jueves 9 de abril 2026

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Tiempo de San Juan. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Historias del crimen

“Me mandé un pedo…”, dijo el policía, y venía de asesinar a su ex mujer de 4 disparos

Fue un femicidio ocurrido en septiembre del 2000. Un agente de la fuerza provincial fue a buscar a su ex concubina y la mató a balazos en presencia de la hija de ésta, en una casa de Albardón. Él después se entregó en la comisaría. Llevaban tres meses de separados.

Por Walter Vilca

Fue un mes antes cuando cada uno por su lado fue a asentar una exposición a la Seccional 18va para dejar en claro que ya no eran más pareja. El no aceptándolo, pero a lo mejor algo resignado porque la relación no tenía retorno. Ella aliviada por poner fin a la violenta convivencia con ese agente de Policía, sin saber que ese papel que firmaba tarde o temprano prácticamente iba a significarle su sentencia de muerte. Es que a poco más de 30 días de esa exposición policial, el hombre se presentó en su casa vestido con su uniforme y a sangre fría descerrajó cuatro mortales disparos contra la mujer en presencia de la hija menor de esta.

La escena que vino después en la mañana del 29 de septiembre de 2000, fue casi una actuación de novela y por demás chocante. El agente Daniel Ramón Pastén entró tambaleando y nervioso a la comisaría de Albardón y subió las escaleras en dirección hacia la entonces Regional Oeste. En el camino se topó con el jefe y lo único que dijo fue: “me mandé un pedo…” Ahí nomás se desvaneció haciéndose la víctima. Minutos más tarde sus mismos compañeros de la Seccional 18va llegaban a la casa de calle La Laja en Villa San Martín y encontraban a Lidia del Carmen Tello asesinada.

La historia recuerda otro de los brutales asesinatos de mujeres en San Juan, otro caso de femicidio que pudo haberse evitado. Pero como siempre ni propios ni ajenos hicieron nada. Esa mañana la madre de Lidia se lo reprochó a todos en la puerta de la casa, en especial a los compañeros policías de Pastén, mientras lloraba y se lamentaba: “se cansó de molestarla. Ella lo había denunciado. La culpa la tiene la Policía, que sabía todo esto, y ahora este gordo guacho mató a mi hija”.

Una relación complicada

“El Gordo” Pastén -como lo llamaban sus compañeros- era un tipo bonachón y afecto a la juntadas con amigos, pero no le hizo pasar nada bien a Lidia los cuatro años de convivencia. Ella venía de una mala experiencia y un desamor con su anterior pareja y vivía con sus tres hijos cuando conoció a ese agente de Policía e iniciaron una relación amorosa. Ella tenía 33 años.

Al principio todo fue bien, contaron sus familiares, pero Daniel Pastén luego empezó a mostrar su otra faceta en la vida cotidiana. Era de salir solo, no la ayudaba en la casa, era irresponsable y casi no aportaba dinero a la familia, encima era celoso y violento. Una de las hermanas testimonió en la causa que en una ocasión descubrió que Lidia tenía un golpe en el ojo, que entonces supo que el policía le pegaba. Otra hermana declaró que sorprendió a Pastén con una amante y que se lo contó a Lidia. Que ese fue el detonante para que ella decidiera terminar con la relación.

Pastén no quiso abandonar la casa. A fines de julio del 2000 Lidia se hartó y preparó los bolsos del policía y, cuando este volvió del trabajo, no lo dejó entrar. De esa forma consiguió que éste se marchara del todo; lo que sí, él no entregó la llave de la puerta de entrada de la casa de calle La Laja. Estaba claro que el agente no planeaba ceder y en cualquier momento pensaba volver.

La víctima se puso firme y trató de cortar del todo la relación. Es que el policía, supuestamente, la seguía molestando y amenazando. Por eso fue que la mujer luego concurrió a la Seccional 18va a poner una exposición para dejar sentado que no era más la pareja del agente Daniel Pastén y que éste ya no vivía con ella en su casa. De seguro que pensó que ese era su resguardo y que con esto el agente desistiría de los hostigamientos. Él no era ingenuo y quizás sabía que esto podía traerle problemas en el trabajo, de modo que también hizo otra exposición para que quedara registrado que se retiraba de la vivienda.

María Bachi, la mamá de Lidia, declaró en la causa que, un mes antes del crimen, Pastén comenzó a llamarla por teléfono todos los días para que intercediera y le pidiera a su hija que lo perdone. Y que una semana previa al asesinato, volvió a decirle lo mismo, pero con la aclaración de que si no volvían a estar juntos iba a matarse.

Esta última amenaza nunca la cumplió. Todo lo contrario, eligió terminar con la vida de la mujer a la que decía “querer”. La mañana del 29 de septiembre de 2000, Daniel Pastén tomó su guardia en la Seccional 18va. Dicen que los otros policías lo vieron intranquilo y callado. Minutos antes de las 9 pidió hablar con el cabo primero Oscar López y le solicitó permiso para concurrir al puesto de salud aduciendo que se sentía mal.

En vez de tomar para el centro asistencial, encaró para la calle La Laja en dirección a la casa de Lidia Tello. Sabía que la mujer estaría sola, o al menos que se encontraría con la más chica de sus hijas. La otra nena estaba en la escuela. Ni siquiera llamó a la puerta, entró con la llave que aún conservaba y fue directo a buscarla.

El asesino. Este es ]Daniel Pastén, el homicida condenado.

No se estableció si Lidia ya estaba en el comedor o salió de su habitación al escuchar que alguien entraba a la casa. Lo cierto es que ella se hallaba en el comedor cuando la atacó. Es posible que alcanzaron a cruzar algunas palabras, pero él no le dio tiempo a nada. Desenfundó su pistola marca Ballester Molina calibre 11,25 mm y le disparó a matar.

La hija de la mujer -de 8 años- despertó al escuchar los gritos y los estampidos, y vio que su mamá ya no estaba en la cama, entonces corrió al comedor. Ahí vio a Pastén con el arma en la mano mientras disparaba. Aterrada, gritó suplicando: “no le pegués más a mi mamita…”, según el expediente. A éste poco le importó; de hecho, le disparó a la víctima estando en el piso, de acuerdo a la causa.

El agente de Policía escapó caminando y se dirigió a la comisaría. La nena corrió descalza a la calle y entró llorando al minimercado ubicado a pocos metros de ahí. Desesperada la pidió ayuda a la cajera, quien le dijo que le estaban pegando a su mamá. Esa misma empleada acompañó a la pequeña hasta la casa y apenas ingresó se encontró con el cuerpo ensangrentado en el piso del comedor.

Esa joven mujer tomó a la nena y la sacó de la vivienda. Se cruzó a la unión vecinal, donde pidió a un muchacho que llamara urgente a la Policía que se había producido una pelea. Lejos de allí, en la sede policial de calle Mitre en Albardón, Pastén llegaba todo desencajado, con la camisa afuera y con el cuerpo tiritando. No fue a hablar con el jefe de la comisaría, pasó derecho y subió la escalera que lleva a la Regional Oeste. En eso se encontró con el comisario mayor José Carmen Heredia, el titular de esa área, que en ese momento bajaba del primer piso. “Jefe”, le dijo, buscando que lo escuchara, y le largó: “me mandé un pedo…” En ese instante empezó a tambalear y se desvaneció en los brazos del jefe policial. A los minutos, sus compañeros entendieron todo. Los otros policías que habían partido en la patrulla a ver qué pasaba en una casa de calle La Laja, avisaron por radio que acababan de hallar a una mujer muerta balazos y que era la ex pareja de Pastén.

Una condena segura

Por más que el agente Daniel Pastén intentó demostrar a través de sus abogados defensores que no recordaba nada y que sufrió un estado de emoción violenta al momento del asesinato, nada lo salvó del juicio en febrero de 2003 en la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional. Él jamás declaró, ni durante la etapa de instrucción de la causa ni en el juicio.

En los alegatos del debate, el fiscal de cámara Ricardo Otiñano sostuvo que existió premeditación. Que el policía calculó todo, que primero se aseguró que la víctima estuviese sola, preordenó los medios y ejecutó lo que ya tenía planeado. También expresó que Pastén siempre fue consciente de sus actos, a tal punto que al regresar a la comisaría dio esa suerte de confesión al jefe de la Regional Oeste: “me mandé un pedo…”, tras lo cual se desmayó. Apeló a que el hecho tuvo como agravantes la premeditación de la acción y el haber ejecutado a la víctima frente a la propia hija, generando una grave trauma para la niña. El único atenuante que destacó fue la falta de antecedentes penales. Por todo ello solicitó que se lo condene a 14 años de cárcel por el delito de homicidio simple, que tiene una escala penal de 8 a 25 años de prisión.

La abogada Silvina Gerarduzzi –ahora fiscal-, que actuó como querellante, respaldó con más elementos la postura del fiscal Otiñano y agregó el agravante de la condición de funcionario policial del acusado. Del otro lado, los abogados defensores buscaron demostrar que el agente de Policía atravesaba una situación emocional compleja por su separación, que entró en una crisis y un shock, y que no recordaba lo sucedido. Aclararon que él no negaba su responsabilidad en el crimen, pero desecharon la teoría de que haya preordenado todo para asesinarla. En un tramo de la exposición hasta culparon a la Policía, argumentando que no tendrían que haberle dado la pistola reglamentaria a una persona que por su estado emocional no podía portar un arma. En sintonía con esto, pidieron la pena mínima por el delito de homicidio, es decir 8 años.

El fallo de los jueces Ricardo Alfredo Conte Grand, Héctor Antonio Fili y José Enrique Domínguez fue unánime. Condenando a Daniel Ramón Pastén a la pena de 12 años de prisión. En la actualidad, ese caso quizás hubiese terminado con una condena de prisión perpetua por tratarse de un crimen en un contexto de violencia de género, pero en aquel entonces no existía el agravante por femicidio.

Pastén pasó la mitad de la condena en el penal de Chimbas, pero durante su presidio tuvo serios problemas de salud y bajó mucho de peso. Ya no era “El Gordo”, comentó una fuente penitenciaria. Después empezó a gozar de la libertad condicional y no se lo vio nunca más. Él era de la Villa Lerga de Rawson.

 

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

LO QUE SE LEE AHORA
un policia termino a las pinas con un paciente en el centro de salud de la rotonda

Las Más Leídas

Giovani Lo Celso, investigado junto a otros seis futbolistas por la compra de relojes de contrabando
Identificaron a la mujer que perdió la vida en un choque en Rivadavia
Pueblo de m...: la bronca de una joven que estuvo bajo sospecha por la desaparición del fotógrafo en 25 de Mayo
El accidente en Marquesado se cobró una nueva vida en San Juan (Foto gentileza Diario La Ventana). 
Cambió el horario de comercio en San Juan, debido a la nueva temporada.

Te Puede Interesar