Historias del Crimen

La jubilada asesinada a palos y cuchillazos por el sobrino nieto y un amigo en Concepción

Fue una tarde de mayo de 1990 en una casa de calle Alem. Los autores fueron dos jóvenes y entraron decididos a matarla para robar en la vivienda. Increíblemente, uno de ellos volvió a la propiedad para acompañar a sus familiares que lloraban a la víctima.
domingo, 18 de julio de 2021 · 09:05

“Tienen que hacer justicia”, repetía el joven con cara de angustia y con el cinismo propio de un asesino que vuelve a la escena del crimen. Pensó que debía hacer creíble su pesar y su indignación. Ese jueves a la noche muchos lloraban. Otros permanecían boquiabiertos sin poder entender por qué tanta saña y alevosía contra doña Susana, esa jubilada masacrada a golpes y cuchillazos en su casa de Concepción. Pero ahí estaba, mostrándose apesadumbrado por el asesinato de su tía abuela siendo que él mismo la había matado.

Lo descubrieron cuatro días después. Pero la historia comenzó antes en ese domicilio de calle Alem, metros al sur del lateral de avenida Circunvalación, en la populosa zona capitalina de Concepción. A sus 65 años, Susana del Carmen Barrera sólo pensaba en descansar. La jubilación le alcanzaba para dejar atrás sus años de modista. Ella vivía en un departamento en el fondo de la propiedad de sus padres, ya fallecidos. En la parte de adelante estaba la casa de su hermana, que también estaba sola.

Doña Susana, le llamaban los vecinos. De vez en cuando las iban a ver algunos de sus familiares. En los primeros días de mayo de 1990, su hermana viajó a Buenos Aires y entonces su sobrina Lucía fue a acompañarla. Curiosamente, por esas fechas apareció Eduardo Marcelo Heredia. Un sobrino nieto que nunca visitaba a Susana Barrera, pero que el lunes 7 de mayo llegó a la casa de la jubilada con la excusa de que pasó por allí y aprovechó para saludarla.

La víctima. Susana del Carmen Barrera, la jubilada asesinada. Foto de publicada por Diario de Cuyo.

El joven volvió el martes. El miércoles también, solo que en esa última visitaba llevó otro jovencito al que presentó como “Irribarren”. Esto fue presenciado por Lucía, que no le dio mucha importancia. Tampoco llamó la atención de Susana. Al fin y al cabo, Eduardo Heredia era hijo de una sobrina. Ninguna de las mujeres sospechó lo que tramaban los jóvenes.

Una tarde fatídica

El jueves 10 de mayo de 1990, Lucía y Susana almorzaron juntas. En horas de la siesta, la joven se marchó porque tenía que cursar en la facultad. No está determinado a qué momento, pero horas más tarde llegaron Eduardo Heredia junto al tal Irribarren y la jubilada los hizo pasar.

La mujer estaba regando y dejó la manguera en el jardín. A tantos años de aquel hecho es imposible develar qué le dijeron a Susana o cómo empezó el ataque. La certeza que hay es que se cercioraron de que estaba sola y a la fuerza o engañada la llevaron hasta su departamento del fondo. Allí desataron el horror.

Ellos andaban con un bolso en el que cargaban un cuchillo y un garrote, el típico palo que usan para golpear las cubiertas de los vehículos. El tal “Irribarren”, que luego se supo era Carlos Marcelo Lobos de 17 años, se lanzó sobre Susana y poniéndole el palo en el cuello la llevó hasta su dormitorio. Es probable que la jubilada se resistió, pero ellos no sintieron la más mínima compasión.

Los asesinos. Eduardo Heredia y Carlos Lobos. Foto de Diario de Cuyo.

El adolescente comenzó a darle garrotazos en el rostro, la cabeza y en otras partes del cuerpo, mientras que Marcelo Heredia le propinó puntazos. Literalmente la masacraron. La mujer quedó agonizando sobre su cama. Los jóvenes abrieron el ropero y hurgaron el resto del departamento para apoderarse de un radiograbador, un secador de cabellos, el control remoto del televisor y un alhajero.

El hallazgo del cadáver

No pudieron llevarse más porque escucharon ruidos. Alguien llegaba. Era Segundino Díaz, el cuñado de Susana, que como de costumbre se dio una vuelta por la casa de la jubilada. Esto hizo que Heredia y su amigo escaparan por los fondos. En esos instantes, Díaz entró al departamento de la mujer y la encontró sobre la cama, con la cabeza destrozada por los golpes. Había sangre hasta en las paredes, según los registros periodísticos.

El hombre salió a buscar ayuda y pidió una ambulancia. Es que tenía el convencimiento que Susana Barrera todavía respiraba. Al rato, un equipo médico constató que estaba sin vida. La calle Alem, entre lateral de avenida Circunvalación y Lautaro, más tarde se llenó de gente. Los vecinos no salían de su asombro y los familiares de Susana Barrera lloraban y se lamentaban. También llegó Eduardo Heredia, que consolaba a sus parientes y recibía el pésame de algún que otro conocido. Ahí le escucharon decir: “Tienen que hacer justicia”.

La autopsia confirmó que la jubilada había recibo alrededor de 30 golpes con un objeto contundente y varios cuchillazos. Incluso en las manos, seguramente como consecuencia de la acción por defenderse.

La hipótesis del robo fue barajada desde un principio. Esa premisa estaba respaldaba por la ausencia de algunas pertenencias de la jubilada. Un dato llamaba la atención. Segundino Díaz relató a los investigadores que las puertas y la reja de entrada estaban sin traba y la manguera en el jardín. Esto daba a entender que él o los asesinos ingresaron a la vivienda sin ejercer violencia o la misma víctima los hizo pasar. Igual eso no era suficiente para avanzar en la identificación de los asesinos.

Diversas teorías

Los policías de la Seccional 2da deslizaron distintas teorías. Que los homicidas podían ser conocidos de la jubilada. Quizás ladrones desalmados que la mataron para asegurar el robo o ladrones novatos que se asustaron y la ultimaron al perder el control de la situación. La única certeza que existía era que estaban frente a un crimen alevoso por la cantidad de heridas inferidas a la mujer mayor.

Entrevistaron a los vecinos, pero no surgían pistas concretas. Después hablaron con los familiares de Susana. Entre ellos a Lucía Díaz, la sobrina. Ella relató a los investigadores que, los días previos al crimen, la jubilada recibió un par de visitas de un sobrino nieto. Se refería a Eduardo Heredia. Pero eso no decía nada. El dato pasó casi inadvertido para los policías. Quién iba sospechar de ese joven de 19 años o del amigo, un adolescente de 17. No los conocían como delincuentes.

Detención. Eduardo Heredia mientras era trasladado por los policías de la Seccional 2da. Foto de Diario de Cuyo.

Los días pasaban y la pesquisa parecía estancarse. La mañana del martes 15 de mayo, los policías recibieron el dato de que el posible asesino de la jubilada era un joven de Chimbas que había caído preso en la seccional de Santa Lucía. El comisario Gaspar Salinas, jefe de la comisaría de Concepción, partió para allá con la idea de traer al sospechoso e interrogarlo. Dio la casualidad que justo esa mañana habían citado a Eduardo Marcelo Heredia y a su amigo Carlos Marcelo “Matute” Lobos para preguntarles si vieron algo extraño esos días que visitaron a la jubilada.

No estaban en la lista de sospechosos, hasta ese momento. El entonces oficial Jorge Buchert –que hace años se retiró como comisario- vio a los jovencitos en la guardia e hizo pasar a uno de ellos a la oficina para tomarle declaración. Después fue el turno del otro. Pero lo que era un trámite que no prometía nada relevante, despertó la intriga del policía y sus compañeros.

La sospecha menos pensada

Sucedió que los dos chicos dijeron cosas muy distintas y contradictorias sobre qué hicieron esos días que estuvieron en la casa de Susana Barrera. Por qué mentirían. Además, se notaban nerviosos. “Algo raro hay o saben más de lo que declaran”, conjeturaron Buchert y el oficial sumariante Eleazar González –otro policía que llegó a ser comisario-.

Los llevaron de nuevo a las oficinas y empezaron a arrinconarlos a preguntas. Lobo, el más chico de los jovencitos, en un momento dado se quebró: “Yo no fui, él me llevó”, expresó, haciendo referencia a Heredia. El adolescente empezó a hablar y terminó confesando que junto a su amigo habían matado a la jubilada.

"El Matute". Carlos Lobos tras ser detenido. Foto de Diario de Cuyo.

De inmediato, Buchert llamó al comisario Salinas y le pidió que regresara urgente a la comisaría, que tenían a los asesinos de Barrera. El adolescente largó todo, incluso contó dónde dejaron los objetos sustraídos y el garrote con el que atacaron a la mujer. Heredia también lo reconoció, pero culpó a su amigo.

Los policías de la Seccional 2da realizaron allanamientos en una casa de la hermana de Heredia y secuestraron una camisa con manchas de sangre, según los propios investigadores. Era la prenda que vestía el día del crimen. El palo de madera, de 51 centímetros de largo y 7 de diámetro, fue encontrado en una cuneta de calle España y Circunvalación. Otros procedimientos se realizaron en los domicilios de ambos y en la casa de la abuela del “Matute” Lobos. En las viviendas de dos mujeres de Rawson hallaron el radiograbador, el secador y los otros efectos robados. Esas personas aseguraron que los jóvenes les dejaron esas cosas.

Una condena

Todas las pruebas comprometían indudablemente a Heredia y Lobos. Esa misma tarde dieron por esclarecido el robo y asesinato cometido contra la jubilada Susana del Carmen Barrera. Como el más jovencito todavía tenía 17 años, a las semanas el juez del caso ordenó que lo alojaran en el pabellón de menores en el penal de Chimbas.

Ambos fueron a juicio en 1991. Como Lobos ya había cumplido los 18, fue sometido al proceso en condición de adulto. Heredia siempre negó la autoría del asesinato. Aseguró que todo fue ideado por Lobos, que éste fue quien sacó el palo de su casa y después atacó a su tía abuela. Aclaró que él estaba en el comedor, cuando el “Matute” acabó con la vida de la mujer.

El juez no dio crédito a su versión. Ese garrote era de su padre, quien era chofer de colectivo de larga distancia. Otra cosa, la autopsia reveló que la víctima sufrió heridas corto punzantes. Esto respaldaba la teoría de que mientras Lobos golpeaba a la víctima con el palo, Heredia la acuchilló desde un costado.

El 5 de noviembre de 1991, el juez de primera instancia condenó a Heredia y Lobos a prisión perpetua por el delito de homicidio agravado por alevosía, en concurso premeditado de 2 personas, con la finalidad de ocultar otro delito. En este caso, el robo. Ese fallo fue apelado por los abogados defensores.

El arma homicida. Este fue el garrote utilizado para asesinar a la jubilado. Foto de Diario de Cuyo.

El recurso fue analizado por los jueces Ramón Avellaneda, Ivonne Salinas de Duano y Félix Herrero Martín de la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional. La defensa de Heredia insistió en que el joven no cometió el crimen, a lo sumo tuvo una participación secundaria. El abogado de Lobos cuestionó la condena argumentando que no se cumplieron las medidas tutelares con el menor, tal como lo dispone la Ley Penal de Minoridad 22278.

El juez Herrero Martín compartió esa postura y sostuvo que no se dio el tratamiento tutelar y la asistencia psicológica al adolescente, por lo que correspondía declarar la nulidad del fallo de primera instancia. Los otros magistrados consideraron que se cumplió con todo lo exigido por la Ley. A la vez dieron por probado la autoría de ambos en el asesinato, de modo que confirmaron la pena de prisión perpetua para los dos jóvenes, según consta en la resolución.

Los años de cárcel

En el Juzgado de Ejecución Penal consta que Carlos Lobos estuvo preso durante casi 20 años. Después comenzó a gozar de salidas transitorias y cometió otro robo. El 12 de agosto de 2010 fue castigado por ese nuevo delito a 3 años de prisión en cumplimiento efectivo. En 2013 finalmente salió en libertad.

Algo parecido ocurrió con Eduardo Heredia. Permaneció encerrado en el Servicio Penitenciario Provincial hasta principio de 2012. Al poco tiempo de ser beneficiado con el régimen de salidas transitorias, fue declarado prófugo por no regresar a la cárcel. También volvió a delinquir y, una vez recapturado, fue condenado por hurto calificado. Los registros del Juzgado de Ejecución señalan que cumplió 24 años y 5 meses de prisión. En 2016 empezó con las salidas transitorias y el 26 de junio de 2017 obtuvo definitivamente la libertad.

Los familiares de la jubilada Susana Barrera vendieron la propiedad de calle Alem. En esa casa luego vivió la pareja de homosexuales que en diciembre de 1998 intentó casarse en el Registro Civil de Desamparados y que terminó presa. En ese entonces todavía no existía en Argentina la Ley de Matrimonio Igualitario. Los vecinos afirman que, pasado los años, la vivienda quedó deshabitada. Hoy es ocupada por otra familia.

Comentarios