Hace una semana, el gobierno provincial levantó el telón de lo que llamó con pretensión futurista el diseño del San Juan para el millón de habitantes, cifra redonda que se calcula llegará algo así como dentro de diez años. Hubo todo tipo de reacciones, predominantemente de lógica aceptación. La que más llamó la atención no aterrizó desde las praderas del oficialismo sino de un dirigente que pretende encuadrar en un discurso al menos novedoso por estos valles: opositor, pero con gestos de aprobación a una parte del camino recorrido en estos tiempos con la G y con la K.
No es tarea simple ni casual, ésta que se ha propuesto Mauricio Ibarra. Justo él que viene desde las batallas más ácidas contra el giojismo que lo supo ver nacer, que armó un maquinaria cuestionadora de modelos provincial y nacional por igual, ahora dispuesto a dar el visto bueno de esos matices emprendidos por el oficialismo pero sin distraerse de un discurso de nítido corte opositor. Y adornado con la picardía con la que el rawsino aprendió a condimentar sus incursiones.
Los números cantan las razones por las que no es casual: En un tablero en el que la aprobación de la gestión provincial no baja de las tres cuartas partes del electorado (el 75%, con fluctuaciones en más o en menos) es muy poco el margen de maniobra que le queda a la oposición, si es que pretende entrar en el juego grande. Con el gobierno nacional, el margen parece más generoso, pero igualmente complejo: más de un 50% aprueba la gestión de CFK en San Juan y la desaprueba rotundamente un 30%, según datos de Antonio De Tomasso para Diario de Cuyo.
Un discurso demasiado estacionado en la radicalización opositora, por consecuencia, sólo tiene por potenciales clientes a una franja demasiado estrecha de algo más de un cuarto del electorado, con el agravante de que esa clientela aparece generosamente abastecida por la gran mayoría –sino todas- de las expresiones políticas nacionales y provinciales. No hay más remedio, entonces, que pensar en la manera de salir a rasguñarle algunos porotos al oficialismo.
Como en todo los rubros, un desagregado de la composición del voto oficialista entregaría una radiografía compuesta por un núcleo numeroso de convencidos y movilizados por la convicción, pero con otro ingrediente que son los externos, los que aprueban pero tienen sus cuentas pendientes. Ese electorado, nada despreciable, suele caer de los lados oficialistas por falta de expresiones opositoras que lo contengan, entretenidos éstos hasta el hartazgo en la crítica sistemática y hasta en la suscripción de cualquier apocalipsis con tal de ver caer la estructura oficial en beneficio propio.
En esta campaña, Mauricio Ibarra aparece dispuesto a bajar esa fórmula del pedestal. Justo cuando, por otro lado, parece un imperativo ciudadano encuadrado por estos tópicos: no confrontación, y no jugar a demasiado con la crítica despiadada. Qué mejor entonces para ese enfoque que salir a aplaudir una proyección de futuro como el plan 2023 anunciado por el gobierno, más aún cuando en la mente de cualquier político con aspiraciones no puede dejar de circular la idea –más remota o más lejana- de estar figurando bien arriba.
No es un camino fácil éste de amigarse con un electorado que no ve un apocalipsis todos los días, pero conserva su margen crítico. La razón es sencilla: para sintonizarlo hace falta desechar el discurso de alto voltaje y pasar a suscribir –aunque sea algunas- acciones oficiales. Pero el fantasma que aguarda atrás del árbol es el de perder sintonía con la naturaleza opositora de una expresión política que llegó donde llegó de la mano de ese elector. Dicho de otra forma: Ibarra es legislador opositor que llegó al Congreso con los votos opositores, y será el electorado opositor el que lo vuelva a poner allí. O no.
El asunto es a qué electorado opositor dirigirse, si al más ensañado y juramentado con desplazar por cualquier vía a los K y a los G, o rastreando en puntos intermedios entre opositores con una pizca de aprobación al oficialismo y oficialismo con críticas sostenidas a los “modelos”. Pequeña disyuntiva que el ex intendente de Rawson decidió resolver directamente utilizando la palabra “felicitar” al gobierno provincial, pero tomando distancia con críticas sistémicas.
De su propia campaña, Ibarra juega con lo que sí o lo que no del oficialismo. Exhibe su voto favorable a algunas iniciativas como el sufragio a los 16, y su terminante rechazo a la re-re. En la misma línea que el senador Roberto Basualdo, con una vuelta de tuerca más, con quien parece aún más cerca en contenido y quien ya había entronizado aquello de “apoyar lo bueno y rechazar lo malo”. Sin posturas dogmáticas, alejado de la ideologización a ultranza.
Nada diferente que lo que intenta en la jurisdicción más importante del país el intendente tigrense Sergio Massa. Y mal no le va: en la línea de partida encabeza las encuestas en la provincia de Buenos Aires con una campaña que no esconde cierto punto de contacto con el kirchnerismo que supo integrar, pero que solfea claros paradigmas opositores.
Estará por verse si llega primero a la línea del final, pero lo que probablemente sucederá es que de cualquier manera hará una elección de proyección con un discurso miti-miti. Si consigue 30 puntos bonaerenses, será el equivalente a 10 puntos porcentuales nacionales, nada despreciable para un candidato que acaba de salir al ruedo de las grandes ligas.
¿Qué hizo Massa? Parece de la complejidad de haber descubierto la penicilina, pero en realidad es sencillo: sintonizar con astucia el resumen fino del electorado medio, que siente que hay cosas por corregir pero que no está todo mal. Y que causa tanto fastidio el enojo permanente como la dirigencia política enfrascada en repetir de memoria los títulos de los diarios, envueltos éstos en un negocio distinto.
Esa distancia es la que dio origen a un discurso novedoso, a medio camino entre las maravillas del modelo y las quejas mediáticas. Esta semana, Massa dijo en público lo que hubiese resultado pecado mortal poco tiempo atrás: que aprueba algunos pasajes del kirchnerismo como la designación de una Corte independiente, y hasta la ley de medios, que recordó haber presentado en el teatro Argentino de La Plata en calidad de jefe de Gabinete de Cristina. “Se debe cumplir la ley”, dijo ante Alejandro Fantino. Sin ofrecerle prioridad uno y tomando distancia –lo que le cuesta hasta ser encuadrado como “hombre de Clarín” además de “hombre de EEUU”, según la visión K-, pero con palabras que ningún opositor de estos días se animaría a pronunciar.
Habrá lío con los votos que saque Sergio Massa. Hoy, lo critica el oficialismo porque dice que opositor, y lo critica la oposición porque dice que es oficialista. Pero el día siguiente del comicio, pasará al revés. El gobierno podrá sostener que, como todos afirman, que hay en Massa muchos votos de Cristina. Y viceversa.
Un tono más abajo, Ibarra mira interesado ese fenómeno que le resulta atractivo. Massa será, además del posible gran emergente de octubre, un joven ensayando el mismo libreto que el suyo. Se llevan bien entre ellos, tienen contacto. Entre ellos a Felipe Solá, quien supo visitar la fiesta de Rawson cuando se animó a ser presidencial y ahora figura cuarto en la lista de Massa.
Los dos hicieron lo mismo: dejar una intendencia importante –Rawson y Tigre- para irse al Congreso. Se verá si es el camino exitoso.
martes 28 de abril 2026





