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Historias del Crimen

El obrero que estranguló a la esposa y simuló un crimen en ocasión de robo en Rivadavia

El matrimonio estaba en proceso de separación, pero compartían una casa dentro del predio de una fábrica de cerámicos. La Policía descubrió la trama y lo detuvo, después él mismo confesó el asesinato. El hecho sucedió en 1987.

Por Walter Vilca

El hallazgo causó estupor. Una mujer de 34 años fue encontrada muerta, con claros signos de estrangulamiento, en la oficina de una pequeña fábrica de cerámicos de Rivadavia. El que halló el cadáver fue su propio marido que trabajaba allí y que tenía su casa en el mismo predio, junto a un compañero, que esa mañana del 31 de diciembre de 1987 llegaba a la empresa a iniciar su jornada laboral.

El marido de la víctima se hizo el desentendido e instaló la versión del posible robo y asesinato. Y es que aseguró que faltaban algunas cosas de la oficina. Su relató resultó sospechoso desde un principio y, aunque no se descartó la hipótesis del asalto, terminó preso. Horas después descubrieron la mentira, el asesino era él.

El caso Pizarro fue otro asesinato que hoy sería calificado como femicidio, uno de esos crímenes cometidos por un marido despechado que no aceptaba la separación. Porque eso fue lo que pasó con Oscar Aníbal Pineda, un obrero que de la noche a la mañana se transformó en el homicida de su esposa, María Pizarro, de acuerdo a los archivos judiciales.

Alguna vez fue un matrimonio feliz, de cuya relación nacieron dos hijas. En algún momento de esa vida de pareja, empezaron los desencuentros y el distanciamiento que hizo que en 1987 los encontrara en pleno proceso de separación. Eso no quitó que continuaran viviendo bajo el mismo techo, pero en habitaciones distintas, en la casa que les prestaban o alquilaban dentro del predio de una fábrica de cerámicos en calle Santa Domingo, en Rivadavia. Pineda trabajaba en esa firma y era una suerte de casero, que abría la empresa al resto de los empleados y tenía acceso a las oficinas a cualquier hora del día.

Una relación desgastada

La pareja no era tal, sólo la unía sus hijas. A fines de ese año, cada uno hacía su vida por separado. Así fue que la noche del 30 de diciembre de 1987, María salió de su casa para participar de un cumpleaños al que había sido invitada. Regresó en los primeros minutos del jueves 31 de diciembre y se encontró con Pineda, quien se levantó molesto y comenzó a increparla. Eso generó una discusión, pero pasados unos minutos ella no quiso pelear más, de modo que lo dejó parado y caminó por el medio del predio de la fábrica en dirección a la oficina ubicada a 70 metros. Le dijo que necesitaba hacer un llamado telefónico.

El condenado. Este Oscar Pineda.Fuente: Diario de Cuyo.

Esto enfureció peor a Pineda, que se fue por detrás de ella con la idea de continuar con la pelea o la clara intención de agredirla. No se sabe qué hablaron ahí o cómo se desencadenaron los hechos. Lo cierto es que el hombre en un instante dado la tomó por el cuello y aprisionó con fuerzas sus manos hasta que la mató.

Sin testigos a la vista más que la noche, el obrero dejó tendida y sin vida a María en el suelo, y rápido de reflejos armó su coartada. Nadie le iba a creer si intentaba hacer ver el crimen como un accidente, una muerte natural o el resultado de una acción de defensa en medio de una pelea. Entonces, planeó hacer ver todo como un asesinato en ocasión de robo, un homicidio cometido por ladrones que entraron a la empresa con fines delictivos. Para ello retiró los dos teléfonos, un radiograbador y una máquina calculadora de las oficinas. La ausencia de esos objetos sería la prueba de la existencia de un robo, especuló.  Fue así que llevó las cosas al fondo y las escondió dentro de unas cajas. Después regresó a su casa y se acostó a dormir. Las niñas no sabían nada porque descansaban.

En horas de la mañana, como de costumbre llegó Marcial Correa –otro empleado- en el camión de la fábrica para iniciar su jornada de trabajo y llamó al portón para que Pineda abriera el predio. Éste salió de su casa, abrió el portón y lo atendió con mucha normalidad, quizás esperando no despertar sospechas.

Una versión señala que Correa entró sólo a la oficina y encontró el cuerpo de María. Otro relato indica que estaba con Pineda cuando hallaron el cadáver.  Como haya sido, lo que aseguran que éste último en todo momento se mostró sorprendido, lloró y dio la imagen de un hombre destrozado por tremenda desgracia.

A los policías que arribaron al lugar, les comentó que no sabía lo que había pasado con su esposa. Les explicó que debido a que estaban en etapa de separación, tenían habitaciones distintas, que él estaba durmiendo y por lo tanto desconocía que fue lo que hizo su mujer en la madrugada. Les dijo que era habitual que ella utilizara alguno de los teléfonos en razón de que tenía acceso a las oficinas.

La trama oculta

Los policías notaron algo de desorden en el lugar. De inmediato Pineda resaltó que faltaban los teléfonos, el radiograbador y la máquina calculadora. Esos indicios sirvieron para que respaldaran la hipótesis de un asesinato producto del ataque de asaltantes. Sí, podía ser que delincuentes hayan entrado al predio a robar, que de casualidad se encontraran con la mujer hablando por teléfono y la mataran porque los reconoció o se resistió.

Lo que no encajaba en medio de esta sospecha era que las puertas o los accesos al predio no estaban forzados, que no entraran a robar a la casa o que Pineda no haya escuchado ruidos. El relato del hombre presentaba grietas y en ocasiones se contradecía. Además, los policías averiguaron que la pareja últimamente tenía muchos conflictos y hasta exposiciones en la Seccional 13ra por sus peleas. Fue así que el juez del caso ordenó detener al esposo de la fallecida.

Evidencia. Esto es lo que secuestró la Policía. Fuente: Diariio de Cuyo.

El médico legista, que examinó el cuerpo en el lugar, notó las marcas en el cuello de la mujer y la primera conclusión fue que había sido estrangulada, tal como corroboró después el forense. Mientras tanto, los peritos buscaron levantar huellas y otros investigadores inspeccionaron el predio tratando de encontrar otros posibles indicios. En esa tarea fue que los policías encontraron uno de los teléfonos, supuestamente robado, dentro de un cajón y tapado con cartones en la misma propiedad. En otro lugar hallaron, también escondidos, el radiograbador y la calculadora.

Esto despertó las sospechas y todas las miradas fueron puestas sobre Pineda. Volvieron a interrogarlo y lo arrinconaron a preguntas hasta que el hombre no aguantó más y confesó: “sí, yo la he matado. No soportaba más el engaño”, según cita un artículo periodístico de Diario de Cuyo. La auto incriminación en el crimen, hizo que se desvaneciera la mentira y el caso se esclareciera en cuestión de horas.

Oscar Pineda, de 32 años, quedó formalmente imputado del delito de homicidio agravado por el vínculo. A principio de 1989 fue sometido a juicio. Pese a esa primera confesión, durante el proceso él cambió su versión. Habló de una supuesta infidelidad por parte de su esposa, también reconoció que la madrugada del 31 de diciembre de 1987 protagonizó una fuerte discusión con ella y que la siguió hasta la oficina, pero afirmó que no recordaba qué pasó después. Su defensa planteó que actuó en estado de emoción violenta. Aun así, el 17 de mayo de ese año fue condenado a prisión perpetua.

Su defensa recurrió el fallo y consiguió que la sentencia sea revisada en la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional. En esa instancia, los jueces fueron más benévolos. Si bien reiteraron que en este caso no se daban los elementos para considerar que el crimen fue cometido en estado de emoción violenta, hubo otras circunstancias extraordinarias de atenuación. En lo que para algunos fueron argumentos polémicos, el tribunal citó otro fallo en el que señaló que existen “circunstancias graves que trastornan la personalidad del ser humano llevándolo a cometer hechos que no hubiese realizado sin esos graves estímulos externos” y puso como ejemplo la “infidelidad”.

En la nueva sentencia dictada el 8 de noviembre de 1989, los jueces expresaron que esa situación se dio en el caso de Pineda. Agregó además como atenuante que éste no contaba con “antecedentes penales, era un hombre de trabajo, buen padre de familia y buenas costumbres”, según el fallo a través del cual ratificaron la condena, pero por el delito de homicidio agravado por el vínculo atenuado por circunstancias extraordinaria y la redujeron a 8 años de prisión.

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