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Historias del crimen

Amor, odio y crimen entre dos sanjuaninas

En septiembre de 2000, una mujer asesinó a cuchillazos a su pareja en medio de una discusión dentro de la habitación que compartían en Albardón. La homicida intentó ocultar todo, hizo una puesta de escena frente a la familia de la víctima y hasta hizo cavar un pozo para enterrar el cuerpo.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Walter Vilca

“La amé, la amo y la amaré siempre…” Nada más profundo que esa declaración, pero resulta extraña e incoherente en boca de quien en nombre de ese “amor” masacró a cuchillazos a su pareja lesbiana, mantuvo el cadáver oculto casi todo un día dentro de su casa en Albardón y quiso enterrarlo en un pozo en la misma propiedad para que nadie descubriera el crimen.

Historia macabra si la hay, la que ocurrió allá por septiembre de 2000 entre dos mujeres, cuya relación terminó en tragedia por otra de sus discusiones de amor, celos y odios. Una crónica anunciada que acabó con Silvana Alejandra Puerta en un féretro y con Sandra Beatriz Ávila en la cárcel de Chimbas.

Ambas se conocieron en una cancha de fútbol en los años 90 y al tiempo de ponerse de novias fueron a vivir juntas a la casa de Silvana Puerta, de 30 años. Su hogar fue una habitación que le cedieron sus padres, en una casona antigua de la familia en la esquina de las calles Tucumán y Nacional, cerca del centro de Albardón.

Llevaban nueve años de convivencia cuando empezaron a pronunciarse las diferencias, a hacerse constantes las peleas y cualquier situación ya era excusa para las escenas de celos entre ellas. Dicen que una simple mirada en otra dirección o el aroma del perfume de otra persona, era motivo para el enojo. Al parecer, las discusiones y golpes eran moneda corriente entre Sandra y Silvana.

Así llegó la fatídica madrugada del 12 de septiembre del 2000. Algo pasó entre ellas esa noche que, minutos después de la cero hora, supuestamente empezaron a discutir y en el momento menos pensado Sandra Ávila tomó un cuchillo con una hoja de 30 centímetros de largo y atacó sin piedad a Silvana Puerta, su pareja. La sorprendió de atrás. Un puntazo fue en el cuello y otros en la espalda. Después vinieron más cuchillazos en el abdomen y el pecho. Fueron más de una docena de heridas cortos punzantes, la mayoría en partes vitales. De hecho, la víctima murió en cuestión de segundos por un shock hipovolémico a raíz de la hemorragia interna y externa.

Esto sucedió entre las 0 y las 3,30 de la madrugada. Los padres de Silvana por esas horas dormían y no escucharon nada, eso garantizó un margen de impunidad para Sandra que trató de ocultar todo. Sin embargo, un mal presentimiento hizo que María Pizarro, la mamá de Silvana, se levantara en la noche y fuera a tocar la puerta de la pieza de su hija para preguntar cómo estaba. La chica no contestó. Sí Sandra, que la atendió a través de un postigo de la puerta y le contestó que Silvana estaba bien, que descansaba profundamente. La mujer mayor se retiró con esa respuesta, sin sospechar nada. Lo que no sabía era que su hija estaba tendida en el piso de ese cuarto, muerta en medio de un charco de sangre.

La homicida tuvo tiempo de pensar y calcular su coartada. Así fue que tomó el mismo cuchillo y se cortó en la palma de una mano, todo para después mentir que su pareja la había atacado. Y lo hizo. Porque dejó el cadáver de Silvana en la habitación, cerró todo con llave y a eso de las 5 de la mañana salió en el Fiat 147 de la víctima por calle Nacional y luego por La Laja para dirigirse a Villa Evita. Ahí buscó a su amiga, Fanny Zárate, y le pidió que la acompañara al puesto de salud porque tenía una herida cortante en una mano. En el camino, la otra chica preguntó a Sandra Ávila qué le había sucedido. Y esta le confesó que el tajo se lo había hecho Silvina en otras de sus peleas y, sin rodeos, le largó: “parece que la mate…”

Fanny Zárate entró a dudar de lo que escuchaba, pero veía el rostro de Ávila y notaba que algo de verdad había. Se quedó pensando con mucha angustia porque con el correr de los minutos empezó a darle credibilidad; es más, pasaron dos veces en el auto por la puerta de la comisaría de Albardón y Zárate le dijo que detuviera el coche y se entregara. Sandra Ávila no quiso parar. Después hizo descender a Zárate y continuó sola su camino.

Sandra Ávila deambuló esa mañana pensando qué hacer. Alrededor de las 6, se le ocurrió buscar al albañil Zacarías Gutiérrez, quien había realizado trabajos para su familia, para que abriera un pozo en la casa de los Puerta en la esquina de Nacional y Tucumán. Le propuso que cavara una zanja de 1 metro de largo por 1 de ancho y de 2 metros de profundidad. El obrero no preguntó para qué era ese pozo, pero le contestó que iba a hacer la changa en horas de la tarde. Ávila sí sabía para qué, planeaba enterrar y esconder el cadáver de Silvana en esa zanja.

En ese periplo desesperado por ver qué más hacía, Ávila finalmente fue a atenderse al Hospital Guillermo Rawson por la herida en su mano y a las 7.30 pasó a visitar a su madre, Margarita Muñoz, al barrio Chimbas II. Estuvo rato allí y después volvió a Albardón. No se sabe qué hizo el resto del día, se supone que permaneció encerrada en la habitación con el cadáver ahí adentro. Al atardecer habló con la señora María Pizarro y la envolvió diciendo que su hija Silvana había partido de urgencia a otro lugar, que podría ausentarse por el lapso de un año. Le explicó que el motivo era una supuesta brujería que le habían hecho y que por eso su hija no podía permanecer en la casa hasta echar ese mal. También la convenció de que iba a expulsar esa maldición sepultando toda la ropa y algunas pertenencias de Silvana en un pozo que ordenó cavar.

La imaginación de Sandra Ávila no tenía límites, pero la puesta en escena no duró por mucho tiempo. Ese mismo martes a la noche, su hermano Manuel Delgado la llamó preocupado al celular al enterarse de que había estado en el hospital por una herida y quería saber cómo se encontraba. Sandra no aguantó y muy compungida le comentó que necesitaba contarle algo, que deseaba verlo de inmediato. El hombre pidió que fuese a su casa en Villa San Francisco en Concepción, Capital, y al rato ella llegó en el auto Fiat 147. En ese encuentro, Sandra le confió a su hermano que tuvo otro de sus desencuentros con Silvana, que pelearon, que ésta trató de matarla con un cuchillo, que al final ella le quitó el arma blanca y la asesinó en la habitación que compartían.

El relato dejó perplejo a Manuel Delgado que, desconcertado pero seguro de que algo tenían que hacer, aconsejó a su hermana que lo mejor era entregarse a la Policía. Y la convenció. Así fue que llamaron a la oficial Patricia Amaya, a quien conocían porque era vecina de la familia de Ávila, y a las 21.30 fueron a verla a la Seccional 17ma de Chimbas para hablar con ella. La mujer policía desconocía por qué querían hablar con ella. Cuando llegó Sandra Ávila, acompañada por su hermano, se despachó sin tanto preámbulo sobre el incidente en Albardón y el crimen de Silvana Puerta.

Para entonces, los policías de la Seccional 18va ya habían dado con el cadáver en la casona de Nacional y Tucumán. Es que un rato antes, Fanny Zárate había ido a buscar a Margarita Muñoz –madre de la homicida- para contarle sobre la sorprendente confesión de su hija. Esa amiga se había quedado pensando todo el día sobre los dichos de Sandra y la intriga la carcomió tanto que llegada la noche fue a buscar a Muñoz para que la acompañara hasta la casa de Albardón a ver si era cierto lo del supuesto asesinato. Las dos mujeres hablaron con Miguel Puerta y María Pizarro y les pidieron por favor que entraran a la habitación de Silvana, que aparentemente estaba muerta. El mismo Puerta, que se mostró incrédulo en principio, empujó la entrada del dormitorio hasta que rompió la cerradura y vio con espanto el cuerpo de su hija Silvana, tirada sobre un charco de sangre. Sandra Ávila ya estaba detenida en Chimbas.

Estaba claro quién había matado a Silvana Alejandra Puerta, la misma Ávila había confesado el crimen. El problema era la versión que dio y el contexto, pues obviamente ella intentó justificarse y alegó que actuó en defensa propia. Instaló un relato algo confuso sobre lo que pasó, como que discutieron durante la cena y que Silvana volvió a celarla con otra persona. Que esa pelea se trasladó a la habitación. En esa crónica, por supuesto poco creíble y parcial, pintó a Silvana como una mujer posesiva y violenta, que siempre la humillaba y la menoscababa. Según ella, en esos momentos su pareja tomó un cuchillo y le tiró un puntazo, que fue ahí que le cortó la mano. Que entonces alcanzó a reaccionar, le quitó el arma blanca y en su afán por defenderse hirió mortalmente a Silvana. También se cubrió diciendo que “todo se le nubló” y no sabía que más sucedió. No tenía otra forma de explicar tantos cuchillazos.

Sandra Beatriz Ávila tenía 32 años cuando fue llevada a juicio en marzo de 2002 en la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional. Su abogado buscó plantear la hipótesis de que el asesinato fue cometido en un estado de emoción violenta y por tanto pidió una pena de entre 3 y 6 años de prisión. O a lo sumo, se la condenara por el delito de homicidio simple como para atenuar la pena. Es que el fiscal y la abogada querellante pidieron reclusión perpetua para Sandra Ávila por el delito de homicidio calificado por alevosía. Y claro, sostuvieron que Silvana Puerta sufrió el ataque mientras dormía, que no pudo defenderse, que todo fue planeado y que las heridas infringidas daban muestra del odio con que había actuado la acusada. El tribunal compuesto por los jueces Héctor Fili, José Domínguez y Ricardo Conte Grand no dieron por acreditado que haya existido alevosía y calificaron el asesinato como homicidio simple. La condena igual fue dura, la sentenciaron a cumplir 17 años de prisión a la mujer que, en nombre del “amor”, masacró a su pareja.

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