Historias del crimen

El caucetero que asesinó al vecino y que murió cruelmente en la cárcel

Fue protagonista de un horrendo crimen en enero de 2004. Fue juzgado y confinado en el penal de Chimbas. Once años después, tuvo un final trágico dentro de los muros de la cárcel.
domingo, 14 de marzo de 2021 · 09:03

“No me hagas esto, Diego”, suplicó por última vez Chávez. “El Chingo” Zalazar hizo oídos sordos y no tuvo contemplación. Levantó una pesada bomba de agua y, sin miramiento, la lanzó directo a la cabeza. Se escuchó un solo grito de dolor. Después fueron los agónicos gemidos de la muerte, que poco a poco silenciaron para siempre a ese hombre de 35 años que permanecía atado y tendido en el jardín de una finca de Caucete bajo una tenue llovizna de verano.

El que murió aquella noche del domingo 18 de enero de 2004 fue José Damián Chávez. Y el que lo asesinó de una manera despiadada fue Diego Ramón “El Chingo” Zalazar, un joven vecino que con el tiempo pagó sus culpas y más también. Once años más tarde, corrió la misma desgracia dentro del penal de Chimbas en manos de otros presos.

El caso de Diego Zalazar es una de esas historias que recuerdan que, como dicen en la calle, todo se paga en vida. Su destino quizás era otro a los 20, pero él lo torció la noche de 18 de enero de 2004.  Dicen que andaba borracho y, que de perdido nomás, tomó coraje para volver a entrar a robar a la casa de una familia de apellido Maldonado en la Finca Arena, en el distrito El Rincón, Caucete. Tres meses atrás había entrado a esa misma propiedad y había logrado robar algunas cosas sin que nadie lo descubriera. Fue así que probó repetir la maniobra, salvó que esta última vez no todo salió como lo planeaba.

Un robo mortal

Se estima que “El Chingo” Zalazar ingresó entre las 22 y 23 a esa finca de calle La Plata, casi Colón. Entró porque vio que no había nadie y de una patada rompió la cerradura de la puerta de madera del frente. Hurgó toda la casa. En un bolso cargó unos calzados, relojes, una máquina de fotos, una radio, perfumes, otros artefactos chicos y algunas alhajas. Fue a la cochera, rompió la ventanilla de un Fiat 147, pero no encontró nada en su interior. Hizo lo mismo en la camioneta Toyota estacionada afuera, de donde sustrajo una radio, un maletín con documentación y pequeño aparato para medir el azúcar de la uva.

Después volvió a entrar a la casa. Abrió la heladera, comió una pizza y unas milanesas, también bebió. Dejó tres botellas de cervezas vacías sobre la mesa. Ese detalle sembró siempre la sospecha que Zalazar estuvo acompañado por alguien más.

El homicida. Este era Diego Ramón Zalazar.

La versión que existe en la causa es que Zalazar estaba por retirarse de la casa y de forma inesperada apareció José Damián Chávez, un vecino de los dueños de la propiedad. No fue casualidad. El hombre llegó allí en razón de que, horas antes, el propietario de la finca le comentó que salía con su familia y le pidió que se diera una vuelta por la casa, dado que temía por los robos.

Chávez notó que la puerta estaba abierta, por eso entró. Ahí se encontró de frente con Zalazar, que no dudó en irse encima suyo. Ambos se conocían, vivían en la misma zona. Supuestamente, se trenzaron a golpes y en medio del forcejeo salieron al jardín.  “El Chingo” era más joven y curtido en la calle. El vecino no era una persona agresiva. Fue así que, en esa pelea, éste último la llevó de perder y terminó en el suelo.

Zalazar le dio patadas y otros golpes a Chávez en el piso, hasta que lo redujo. Cuando este quedó vencido, el otro lo puso boca abajo, agarró una manguera y ató sus brazos por la espalda para inmovilizarlo.

La súplica

En esos instantes fue que José Damián Chávez, le dijo: “No me hagas esto, Diego”, mientras pedía auxilio. Lo confesó el propio Zalazar, tiempo después. Él igual no se conmovió. Su vecino lo había reconocido y sabía que eso era un riego. Pensó que no tenía alternativas y eligió la peor de las salidas.

Vio que allí cerca había una bomba extractora de agua, de modo que la levantó con sus manos. Y con la frialdad de un criminal, largó el pesado artefacto contra la cabeza de Chávez, que permanecía atado e indefenso en el suelo. Fue un golpe mortal que provocó el aplastamiento de cráneo a su víctima.

La víctima. José Damián Chávez, el asesinado.

Mientras Chávez agonizaba, Zalazar escapó con el magro botín del robo. Consciente de que estaba en problemas, buscó refugio en la casa de su hermano Hugo. Dejó los zapatos manchados con sangre de un auto Fiat de su familia y se tiró a dormir en la cabina de un viejo camión abandonado en el fondo de la casa de su hermano.

Cerca de la medianoche, la familia Maldonado regresó a su finca y se encontró con un panorama extraño. La puerta estaba entreabierta. Notaron el desorden en el interior, el faltante de algunas cosas y rastros de que abrieron la heladera. El dueño de casa caminó por el jardín entre la oscuridad. En ese andar, observó a una persona tendida en el piso. Al acercarse, descubrió que era su vecino y amigo José Damián Chávez. El hombre recordó que tocó su espalda y sintió el cuerpo frío, además le vio la cara y la cabeza toda ensangrentada.


Las sospechas

En los primeros minutos del lunes 19 de enero de 2004, la Policía ya se encontraba en el lugar. Confirmaron que se trataba de un crimen y que él o los homicidios habían robado en la casa. El dueño de la propiedad tenía sus sospechas y le contó que a los policías que el autor del ataque podía ser “El Chingo” Zalazar, con quien mantenía una mala relación de hace tiempo y constantemente lo amenazaba. En esa charla comentó que estaba convencido que ese muchacho fue el que entró a robarle en octubre de 2003.

Los policías de la Seccional 9na tomaron el dato. Por otro lado, se enteraron que esa noche habían visto a Diego Zalazar por los alrededores. Pasadas la 1 de la madrugada fueron a buscarlo a su casa, pero no lo ubicaron. Su madre dijo que no lo veía desde la tarde. A las 8 de la mañana regresaron y revisaron toda la propiedad de los Zalazar, ahí dieron con “El Chingo” que todavía dormía en el interior del camión abandonado. En la requisa secuestraron algunas de los objetos robados en poder del joven. Al revisar el auto hallaron los zapatos que calzaba esa noche y que evidenciaban manchas de sangre.

Esos zapatos luego fueron reconocidos por el dueño de la finca Arena, como uno de los calzados que se llevaron en el robo del 25 de octubre de 2003. En esos días los policías recuperaron el equipo de música que también sustrajeron en aquella oportunidad y que Zalazar vendió a una mujer.

 

Los elementos secuestrados sirvieron no sólo para incriminar a “El Chingo” en el robo contra la casa y el asesinato de Chávez, sino que probaba que él también había sido el autor del ataque anterior en la vivienda de la familia Maldonado. Pero la investigación no quedó ahí. La Policía detuvo a Hugo Fabián Zalazar, el hermano de Diego, y a un amigo suyo identificado como Eduardo Ariel Balmaceda Saad. La hipótesis que sostenían en ese entonces fue que ambos estuvieron con “El Chingo” al momento robo y asesinato de Chávez.

Esa sospecha se fortaleció a partir de una primera confesión de “El Chingo”, que señaló a Balmaceda Saad como su cómplice e incluso aseguró que fue él quien mató al vecino. Meses más tarde, este muchacho y Hugo Zalazar fueron procesados junto a Diego Zalazar por el crimen. Sin embargo, al tiempo “El Chingo” amplió su declaración. En esa ocasión, se retractó y confesó que actuó solo, que su hermano y su amigo no tenían nada que ver con el robo y el asesinato. Esto sirvió para que dictaran el sobreseimiento de los dos supuestos coautores y los pusieron en libertad.

El juicio final

Diego Ramón Zalazar fue a juicio en noviembre de 2005 en la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional. Su confesión, con un crudo relato que no mostró arrepentimiento, fue determinante para su condena. El fiscal Gustavo Manini y el abogado Diego Sanz –hoy juez-, que intervino como querellante-, solicitaron el más duro de los castigos. En la sentencia, los jueces Raúl Iglesias, Arturo Velert Frau y Diego Román Molina castigaron a “El Chingo” Zalazar a la pena de reclusión perpetua por los dos robos a la familia Maldonado y el asesinato perpetrado contra su vecino José Damián Chávez. En el fallo se solicitó, además, que continuaran con las investigaciones para determinar si hubo cómplices, pero no se llegó a nada.

Zalazar terminó confinado en el Servicio Penitenciario Provincial. Y soportó por muchos años la difícil vida dentro de la cárcel, pero jamás imaginó que no saldría de allí. La noche del miércoles 30 de diciembre de 2015, alguien cubrió con sábanas la entrada del pabellón Anexo III del Sector I del penal, después cortaron la luz y masacraron a golpes y puntazos a “El Chingo”. El reo de 30 años fue retirado moribundo y llegó sin vida al hospital.

Fue un ajuste de cuentas. Todavía no se sabe por qué. La autopsia reveló que Diego Ramón Zalazar sufrió más de 20 heridas cortopunzantes y que le pegaron con palos o barretas. Los puntazos en sus manos, indicaban que trató de cubrirse en el ataque. En su celda encontraron una “faca” -arma blanca de fabricación casera- de 45 centímetros de largos y dos puntas más en otra parte del pabellón.

Ningún preso de los 23 que se alojaban en ese pabellón se hizo cargo del ataque o aportó datos sobre lo sucedido esa noche. Y aunque hubo cuatro sospechosos, nunca se supo quién mató a Diego Ramón Zalazar.

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