HISTORIAS DEL CRIMEN

“El Viejo” Leyría, el violador serial que ahora mendiga por las calles sanjuaninas

Hoy tiene 82 años y se jacta de nunca haber abusado de niños. La vida de un hombre cuya violencia y apetito sexual lo llevó a raptar mujeres para violarlas. No se sabe con exactitud cuántos abusos cometió, su última condena fue por tres ultrajes en menos de dos meses.
domingo, 29 de agosto de 2021 · 08:55

Por ahí suele sentarse en los bancos de las peatonales, en la Plaza Aberastain o en las escalinatas de la Parroquia De la Merced. Casi como atraído por su pasado, lo ven transitar por la puerta de los tribunales de calle Rivadavia. Por poco arrastra sus pies y se muestra golpeado por los años. Eso sí, nunca pierde la cortesía con las mujeres y es amable con todos. Pero ese anciano del que muchos sienten lástima, es el “El Viejo” Leyría. El otrora trabajador rural convertido en un violador serial que asoló las calles de San Juan.

Ahora es un abuelo que vagabundea por el centro, ese mismo que décadas atrás deambulaba por la Capital provincial buscando y eligiendo a sus víctimas. Ese es José Orlando Leyría. Para muchos “El Viejo”, como lo llamaban en el Servicio Penitenciario Provincial, su casa durante gran parte de su vida por los crímenes que perpetró.

Dicen que tiene tanta historia como los abusos que cometió. Los penitenciarios y policías retirados sostienen que, en realidad, sacó su alma de violador siendo un hombre grande. Pero no siempre fue así. Leyría cuenta que tuvo una niñez dura. Es hijo no reconocido del patrón de su madre, un bodeguero y productor de Pocito, según confiesa. De chico se crio en la finca donde trabajaban sus abuelos y su mamá, sabiendo que su papá le daba vuelta la cara. “No quería darme el apellido porque decían que yo era borracho y vago. Me tiraban algo de plata a veces, pero nunca me ayudaron. Yo trabajé y aprendí a tomar ahí en la bodega”, relata entre sonrisa y cierta resignación. Aunque no se sabe si miente o es verdad. En una declaración que dio en tribunales aseguró que trabajó con su padre durante 20 años para una conocida finca de Albardón, lugar que mucho tiempo después se convirtió en los escenarios de sus ataques sexuales.

Cuenta con mucho orgullo que tiene varias hijas mujeres y un único varón. Que la madre de sus hijos fue su única pareja, pero jamás se casó. Formó su hogar en la zona de Chimbas. Se guarda muchas otras cosas; por ejemplo, cuándo inició su carrera criminal. “Yo no soy un violador. Tuve problemas, pero por las mujeres nomás", aclara. Frente a la pregunta de por qué estuvo en la cárcel, se defiende y afirma: “Todas son mentiras, son inventos. Nunca me metí con niños. Sólo con mujer grandes”.

Es imposible determinar cuántas violaciones carga en su historial. Los viejos guardiacárceles comentaron que registraría cinco o seis entradas al penal de Chimbas por ataques sexuales. Hay quienes afirman que era un asiduo visitante porque salía y al poco tiempo lo volvían a ver entre rejas. Ahí le pusieron “El Viejo” Leyría.

Su prontuario se perdió entre los archivos y las carpetas de los miles de presos que pasaron por la cárcel provincial. De lo que se tiene certeza es que su penúltima condena fue en 1992. Pero es recordado por los ataques cometidos entre junio y los primeros días de julio de 1997 en Albardón. Por esa época Leyría hacía lo de ahora, deambular por las calles del centro buscando a potenciales víctimas.

Alguna iba a caer. Eso sucedió la mañana del 11 de junio de 1997 sobre calle General Paz, frente a uno de los accesos al Hospital Guillermo Rawson. “El Viejo”, que en ese entonces tenía 63 años, se acercó por detrás a una mujer que salía del nosocomio de cuidar a un pariente enfermo y le apoyó un arma a la altura de las costillas. Le dijo, con voz amenazante: “No hagas nada que te quemo y caminá”.

La chica relató que Leyría la obligó a subir a la camioneta de un desconocido. El conductor no puso reparo, aparentemente creyó que era la pareja del hombre mayor o un familiar. Esa persona los acercó hasta la intersección de ruta 40 y avenida Benavidez. “El Viejo” hizo caminar a la muchacha por un trecho hasta que consiguió que un camionero los trasladara a Albardón.

La víctima recordó que caminaron durante una hora en dirección a una zona rural e ingresaron al predio de Top Fruit S.A. Fue llevada a una casa abandonada. Ella entendió las verdaderas intenciones del hombre mayor. Y cuando éste se fue a orinar, la mujer tomó un cajón de madera que había en el lugar y se lo arrojó por la cabeza. Salió corriendo y cruzó unos alambrados hasta que llegó a una calle. En esos minutos hizo señas a un camionero que pasaba y logró que la sacara de la zona. Transcurrieron cinco días para que la chica se repusiera e hiciera la denuncia, aunque no pudo dar precisiones de quién era el atacante.

Leyría quedó sediento y en los días posteriores volvió al acecho. El 30 de ese mes repitió su guion. Era tarde, no había mucha gente en la calle. En la esquina de las avenidas Rawson y Libertador interceptó a una mujer que caminaba por allí y la atacó por la espalda. La puso el caño de un revólver sobre la cintura y le ordenó que se mantuviera callada.

Abordaron el colectivo de la línea 20 que los transportó al departamento Albardón. La víctima testimonió que tomaron por un camino de ripio. Que ingresaron a una finca. Ya eran pasadas las 18.30 cuando la obligó a meterse por entre los parrales y allí la retuvo mientras caía la noche. Leyría le propuso que tuvieran sexo. Pero como ella se resistió e intentó escapar, éste la amenazó diciendo: “Te va a pasar lo mismo que a María Soledad”, en referencia a la adolescente catamarqueña de apellido Morales que fue violada y asesinada en septiembre de 1990.

La oscuridad de la noche y la soledad fueron cómplices del violador, que hizo vivir a esa chica su peor tortura. Le arrancó la ropa y la violó en tres ocasiones en medio de los parrales. A las 6.30 del día siguiente escucharon el ruido de un vehículo que transitaba por el interior de la finca. Leyría la levantó del piso y se la llevó con la idea de sacarla de la propiedad. En ese trayecto le dijo si quería “ir a vivir con él por el resto de la vida”, relató la muchacha, madre de una niña. La víctima señaló que guardó silencio y caminaron por unas calles. Cuando vio que se acercaba un colectivo, se soltó de su captor y corrió hasta que subió al ómnibus para poder huir de su tormento.

El chofer la trasladó al centro capitalino y la dejó en la puerta del Hospital Guillermo Rawson. La mujer pidió auxilio en la guardia, donde los médicos y enfermeros la asistieron. Al rato fue a la Seccional 1ra y realizó la denuncia. Como la anterior,  tampoco pudo precisar quién era el atacante.

A los días, Leyría apareció de nuevo un días y media más tarde. Esta vez en la Plaza Aberastain, durante la siesta del 2 de julio de 1997. Se sentó al lado de una joven que descansaba en un banco. La chica contó que no atravesaba un buen momento, que en pocos días más se le termina el trabajo como promotora y su situación económica era asfixiante.

“El Viejo” notó su rostro de afligida y entró a darle charla. Ella le confesó que tenía problemas laborales. Él respondió que, si quería, podía ayudarla. Era el encargado de la finca Carrascosa, le dijo, como parte del engaño. Le prometió que podía recomendarla para que fuese secretaria administrativa en la finca. Es más, mencionó una dirección a dónde dirigirse, pero a la vez le sugirió que lo acompañara a la finca en Albardón para hablar con los dueños, que esa tarde pagaban los jornales a los obreros. También le dio un nombre falso, se mostró como un hombre de buenas intenciones. Incluso le contó que tenía hijos grandes, un hijo en la Policía Federal y una hija que se desempeñaba en la Legislatura provincial.

La chica nunca desconfió. Le creyó y juntos salieron a tomar el colectivo con destino a ese departamento. Leyría se burló en todo momento de esa joven. Le hizo pagar los pasajes de colectivo. Y una vez que llegaron a Albardón, la convenció para que entraran a un bar cerca de la plaza porque tenía sed. Allí se tomó un vino, mientras la muchacha bebió una gaseosa para acompañarlo. La cuenta también la pagó ella. “El Viejo” le prometió que una vez que cobrara, le devolvería el dinero.

El juicio. La foto pertenece a Diario de Cuyo y fue tomada durante el juicio en 1998.

Al rato encararon para la finca. Sería las 18 cuando pasaron el umbral de ingreso a la firma, luego caminaron por unos de los callejones en dirección a los fondos. En ese tramo se cruzaron con una mujer y un niño, entonces la chica no imaginó nada malo. Empezó a preocuparse al ver que se alejaban de los galpones y llegaban a un alambrado que separaba los parrales y unos matorrales.

La joven intuyó que estaba en peligro, se frenó y le pidió que regresaran, que quería volver a su casa. Leyría reaccionó violentamente. “Vos de aquí no te movés”, le largó. Con voz aterradora, agregó: “No grités, que nadie te va a escuchar acá. Vamos a hacer las cosas bien”. Se le fue encima para agarrarla y empezó el forcejeo. Ambos cayeron al piso. La chica gritaba a mas no poder.

Como será que gritó tanto la joven, que sus pedidos desesperados de ayuda fueron escuchados por el obrero Oscar Díaz. Ese hombre buscó al encargado, Roberto Pereyra, y juntos abordaron una camioneta para dirigirse hacia el lugar de donde provenían los alaridos. Al poco andar, y por medio de luces del vehículo, alcanzaron a observar a la chica y a Leyría. Ya era de noche. Estaban en el piso, todavía luchando. Ambos tenían sus ropas llenas de tierra.

Esos hombres salvaron a la joven de la violación. Leyría intentó convencerlos de que ella estaba borracha y que se trataba de una pelea de pareja. La joven, en cambio, les rogó que no la abandonaran, que ese hombre la tenía secuestrada y la quería violar.

Los empleados de la finca protegieron a la joven y la hicieron sentar dentro de la camioneta. Leyría subió a la caja del vehículo. Todos fueron a la casa principal de la finca. Uno de los obreros llamó a la Policía y no dejó que “El Viejo” se marchara. Los uniformados de la Seccional 18va llegaron más tarde y detuvieron al abusador.

Ese fue el final para José Orlando Leyría. Esa noche la chica lo denunció, relató con lujo de detalles cómo fue engañada por el hombre mayor y llevada a esa finca de Albardón con el propósito de violarla. A los días, los investigadores policiales relacionaron este hecho con los otros raptos y ataques sexuales en Albardón. Ya se hablaba de un hombre mayor con las características similares a las de Leyría. Sólo había que hacer un reconocimiento en rueda personas para confirmarlo. Esta medida judicial se concretó. Las otras dos mujeres señalaron sin titubear a “El Viejo” como el hombre que las llevó amenazada desde el centro capitalino a la zona rural de aquel otro departamento.

El caso de Leyría es muy particular. Jamás reconoció sus delitos, incluso hoy los sigue negando. En el juicio en su contra realizado en la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional, entre fines de agosto y la primera semana de septiembre de 1998, “El Viejo” mostró su lado de gran simulador. Siempre de camisa, a veces de traje o campera, buscó dar la imagen de hombre serio y pulcro en las audiencias.

El licenciado en psicología Santiago Salinas, quien trabajó en el penal de Chimbas, explicó que en ocasiones los abusadores tienen ese perfil de seductor o amable para caer agradables y, cuando quieren, son muy violentos.

Leyría confesó haber estado con las tres mujeres, pero juró que fueron encuentros consentidos y por dinero. Sólo que después las mujeres cambiaron de opinión y entraron en crisis, explicó. “Ninguna chica decente se habría ido con el primero que encontraba”, expresó, para defenderse y defenestrar a las víctimas.

Por el contrario, las mujeres dieron testimonios desgarradores sobre las amenazas y los maltratos que padecieron en las horas que Leyría las tuvo cautivas. La que más sufrió fue esa joven que fue violada toda la noche. Los médicos que examinaron a las víctimas certificaron que todas presentaban, en mayor o menor grado, lesiones compatibles con agresiones físicas y psicológicas como consecuencia de los ataques sexuales.

Un informe psicológico describió quién era “El Viejo”: un hombre con personalidad psicótica, con rasgos perversos y sádico. No extrañaba entonces que buscara conmover al tribunal con sus declaraciones de inocencia para exculparse.

La defensora oficial Nilda Durán consideró que no estaban probados los hechos atribuidos al acusado. El fiscal de cámara Gustavo Manini pidió una dura condena. El 7 de septiembre de 1998, los jueces Alfredo Conte Grand, Héctor Fili y Enrique Domínguez sentenciaron a José Orlando Leyría a 15 años de cárcel.

“El Viejo” retornó al Servicio Penitenciario Provincial con 64 años. No era un preso conflictivo, como califican los guardiacárceles a los reos más dóciles. “No se metía con nadie. Era un carcelero viejo, muy vivo y siempre hacía la suya”, afirmó un ex jefe penitenciario. Pero no escapaba a la regla de las rencillas o rencores entre presos, más por su condición de privado de la libertad por delitos sexuales.

Como él colaboraba con los penitenciarios, servía la comida y hacia tareas de limpieza, lo separaron del resto de la población carcelaria. “Un día, los jefes me llamaron y me dijeron que me llevaban a la granja porque los otros presos me iban a pegar. Y yo me fui, total trabajaba en el casino de los penitenciarios y no jodía a nadie”, relata Leyría. En no más de una década empezó a gozar de los beneficios de salidas transitorias. El 16 de abril de 2014, “El Viejo” cumplió su condena y quedó definitivamente en libertad.

Hoy tiene 82 años. E insiste: “No soy un violador. Me metí en problemas por las mujeres. Son mentiras todo lo que dicen de mí. No les hice nada a esas chicas”, mientras no pierde la oportunidad de pedir plata para comprar un sánguche. Siempre lleva una mochila y anda abrigado, no se sabe dónde lo sorprendera la noche.

Cuenta que vive en casa de su hijo, pero no se siente cómodo. “Los nietos me faltan el respeto. Quiero alquilar una piecita para estar solo. Con mi pensión me alcanza, voy a ver”, explica. Su espalda está cada vez más encorvada y camina lento las calles del centro sanjuanino. Por ahí cruza palabras con alguna mujer que le da una limosna o siente pena por él. Nunca se sabe, quizás la muerte lo sorprenda en cualquier instante. Pero eso no borrará su pasado.

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