Por Sebastián Saharrea
Para continuar, suscribite a Tiempo de San Juan. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.
SUSCRIBITEPor Sebastián Saharrea
Hasta el día en que expiró hace 10 años aquella ilusión política, el Bloquismo había sido el dueño sin disimulos de las idas y vueltas políticas en San Juan del siglo que acababa de finalizar. Nunca más se pudo recuperar.
De pasado glorioso con apellidos que sellaron a fuego la historia: los Cantoni, los Bravo. Y de pasado reciente a la altura de aquellos antepasados: Gómez Centurión junto a Wbaldino Acosta conquistando el poder provincial en 1987, la fórmula Maratta-Sambrizzi peleando el podio en el año 1991 contra Jorge Escobar, otra vez Maratta pero con Conti y Caselles-Caballero (el actual cortista) en la ley de lemas de 1995. En toda esa transición democrática post-dictadura, el Bloquismo se las arregló para acomodarse entre los primeros de cada distrito, si no ganando, copando espacio en los legislativos o en los organismos. Pero siempre entrando en la conversación.
Alfredo Avelín fundó su propio partido Cruzada Renovadora a mediados del siglo pasado y desde ese momento nunca se despegó de las cúspides populares. Don Alfredo insistió de manera tan obstinada con llegar, que al final llegó. Estuvo a punto en el año 1991, cuando quedó relegado por un pelito ante Jorge Escobar. Compitió con chances en el 1987 y luego su hija Nancy hizo en el año 1995 un papel muy decoroso ante la marea de la época, el escobarismo.
Desde el reinicio de la democracia en el 83, el Bloquismo y la Cruzada Renovadora fueron dos verdaderos tanques políticos provinciales. Traccionaron a discreción durante años largos, en oportunidades jugando en equipo antes de aquella sociedad de la Alianza: lo hicieron en la noche de los senadores en 1992, cuando la Legislatura provincial eligió por anticipado a los senadores Leopoldo Bravo y Alfredo Avelín aún antes que se les vencieran los mandatos, o cuando digitaron a dos bandas el último recambio importante de la Corte.
Entre los dos, ubicaron a San Juan en el casillero de las rarezas políticas nacionales: no uno sino dos partidos provinciales dominantes, desplazando a las organizaciones tradicionales de alcance nacional como el peronismo y el radicalismo. En el Congreso, San Juan era la única provincia que tenía legisladores –tanto senadores como diputados- provenientes de dos partidos provinciales fuertes. No ocurría en ningún otro lado.
¿Cómo era eso posible? Era evidente que ofrecía la textura política sanjuanina un campo fértil a la prédica autonómica y caudillista, tal vez alentada por su historia de referentes fulminantes como los Cantoni o por su tradición de resistir tendencias, imposiciones y hasta intervenciones. Pero así era: el abanico político provincial concentrado en dos fuerzas nacidas y criadas en sus propias entrañas, y éstos luego negociando en su nombre con los referentes nacionales.
Tenían sus similitudes, pero no eran iguales. Tanto el Bloquismo de esos tiempos como la Cruzada estaban atravesados por el vacío ideológico: ni izquierdas, ni derechas por los cuales defender alguna camiseta, sólo discurso “federal”. Dirigidos por personalidades arrasadoras: las de Bravo y Avelín, que imponían antes que nada respeto y luego devoción sin límites.
La unión que hicieron para la Alianza fue el resultado de una hoja al viento. Los fue llevando la necesidad y recalaron casi de manera automática, empujados por lo que ocurría en simultáneo en el país y en la provincia: dos gobiernos como los de Menem y los de Escobar que sentían el desgaste y que daban la sensación de que serían arrastrados por la primera correntada fuerte que apareciera. Y así fue.
Pero ahora, a la distancia de una década, resulta que el tsunami fue especialmente impiadoso con aquellos acorazados provinciales que dominaban la escena sanjuanina en aquellos años, y que nunca pudieron recuperarse de aquel tropezón que hoy cumple 10 años.
El Bloquismo jamás consiguió volver a ser el que había sido. Vacío de líderes ante la desaparición de don Leopoldo, la diáspora fue apenas contenida por su hijo Leopoldo Alfredo, quien también falleció y dejó al partido ante tal orfandad de liderazgos que allí anda hoy relamiendo las heridas y sin encontrar la manera de cauterizar tanta hemorragia. Desde aquella época, Wbaldino quedó a cargo del poder e intentó una permanencia a los manotazos y en medio de fuertes disputas internas por el manejo del partido, que dejaron a la centenaria creación de los Cantoni ante su peor expresión política histórica.
Lo único importante que consiguió obtener en las urnas fue el municipio capitalino, de la mano de Enrique Conti, apenas un año después de aquel estrepitoso final de la Alianza. Y nada más: desde ese momento, esconde sus miserias detrás de la escafandra del Frente para la Victoria, que al menos le permitió al partido volver al Congreso con Graciela Caselles y a la embajada en Rusia con Polo Bravo, pero que ahora le demanda el planteo de seguir o no con CFK y Gioja (ver página 8). No es fácil desprenderse: sin líderes ni peso electoral en ningún distrito, el riesgo de que les cuenten las costillas es alto. ¿Se puede caer mucho más abajo?
No fue distinta la parábola de la Cruzada. La épica designación del partido había sido el germinador de verdaderos referentes políticos que se fueron exiliando al tiempo que no encontraron espacio para crecer (Jorge Abelín, Carlos Fernández, Zulma Ortiz, Vicente Mut). Fue una oportunidad desaprovechada para garantizar la continuidad de don Alfredo, que de esa manera quedaba acotada sólo a sus hijos.
Alfredito y Nancy se las arreglaron para espadear las dificultades y por momentos lo consiguieron. El hijo mayor protagonizó uno de los hechos más asombrosos de los últimos años: él solito barrió con tres lemas peronistas de peso en 1999 –Daniel Coll, la ministra Nélida Martín y Roberto Basualdo- y se acomodó en el municipio capitalino con su padre gobernador. Y Nancy casi le gana a Gioja las elecciones para senador del 2001 con la provincia a medio incendiar y los sueldos del mes impagos.
Hasta que todo se cayó en agosto del 2002. Don Alfredo fue eyectado del gobierno en medio de la crisis fenomenal de aquellos tiempos, Wbaldino tomó la posta con la ilusión de devolverle al partido el manejo del poder para el que había nacido, con iguales resultados: salió tercero cuando buscó la reelección. Y desde ese momento, los brillos, la gravitación, el peso y el significado de dos partidos que escribieron la historia provincial, quedaron reducidos a eso. A la historia.
Ninguno de los dos consiguió entenderse con el gobierno nacional de turno, en este caso los Kirchner, como había sido casi la obligación de las conducciones para cualquier partido provincial con expectativas. Dejaron el terreno libre a Gioja, que desde ese momento se encarga de batir record tras record: de permanencia, de votos, de imagen.
Los herederos que aquellos lustres aún no encuentran una respuesta a las razones de aquella barrida. La pregunta es sencilla: ¿Qué pasó?. La respuesta es surtida. Y contempla desviaciones naturales como las que uno puede encontrar en el living de Rial: exceso de protagonismo, ambiciones desmedidas, histerias, amores no correspondidos, engaños, traiciones. También, falta de sintonía política: candidaturas con falta de horas en el horno, dificultades para comprender el contexto, elecciones erróneas de los referentes nacionales, falta de oportunismo y de timming, o hasta la imprudencia de salir a pelearse contra Tyson en Madison Square Garden, como sucedió con don Aldredo contra el plenipotenciario de la época Domingo Cavallo.
Mientras tanto, los sucesores seguirán alentados por el estímulo de la fraseología: no hay mal que dure cien años.
