Historias del crimen

El caucetero que mató con su camioneta a su amigo en una noche de copas

Fue en agosto de 1992. Hubo una discusión y la víctima se retiró de la reunión. En el camino fue alcanzado por su amigo a bordo de un vehículo, quien lo arrolló en la calle.
domingo, 29 de noviembre de 2020 · 08:54

Acaso fue producto del alcohol que llevaba encima, de la bronca del momento o un viejo resquemor que creían olvidado. Pasaron más de 18 años y no está claro el verdadero motivo de tremenda reacción, que quizás quedó guardado en el olvido, como el recuerdo mismo de esa fatídica madrugada en la que ese caucetero giró el volante de su camioneta, aceleró en una rabiosa carrera por la banquina y arrolló a quien era supuestamente su amigo.

Un accidente, dijeron en principio, pero aquello fue literalmente un asesinato. Un crimen sin sentido, como todos, pero también incomprensible porque Florencio Manuel Salinas, de 34 años, y Vicente Romero de 32, era amigos.

Se conocían de Caucete hacía años, pero algo hubo entre ambos en algún momento. Las crónicas periodistas revelaron, de acuerdo a testigos, que esa amistad se rompió tiempo atrás por una fuerte discusión que acabó a las trompadas y se mantuvieron distantes por muchos meses. Salinas era del barrio Huarpes y Romero vivía en ese entonces en el callejón Escudero, cerca de Juan José Bustos y del barrio Los Olivos. Después volvieron a hablarse y trataron de arreglar sus diferencias, además compartían amigos en comunes.

Las rencillas pasadas parecían haber quedado atrás y esa noche del jueves 6 de agosto de 1992 salieron como en los viejos tiempos. Así fue que se reunieron a beber en el bar de un señor Campos en la zona de Pie de Palo hasta la medianoche. Más tarde siguieron tomando en la casa de Oscar Gallardo, un amigo, según la causa judicial.

La última noche

 Las primeras horas del 7 de agosto los encontró borrachos y escuchando música. A eso de las 2.30 de la mañana, algo se dijeron o hubo miradas que no gustaron. Romero entonces decidió marcharse junto a una chica de apellido Cortez y un adolescente que también participaba del encuentro. Se dejó entrever que existió una disputa o pretensiones por esa joven. Salinas no quiso que se vayan y tuvieron un cruce con unas ásperas palabras.

Eso no detuvo a Romero, a la chica y al jovencito que salieron y empezaron a caminar por calle Paula Albarracín de Sarmiento rumbo al centro de Caucete. Cuando iban por el tramo entre las calles Salta y Caseros, apareció Salinas en su Chevrolet Apache en compañía de otro muchacho.

Salinas intentó convencerlos que subieran a la camioneta y regresaran, pero como los otros se negaron, volvieron a discutir. También pidió a la joven que volviera con ellos, pero ésta no accedió. Es más, la joven junto a Romero y al adolescente continuaron caminando por la banquina contraria. Eso descolocó a Salinas, que quedó molesto arriba del vehículo.

Los tres no se detuvieron y siguieron caminando, dejando atrás la discusión y suponiendo que el otro se retiraría. Segundos después escucharon acelerar la camioneta. Era Salinas, que enceguecido, apretó a fondo el pedal del acelerador, giró el volante hacia la izquierda y emprendió a toda velocidad en dirección hacia donde estaban ellos. En realidad, fue en busca de Romero. Porque a los otros no los tocó, fue directo a arrollar a este último que transitaba al borde de la calle. La embestida fue mortal, le dio un solo golpe de lleno y lo lanzó a un costado, en medio de los gritos de la chica y el adolescente que no entendían nada.

Sin salida

Las versiones judiciales señalan que Salinas, viendo lo que había hecho, optó por dirigirse hasta la Seccional 9na de Caucete. Pero no fue a entregarse ni se hizo cargo de nada, sólo a comunicar a los uniformados que había encontrado a su amigo herido y tendido en la calle, según las crónicas periodísticas.

Su plan de querer sembrar su coartada y despegarse del crimen, no prosperó. Y es que cuando la Policía llegó al lugar y constató la muerte de Romero, ahí mismo se encontró con la chica y el adolescente que lo acompañaban. Fueron ellos los que contaron lo que realmente había sucedido y denunciaron que Salinas habían atropellado intencionalmente a Romero con su camioneta. Este tenía heridas mortales en el cráneo y parte de la cintura. Esa misma madrugada, el conductor del rodado terminó preso acusado de la muerte de su amigo.

Poco importó el motivo que lo llevó a semejante maniobra criminal. Florencio Manuel Salinas fue llevado a juicio en mayo de 1994 en la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional por el delito de homicidio calificado. Para la fiscal de cámara Nelly Estela Carreño estaba probado que el acusado actuó con intención de matar y lo hizo de una forma alevosa, por eso pidió prisión perpetua. Su defensa alegó que fue un accidente, además sostuvo que Salinas estaba muy ebrio y no sabía lo que hacía. Solicitó la absolución.

El tribunal compuesto por los jueces Raúl Iglesia, Arturo Velert Frau y Diego Román Molina entendieron que el agravante no existió, que se trató de un homicidio simple. En base a esto, el 7 de mayo de 1994 resolvieron condenar a Salinas y lo sentenciaron a 8 años de prisión, la pena mínima por ese delito.

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