Historias del Crimen

Los cuatro arrieros y la tragedia de Colangüil

Los baqueanos de ese pueblito de Iglesia subieron a la cordillera a buscar sus vacas y fueron sorprendidos por el Viento Blanco. El furioso temporal de nieve fue una trampa mortal y uno a uno murieron de frío en su desesperada lucha por escapar. Increíblemente los dos perros que los acompañaban sobrevivieron.
domingo, 8 de noviembre de 2020 · 09:04

“¿Por qué llevas tanta comida?”, preguntó Hortencia Castillo de Araya a su hijo Rafael, con rostro de curiosidad y algo de temor. A sus rebeldes 22 años, a él nada parecía preocuparle. Sólo respondió: “Y, no sé si voy a estar quince o dieciocho días. ¿Qué va a pasar?, si nunca pasa nada”.

La ruda vida del campo lo había convertido a su corta edad en un experimentado baqueano, lo mismo que a sus amigos y vecinos, los primos Vega y al viejo Poblete. Para ellos, el arreo de ganado en la cordillera iglesiana era una más de las tantas aventuras. Esa nueva travesía en junio de 1983 entonces no representaba mayores riesgos. No estaba en sus cálculos o ni lo imaginaban remotamente que allá en lo alto los esperaba un asesino casi invisible y traicionero que con sus estremecedores bramidos y sus latigazos de frío les harían perder el rumbo en medio de una odisea de la cual nunca saldrían vivos.

El viaje sin regreso

Como cada año, en el mes de junio los ganaderos de Colangüil se alistaron para cumplir la tradicional “Invernada”, esa vieja costumbre de subir a la cordillera a reunir sus vacas y bajarlas a las partes bajas hasta que transcurra el invierno. Orosindo Poblete, de 73 años, era el que dirigía ese grupo integrado por Domingo y Humberto Vega, ambos de 28 años, y el más novato Rafael Araya, que medía 1,80 metro de alto. No eran improvisados. Sus mulas iban cargadas con cueros para dormir, colchas, otros abrigos y comida para soportar muchos días. Al lado los acompañaban sus inseparables laderos, los perros “Tico” y “El Pampero”, protagonistas insospechados de esta terrible historia ocurrida en el Norte de San Juan.

La aventura comenzó la mañana del 23 de junio con la partida del grupo de gauchos desde Colangüil, el pueblo natal de los tres jóvenes. Orillaron el rio, pasaron por el paraje Mina El Fierro e hicieron parada en Valle del Cura. En esos primeros días de expedición, los arrieros recogieron algunas vacas y las hicieron descender hasta el paraje El Carrizal. Los puesteros Viviano Paredes y Pedro Salinas recibieron a esa primera tanda de animales y despidieron a Poblete y sus amigos.

Los cuatro arrieros regresaron a la cordillera en búsqueda del resto del ganado. Se supone que días más tarde localizaron a esos animales y los obligaron a bajar por el río, mientras ellos aparentemente intentaron cortar camino por la Quebrada de Las Pircas. Era un periplo que ya lo habían hecho en otras temporadas.

La furia inesperada

El 8 de julio, el cielo cordillerano se cubrió de una densa sombra que anunciaba la llegada sorpresiva de un frente frío y fuertes ráfagas de viento del Pacífico. El temido Viento Blanco asomaba y sin decirlo traía consigo la muerte. Don Cecilio Araya, el papá de Rafael, presintió la tragedia: “estos güevones cagaron allá arriba”, lamentó.

La tormenta no dejó escapatoria a los cuatro arrieros, que quedaron atrapados a mitad de camino a 4.500 metros de altura y a 40 kilómetros de Colangüil. Era una lucha desigual en la inmensidad y la soledad de la cordillera con temperaturas bajo cero y la nula visibilidad. Los que conocen su furia afirman que muy pocos logran sobrevivir. Y no fue la suerte que corrieron esos cuatro baqueanos, que desorientados padecieron una tortura ese desesperado peregrinar por tratar de encontrar algún refugio en la nada misma.

Los relatos de los expedicionarios que salieron a buscarlos a las semanas siguientes, indican que el primero en caer durante esa dramática carrera contra la muerte fue el viejo Orosindo Poblete. Al parecer, se desplomó con su caballo y no pudo continuar más en ese descenso por la Quebrada de Las Pircas. A partir de los rastros, se supone que sus jóvenes compañeros acomodaron su cuerpo y lo envolvieron con jergones y mantas para darle sepultura en un rápido ritual de despedida. El que permaneció a su lado fue el perro “El Pampero”, que fiel a su amo no se apartó del cadáver como esperando también su hora y desertó del grupo. En esa zona quedaron enterradas en la nieve las 11 mulas que acompañaban al contingente.

Los tres jóvenes siguieron a pie en un camino sin salida. Fue una lenta agonía en la que uno a uno vio la muerte en el rostro del otro. Domingo Vega supuestamente quedó cegado –así lo demostró la autopsia- y aún así caminó tanteando entre la nieve a la par de su primo, su amigo y el perro “Tico” hasta que sus fuerzas lo abandonaron y sucumbió.

La pesadilla siguió con Rafael Araya, que perdió la vida 2 kilómetros abajo. Solo y con la muerte tras sus pasos, Humberto Vega resistió al implacable frío y consiguió avanzar varios kilómetros como quien caminara hacia el patíbulo. Cuando no pudo más, se sentó al lado de un arbusto cansado y sin rumbo y aguardó la muerte. El único que continuó en pie fue “Tico”, ese perro no desfalleció y olfateando siguió en medio de la tormenta.

La mala noticia

Hasta ese momento nadie sabía en Colangüil del destino de los cuatro arrieros. Lo supieron, o al menos tuvieron una sospecha, a fines de julio cuando “Tico” llegó solo, cansado y hambriento al poblado. Los famliares de los Vega y Araya no perdieron las esperanzas de que estuviesen con vida y organizaron grupos de búsquedas. La tarea era titánica, no podían adentrarse demasiado en la cordillera. La nieva alcanzaba una altura de 2 metros en algunos lugares.

A principio de agosto los efectivos de Gendarmería y la Policía emprendieron el ascenso y armaron un campamente de rescate en el paraje Agua Pelada. Una tripulación a bordo de un avión Cessna intentó sobrevolar la cordillera pero el temporal no lo permitió.

El 6 de agosto tuvieron el primer indicio de que aquello era una tragedia. El baqueano Ricardo Torres dio con el cadáver de uno de los arrieros en la zona de Las Pircas. La víctima todavía tenía las manos en el rostro, como si hubiese querido protegerse del frío. Su piel estaba quemada por las bajas temperaturas. A los días supieron que el muerto era Domingo Fortunato Vega.

Esa fue una terrible señal. Los rescatistas y los familiares entraron en razón, sabían que el tiempo transcurrido no dejaba chances de encontrarlos con vida y no tuvieron otra alternativa que resignarse a buscar los cadáveres. El crudo invierno igual no les dio tregua, el operativo se suspendió durante todo septiembre por la cantidad de nieve acumulada.

En octubre retomaron la búsqueda a partir del deshielo en las montañas y en los primeros días de ese mes encontraron el cuerpo de Humberto Leonardo Vega acurrucado, y casi momificado, al lado de un arbusto en la unión de las quebradas de Las Pircas y Los Cogotes. El día 10, a 7 kilómetros de donde hallaron el cadáver de Humberto Vega, localizaron los restos de Orosindo Poblete. Lo increíble fue que ahí también encontraron a “El Pampero”, aún con vida al lado de su dueño. El perro había logrado lo que los hombres no pudieron. La presunción es que el animal se refugió en una cueva situada muy cerca y sobrevivió comiendo las vísceras y la carne de las mulas muertas. Al último que hallaron fue a Rafael del Rosario Araya, cuyos restos fueron encontrados el 28 de octubre.

Así, la travesía de los cuatro arrieros de Colangüil acabó cuatro meses más tarde con todos ellos muertos. Los tres jóvenes fueron sepultados en el cementerio de esa localidad. A Orosindo Poblete, que no tenía parientes, lo enterraron en su pueblo natal, Rodeo. Como una fábula, la tragedia fue un revivir del clásico cuento llamado “Viento Blanco” –que relata las dramáticas muertes de otros arrieros en el Norte argentino-, publicado en 1922 por Juan Carlos Dávalos, sólo que aquí fue real y convirtió la historia de estos hombres en una leyenda que es recordada por los iglesianos en junio de cada año.

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