eurocopa (España a manos de los azzurri italianos e Inglaterra con la increíble Islandia), los argentinos pusimos en duda a uno de los mejores de todos los tiempos -el gran Lio Messi- por haber cometido el pecado mortal de perder su tercera final al hilo.

Queda claro, querido Lionel, el problema está en llegar a las finales. Sólo desde esas alturas es posible caerse y quedar destrozados, porque si uno se cae desde una distancia menor como los octavos de final, el problema del golpe será menor. No es que España e Inglaterra resulten dos países de poca tradición futbolera, o que no les importen las derrotas, o que no estén ya extrañando los tiempos de gloria. Son tal vez los dos países –junto a Italia y Brasil- donde el fanatismo por el fútbol se vive tan intensamente como en Argentina. Los dueños de las dos ligas más atractivas del mundo. Y donde además, los tiempos de gloria ya se empiezan a olvidar por el paso del tiempo.

 

España ganó de manera impecable el mundial del 2010, luego la Euro, pero hace dos años protagonizó el gran papelón de Brasil al despedirse en primera ronda y sufrir además una histórica goleada con Holanda, que le hizo 5. Ahora se despide ante un rival de fuste como Italia, pero sólo de nombre porque a nivel de jugadores y equipo es infinitamente menor. Pero perdió 2 a 0 y afuera. Ante esos dos groseros tropezones, se fue el DT de aquellos tiempos de gloria de 6 años atrás: el gran Vicente Del Bosque, quien igualmente tras la derrota del lunes habló muy tranquilo a los periodistas sobre la planificación de las eliminatorias. Pero no se fueron los gigantes del plantel: Iniesta, Busquets, Sergio Ramos, Piqué, casi nada.

 

Inglaterra es el país que le dio al mundo el futbol, y que desde ese momento reporta como una de sus más apasionadas hinchadas. Hace mucho que no grita en serio: 50 años, en el 66. Tiene un buen equipo, con estrellas rutilantes. Y perdió con el seleccionado de un país, Islandia, que tiene la mitad de los habitantes de San Juan (300.000). Es como si Argentina se despidiera de la Copa América en fase de grupos perdiendo contra el equipo de la isla de Bahamas, o un combinado de La Rioja. Y fue 2 a 1, nada de penales. Se fue el técnico, pero no renunciaron ni Wayne Rooney ni ninguno de sus grandes jugadores, provenientes de los mejores equipos del mundo, muchos de ellos ingleses.

 

Tampoco Brasil se deshizo de Neymar pese a la bofetada del  7 a 1 (sí, se comieron 7 en su propia casa en un mundial), pese a que el crack del Barca evitó el incendio porque había sido lesionado antes.

Solamente la cretinada que supone que ganar es lo único que vale, es capaz de arrojar a la cuneta a Lio Messi y una generación entera de los mejores jugadores de la historia de este país por no haber podido coronar el ciclo con un título. Aunque esa desgracia ocurra de manera empecinada y repetitiva como un deja vu del anterior, partidos calcados en los que no podemos convertir y nos abrochan por alguna vía dolorosa (Goetze en el suplementario, los penales con Chile).

 

El gran misterio es cómo esa minoría que supone que lo único valioso es el triunfo puede imponer condiciones sobre el resto, todos nosotros, los que disfrutamos con ver a Lio y su maravillosa generación vestidos de celeste y blanco haciendo sonar el himno argentino en finales, una detrás de la otra. Peor es no pasar de fase de grupo, como el gran Bielsa y el Bati en el 2002; o irnos por penales en cuartos como el Gran Román en el 2006; o que nos corten las piernas como en el 98. Ni hablar con ni siquiera clasificar, como en el 70 con grandes como Sanfilippo o Marzolini. Amenaza ésta última que, recordemos, siempre acecha.

 

Nuestros grandes héroes serán siempre eso, a pesar de no haber ganado títulos. No es cierto que Chocolate Baley o Carlos Tapia sean más que Messi y Agüero porque ellos sí levantaron la copa. Hay algo más, además de ganar. Es disfrutarlos jugando, sufriendo, dejando el lomo, si es en finales mejor.

 

Es el hueco exitismo argentino contra el placer de ver a Lio con la 10 de la selección, aún si en el abanico de posibilidades figura perder, como en cualquier otro juego. Aunque sea por el canto de una uña, como la desgracia y el destino se antojaron en imponer como sistema contra este equipo argentino.

 

Lo atestigua el último paso de la selección por San Juan, el primero de Lionel. Fue a fines de mayo, un mes y medio atrás. Y a esa escasa distancia de tiempo, es probable que más de uno ya haya olvidado no sólo el resultado de ese partido sino también el rival. Fue 1 a 0 contra Honduras, qué más da. Partido chato, casi de entrenamiento, que quedará en la retina porque fue el momento de la lesión para Lio que casi lo deja afuera de la Copa. Y, en especial, por la magia que dejó su paso por San Juan, por la cancha, por el hotel, por sentir el contagio de esa unión mágica entre personas nacidas en la misma región del planeta. Arrastró por San Juan su humildad, pese a su talla descomunal. Demostró que es un mortal, que hay cosas que lo movilizan como a todos, la pasión por su país primera en la lista.

 

El contexto agranda aún más su pasión, la de Lio, por la bandera en la camiseta. Vino exclusivamente a jugar ese partido amistoso, que ni siquiera era cerca de Ezeiza o de Rosario. Al día siguiente tuvo que volver a España a declarar por la estafa al fisco, lo hizo sin chistar pese a que en el vuelo de vuelta debió acarrear el dolor de una patada hondureña en la espalda.

 

Esos dos días que estuvo en San Juan se paseó como uno más, pese a no serlo. Hasta en la clínica, pese al dolor y el fastidio lógico por el que pasaría cualquier mortal en condiciones parecidas. Aún allí mostró carisma y una actitud pocas veces vista en personalidades de su dimensión (¿acaso puede equivocarse quien ubique a Lio hoy por hoy como la personalidad más reconocida del planeta?).

 

Fue, hasta hoy, el último partido de Messi con la celeste y blanca en la Argentina. Pero el destino y la fortuna ponen a Lio y a San Juan nuevamente en la misma ruta. Será así porque el almanaque tiene al partido por la eliminatoria con Colombia con cita en el Bicentenario, tal vez la conquista de la gestión deportiva más importante de los últimos tiempos para San Juan.

 

Hasta ahora, el crack no está anotado, anoticiados todos de su agotamiento que lo llevaron a esa declaración de madrugada, ya consumada la derrota con Chile en la final, que nos dolió a todos. Es cierto, el descanso se le hace imperativo, no precisamente el físico. Cierto es también que no demorará en germinarle otra vez la semillita de la ilusión por calzarse la 10 celeste y blanca, la cinta de capitán, dejarse llevar por esa aureola que es la misma que lo hizo llorar desconsolado en el césped del Metlife. Es la vida misma, se gana y se pierde, unos no son más que otros aunque se empecinen en hacérnoslo creer.

 

Cae justo noviembre y los sanjuaninos tendremos si se alinean los planetas la oportunidad de poner ese granito de arena para repararle el corazón a Lio. Es ahora el turno de los que nos interesa ganar, sí, pero más nos interesa disfrutarlo compartiendo colores y pasión. De los que analizaremos el juego con Colombia y hasta no repararemos en los medios –lícitos-que nos den los 3 puntos para llegar al mundial de Rusia. Pero que, por encima, podremos dejarnos llevar por el disfrute de sólo verte enfundado con nuestros colores, los tuyos y los nuestros. Y acá, en nuestra casa.

 

Vaya desde aquí un deseo. Que disfrutes, que no nos dejes, ni te dejes arrastrar por la furia de un momento de incredulidad sobre lo amargo y empecinado que está el destino. Que sueñes con otra final, otro título, conociendo que acecha también una derrota en cuartos, eso sí dejando todo, como le ocurrió a tus compañeros españoles del Barca y como es natural en cualquier caso en que se sale a una cancha.

 

Y que seas feliz con la celeste y blanca. Acá en San Juan lo podrás hacer.

 

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