Cómo se explica que una mañana un anciano saliera de su casa para ir a cobrar su jubilación y se perdiera como si se lo hubiese tragado la tierra. Cómo se entiende que nadie lo haya visto ni tuvieran señales de él durante casi dos meses. Y que un día encontraran su cadáver dentro de una acequia en un lugar desolado de Chimbas, muy lejos de su domicilio y con curiosos indicios de que su muerte no era un hecho fortuito sino más bien un asesinato.
No hubo respuestas en aquel entonces y tampoco las hay ahora a 12 años de la misteriosa desaparición y muerte del anciano sanjuanino Francisco Barrios. Su caso encierra otros de los enigmas de las últimas décadas jamás esclarecidos por la Justicia y la Policía y sigue siendo una herida abierta para su familia.
Barrios seguramente estuvo en el momento y el lugar equivocado. Lo más probable es que haya sido una víctima ocasional, pues no tenía enemigos, su vida era monótona y sin muchas preocupaciones en su casa en el Pasaje Orellano, entre las calles Meglioli y Espejo, en Rivadavia. Sin mujer ni hijos que lo cuidaran, la soledad era su única compañía y repartía su tiempo visitando a los pocos parientes, entre ellos a una hija no reconocida a la que veía de vez en cuando, y a sus viejos amigos. Otras veces se encerraba a ver televisión, a leer el diario o a tocar su acordeón. Su único compromiso ineludible era ir una vez al mes al centro capitalino a cobrar su jubilación como ex empleado de la Dirección de Protección al Menor.
Pese a su edad, era autosuficiente y se manejaba solo. Sus parientes contaban que era reservado y desconfiado. Tanto es así que no acostumbraba a tomar remises ni taxis, siempre viajaba en colectivo. Es que no tenía problemas motrices y su lucidez sorprendía.
La mañana del 30 de abril de 2007 partió de su domicilio, supuestamente a tomar el colectivo que lo llevó al centro de la Capital. Los registros de la sucursal bancaria a la que concurría confirman que esa mañana cobró su jubilación de 500 pesos, de ahí en más no se sabe qué hizo, adónde fue o con quién estuvo. Lo cierto es que sus parientes no lo vieron nunca más.
Se especuló que pudo sufrir un problema de salud, un accidente o un extravío por pérdida de memoria, pero la Policía a través de consultas estableció que no había ingresado a ningún hospital ni se reportó algún incidente en una comisaría como para suponer que le hubiese pasado algo malo. La causa judicial se inició como averiguación de paradero y la preocupación se acrecentó con el correr de los días y las semanas. El misterio en torno a Francisco Barrios empezaba. Prácticamente se había esfumado.
Cuando transcurría el segundo mes de su desaparición, más precisamente el miércoles 20 de junio de 2007 la Policía tomó conocimiento del hallazgo de un cadáver en el interior de una cuneta detrás de la fábrica Electrometalúrgica Andina, en la zona de la Costanera en Chimbas. El cuerpo estaba boca arriba y en estado de descomposición. Se trataba de una persona mayor, que todavía conservaba toda su ropa, su reloj y un juego de llaves, pero ninguna identificación.
A los pocos días confirmaron que era Francisco Barrios, el jubilado al que buscaban desde fines de abril. Esto permitió determinar que no tenía su documento de identidad que llevaba y tampoco los 500 pesos que había cobrado el día que lo vieron por última vez. Pero sobre todo, esto último dejaba abierta la fuerte sospecha de que había sido víctima de un robo y que a su vez eso posiblemente tenía que ver con su muerte.
El cadáver no estaba entero. Le faltaba parte del abdomen y las vísceras, quizás como consecuencia del ataque de unos perros o aves carroñeras, se dijo en ese momento. Lo que llamaba la atención eran unos rasguños en un hombro. El examen forense reveló que Barrios había muerto producto de una asfixia por inmersión, o sea ahogado. Lo que no cerraba era que su cuerpo estaba boca arriba en esa cuneta; es decir, resultaba extraño que haya caído en esa posición y muera ahogado. A no ser que lo hayan tirado en ese pequeño cauce para acabar con su vida o que lo ahogaran en otro lugar y a posteriori dejaran su cadáver en ese sitio, comentaban los policías. Las dudas estaban y la presunción de un robo y asesinato tomaba fuerza. Más a partir de la ausencia o la sustracción deliberada de su DNI y el dinero que llevaba. Además, otro dato abonaba la teoría de una acción criminal contra el jubilado, pues cómo es que llegó a ese lugar tan poco transitado y muy distante de su casa. Habían dos probabilidades: que lo llevaran hasta ahí engañado o a la fuerza.
Todas esas incógnitas y conjeturas no pudieron ser develadas ni sustentadas con pruebas. Los investigadores policiales buscaron pistas y testigos para esclarecer la extraña muerte de Francisco Barrios, pero entraron en un laberinto de preguntas sin respuestas y el tiempo sepultó o estancó el caso. Y así, la muerte del jubilado quedó flotando en el misterio y de esto hace ya 12 años.