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análisis

Chicanas e internas judiciales: Parte II, el Regreso del Yedi

Intereses cruzados, acusaciones y hasta trifulcas casi agarrados del cuello. Capítulo segundo, con lo que dio para hablar una resonante y curiosa –por lo inusual- amonestación a una sala penal con pasado y presente convulsionado. Por Sebastián Saharrea

Por Redacción Tiempo de San Juan

Escribimos la semana pasada sobre la insólitamente larga duración de una pelea a muerte entre las máximas cabezas del sistema penal sanjuanino: los integrantes de la Corte versus el fiscal General. Y su impacto en la calidad del servicio: demoras, largos chicaneos que retrasan fallos y gestiones administrativas, o hasta el hecho de poner en la calle a un acusado por uno de los delitos más salvajes (presunta violación de tres hijos) porque nadie levanta un teléfono.
No termina allí la lista de peligros existenciales para la buena salud judicial, sino apenas parece comenzar. Es natural: si las cabezas se muestran en pleno duelo existencial, no mucho menos que eso resulta razonable esperar aguas abajo. Y cuando las decisiones asoman atravesadas, no tarda mucho en levantarse la polvareda de las interpretaciones, los autores intelectuales, los mensajes cifrados que según cada bando deduce detrás de cada decisión.
Es lo que ocurrió en la semana que pasó con un apercibimiento escrito de la Corte a una célebre sala de la Cámara Penal, generosamente difundida e incansablemente decodificada. Se aclara: es natural que un tribunal de alzada filtre cuestionamientos a los jueces inferiores cuando les contradice una sentencia. Es hasta inevitable: la línea argumental debe sostener por qué se revierte un fallo, y en ese trance siempre llueven objeciones a los autores del fallo revertido, pongamos así.
Lo que ocurrió con la decisión de la Corte y la Sala II es en parte eso, pero tiene mucho de otra cosa: sentido de la oportunidad (u oportunismo), posicionamiento político, señales, y condimentos sobre el eje amigos-enemigos dentro del palacio, hasta cuentan de algunas cuentas pendientes por allí sobrevolando. Repasemos.
La sala II está integrada por Juan Carlos Peluc Noguera, Atenágoras Vega y Ernesto Kerman, tres jueces de larga y agitada trayectoria que han cosechado –como todos- amigos y enemigos surtidos. La palizota de la Corte les llovió por su actuación en un expediente en el que un acusado (Johnatan Fá) planteó la inconstitucionalidad de un artículo que rige la excarcelación y la sala II no le contestó. Por esa razón, los cortistas Adolfo Cabalero, Juan Carlos Caballero Vidal y Humberto Medina Palá) y el secretario letrado (Héctor Fabián Meló, un dato nada secundario, como se explicará) firmaron una furiosa advertencia hacia los jueces, a los que exhortó a que “a la mayor brevedad posible suplan con apego a derecho el grave descuido”. Pelotón de fusilamiento mediático que siguió con la viralización de la sanción, dura y de alto perfil para un incidente si se quiere menor.
La sala está relacionada con los escándalos que involucran casos de abusos sexuales. Fá, el acusado que se quejó y motorizó la sanción de la Corte, es un presunto abusador. Otros dos pasaron por la misma picota. En el caso Brizuela, un detenido y liberado luego porque el presunto delito se cometió en San Luis y no en San Juan, y que ya llegó a la Corte Suprema, también hubo advertencia escrita de la Corte, pero no tuvo tanto vuelo. En el último, el caso Villegas (el sujeto detenido por la presunta violación de sus hijos y liberado porque la Corte dijo que la detención había sido sin orden y levantó un escándalo), también hubo apercibimiento verbal (Vega es además es juez en primera instancia involucrado).
Fueron todos escándalos, pero en ningún caso la sanción de la Corte tuvo tanto impacto. Ni siquiera cuando la misma sala (sin Kerman y con Eduardo Gil) resolvió concederle a Santiago Graffigna el beneficio de la prisión domiciliaria con el vergonzoso argumento de la situación familiar, hubo tanta objeción sobre esta sala agitada, por llamarle de alguna manera. Esa vez incluso no hubo ni tirón de orejas de la Corte, ¿por qué ahora sí?
Además del instinto de supervivencia que suele agudizarse cuando las papas queman y el agua sube al cuello, hay conclusiones que pueden deducirse de la foja de servicios de los involucrados y de los que se sientan en sus mesas de café. También de las caras, de los apellidos y la relación de fuerzas en un ámbito siempre teñido por las viejas simpatías (por así llamarle).
Los que defienden a los camaristas reprendidos y muchos que no los quienes ver ni en figuritas coinciden en el mismo argumento. Que no desentonan las tres salas penales en cuanto a méritos y tropezones, es decir que ninguna de las malas decisiones de la Sala II no han sido replicadas por sus colegas de las otras dos.
Esa manera de señalar cierto favoritismo se explica mejor cuando sostienen que en la sala vecina, a la voz cantante la lleva el hijo de Juan Carlos Cabalero Vidal, nada menos que el presidente actual de la Corte. Sobre quien se coincide en general de que se trata de un buen juez más allá de su portación de apellido, y sobre quien se coincide también de que dispone –su sala- de los mejores empleados y en mayor cantidad.
Hay quienes vieron en esa movida la mano de varios de los actores protagónicos de los últimos tiempos. Como Luis Recio, flamante camarista civil y finalmente alejado de las movidas palaciegas, a quien señalaron como presunto autor de la difusión de la sanción por supuestas malas relaciones con los sancionados. O el propio Jimmy Quattropani –el fiscal General-, relacionado afectivamente con Atenágoras Vega, quien pudo haber presumido de un tiro por elevación hacia el verdadero rival enconado del máximo tribunal.
Y hay quienes solfearon otras explicaciones. Como supuestas cuentas pendientes entre el secretario letrado Fabián Meló y los integrantes de la sala por algún favor no correspondido en la tramitación de un accidente. Verdad o no, sobre eso hablan los rumores de un fuerte cruce verbal que por milagro no llegó a los golpes de puño entre el propio Meló y Peluc Noguera, el miércoles por la mañana. Que el propio camarista, como un caballero, negó rotundamente, pero que otros asistentes a un momento de altísima tensión adentro de un despacho convalidaron y hasta señalaron que hubo un magistrado que pareció vestirse de William Boo para evitar los golpes.
Rumores y versiones los habrá por miles, también los intereses contrapuestos. Es la naturaleza de las cosas que existan siempre conciliábulos, fricciones e internas. El asunto es que los episodios violentos  van tomando volumen a medida que recrudece la crisis, y no es nada bueno que justamente la justicia dirima sus diferencias a las piñas.

 

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