Queda claro, querido Lionel, el problema está en
llegar a las finales. Sólo desde esas alturas es posible caerse y quedar
destrozados, porque si uno se cae desde una distancia menor como los octavos de
final, el problema del golpe será menor. No es que España e Inglaterra resulten
dos países de poca tradición futbolera, o que no les importen las derrotas, o
que no estén ya extrañando los tiempos de gloria. Son tal vez los dos países
–junto a Italia y Brasil- donde el fanatismo por el fútbol se vive tan
intensamente como en Argentina. Los dueños de las dos ligas más atractivas del
mundo. Y donde además, los tiempos de gloria ya se empiezan a olvidar por el
paso del tiempo.
España ganó de manera impecable el mundial del
2010, luego la Euro, pero hace dos años protagonizó el gran papelón de Brasil
al despedirse en primera ronda y sufrir además una histórica goleada con
Holanda, que le hizo 5. Ahora se despide ante un rival de fuste como Italia,
pero sólo de nombre porque a nivel de jugadores y equipo es infinitamente
menor. Pero perdió 2 a 0 y afuera. Ante esos dos groseros tropezones, se fue el
DT de aquellos tiempos de gloria de 6 años atrás: el gran Vicente Del Bosque,
quien igualmente tras la derrota del lunes habló muy tranquilo a los
periodistas sobre la planificación de las eliminatorias. Pero no se fueron los
gigantes del plantel: Iniesta, Busquets, Sergio Ramos, Piqué, casi nada.
Inglaterra es el país que le dio al mundo el
futbol, y que desde ese momento reporta como una de sus más apasionadas
hinchadas. Hace mucho que no grita en serio: 50 años, en el 66. Tiene un buen
equipo, con estrellas rutilantes. Y perdió con el seleccionado de un país,
Islandia, que tiene la mitad de los habitantes de San Juan (300.000). Es como
si Argentina se despidiera de la Copa América en fase de grupos perdiendo
contra el equipo de la isla de Bahamas, o un combinado de La Rioja. Y fue 2 a
1, nada de penales. Se fue el técnico, pero no renunciaron ni Wayne Rooney ni
ninguno de sus grandes jugadores, provenientes de los mejores equipos del
mundo, muchos de ellos ingleses.
Tampoco Brasil se deshizo de Neymar pese a la
bofetada del 7 a 1 (sí, se comieron 7 en su propia casa en un mundial),
pese a que el crack del Barca evitó el incendio porque había sido lesionado
antes.
Solamente la cretinada que supone que ganar es lo
único que vale, es capaz de arrojar a la cuneta a Lio Messi y una generación
entera de los mejores jugadores de la historia de este país por no haber podido
coronar el ciclo con un título. Aunque esa desgracia ocurra de manera
empecinada y repetitiva como un deja vu del anterior, partidos calcados en los
que no podemos convertir y nos abrochan por alguna vía dolorosa (Goetze en el
suplementario, los penales con Chile).
El gran misterio es cómo esa minoría que supone que
lo único valioso es el triunfo puede imponer condiciones sobre el resto, todos
nosotros, los que disfrutamos con ver a Lio y su maravillosa generación
vestidos de celeste y blanco haciendo sonar el himno argentino en finales, una
detrás de la otra. Peor es no pasar de fase de grupo, como el gran Bielsa y el
Bati en el 2002; o irnos por penales en cuartos como el Gran Román en el 2006;
o que nos corten las piernas como en el 98. Ni hablar con ni siquiera
clasificar, como en el 70 con grandes como Sanfilippo o Marzolini. Amenaza ésta
última que, recordemos, siempre acecha.
Nuestros grandes héroes serán siempre eso, a pesar
de no haber ganado títulos. No es cierto que Chocolate Baley o Carlos Tapia
sean más que Messi y Agüero porque ellos sí levantaron la copa. Hay algo más,
además de ganar. Es disfrutarlos jugando, sufriendo, dejando el lomo, si es en
finales mejor.
Es el hueco exitismo argentino contra el placer de
ver a Lio con la 10 de la selección, aún si en el abanico de posibilidades
figura perder, como en cualquier otro juego. Aunque sea por el canto de una
uña, como la desgracia y el destino se antojaron en imponer como sistema contra
este equipo argentino.
Lo atestigua el último paso de la selección por San
Juan, el primero de Lionel. Fue a fines de mayo, un mes y medio atrás. Y a esa
escasa distancia de tiempo, es probable que más de uno ya haya olvidado no sólo
el resultado de ese partido sino también el rival. Fue 1 a 0 contra Honduras,
qué más da. Partido chato, casi de entrenamiento, que quedará en la retina
porque fue el momento de la lesión para Lio que casi lo deja afuera de la Copa.
Y, en especial, por la magia que dejó su paso por San Juan, por la cancha, por
el hotel, por sentir el contagio de esa unión mágica entre personas nacidas en
la misma región del planeta. Arrastró por San Juan su humildad, pese a su talla
descomunal. Demostró que es un mortal, que hay cosas que lo movilizan como a
todos, la pasión por su país primera en la lista.
El contexto agranda aún más su pasión, la de Lio,
por la bandera en la camiseta. Vino exclusivamente a jugar ese partido
amistoso, que ni siquiera era cerca de Ezeiza o de Rosario. Al día siguiente
tuvo que volver a España a declarar por la estafa al fisco, lo hizo sin chistar
pese a que en el vuelo de vuelta debió acarrear el dolor de una patada
hondureña en la espalda.
Esos dos días que estuvo en San Juan se paseó como
uno más, pese a no serlo. Hasta en la clínica, pese al dolor y el fastidio
lógico por el que pasaría cualquier mortal en condiciones parecidas. Aún allí
mostró carisma y una actitud pocas veces vista en personalidades de su
dimensión (¿acaso puede equivocarse quien ubique a Lio hoy por hoy como la
personalidad más reconocida del planeta?).
Fue, hasta hoy, el último partido de Messi con la
celeste y blanca en la Argentina. Pero el destino y la fortuna ponen a Lio y a
San Juan nuevamente en la misma ruta. Será así porque el almanaque tiene al
partido por la eliminatoria con Colombia con cita en el Bicentenario, tal vez
la conquista de la gestión deportiva más importante de los últimos tiempos para
San Juan.
Hasta ahora, el crack no está anotado, anoticiados
todos de su agotamiento que lo llevaron a esa declaración de madrugada, ya
consumada la derrota con Chile en la final, que nos dolió a todos. Es cierto,
el descanso se le hace imperativo, no precisamente el físico. Cierto es también
que no demorará en germinarle otra vez la semillita de la ilusión por calzarse
la 10 celeste y blanca, la cinta de capitán, dejarse llevar por esa aureola que
es la misma que lo hizo llorar desconsolado en el césped del Metlife. Es la
vida misma, se gana y se pierde, unos no son más que otros aunque se empecinen
en hacérnoslo creer.
Cae justo noviembre y los sanjuaninos tendremos si
se alinean los planetas la oportunidad de poner ese granito de arena para
repararle el corazón a Lio. Es ahora el turno de los que nos interesa ganar,
sí, pero más nos interesa disfrutarlo compartiendo colores y pasión. De los que
analizaremos el juego con Colombia y hasta no repararemos en los medios
–lícitos-que nos den los 3 puntos para llegar al mundial de Rusia. Pero que,
por encima, podremos dejarnos llevar por el disfrute de sólo verte enfundado
con nuestros colores, los tuyos y los nuestros. Y acá, en nuestra casa.
Vaya desde aquí un deseo. Que disfrutes, que no nos
dejes, ni te dejes arrastrar por la furia de un momento de incredulidad sobre
lo amargo y empecinado que está el destino. Que sueñes con otra final, otro
título, conociendo que acecha también una derrota en cuartos, eso sí dejando
todo, como le ocurrió a tus compañeros españoles del Barca y como es natural en
cualquier caso en que se sale a una cancha.
Y que seas feliz con la celeste y blanca. Acá en
San Juan lo podrás hacer.