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Historias del crimen

El pedido desesperado de Graciela que nadie escuchó

Vivió más de 14 años de maltratos por parte de su marido Reinaldo Torres, un sujeto obsesivo y violento. Graciela no pudo escapar de su calvario, aun cuando consiguió separarse. Una madrugada de 2008, el hombre masacró a la mujer, madre de sus cinco hijos, atacándola con un cuchillo, una pistola y una escopeta. Por Walter Vilca

Por Redacción Tiempo de San Juan

El que siendo aún novio, ya la agredía. El que una vez se enojó porque se quemó mientras preparaba un asado y descargó su bronca contra ella dándole una paliza. El mismo que otra vez le pegó porque uno de los hijos no había hecho bien los mandados en el almacén. El que una noche de Navidad tomó a golpes a su padre frente a su familia y lo dejó tendido en el piso, todo porque había defendido a su nuera. El despreciablemente celoso que, a tres días de que su mujer diera a luz a su tercer hijo, llegó a dudar de la paternidad de ese niño porque era “gringuito”.

Ese era Reinaldo Alfredo Torres, un violento por naturaleza que, paradójicamente, era influenciado fuertemente por la figura materna y a la vez gozaba con someter a su mujer. Ella sabía cómo era él. Graciela Torres aguantó catorce años de matrimonio y maltratos, como una maldición que la persiguió hasta último día de su vida sin poder escapar de ese calvario y sin que nadie escuchara su dramático pedido de ayuda. Porque lo que era una amenaza constante de ese sujeto, se materializó una noche de marzo de 2008 cuando en otro de sus ataques de rabia Reinaldo entró a los mazazos a la casa de esa sufrida mujer, en Rawson, y la masacró a cuchillazos y tiros de una manera bestial.

Reinaldo Torres siempre fue así. Mercedes Oyola, su madre, declaró que desde niño el manifestaba esos arranques de furia y a veces se golpeaba la cabeza contra la pared. Ni siquiera pudo continuar la secundaria por sus problemas de conducta. Por su parte, Carlos Torres recordó que su hermana Graciela vivía un tormento junto a este hombre que permanente la agredía, incluso desde cuando eran novios, y ella misma le confesó que, pese a las golpizas, regresaba con él porque la tenía amenazada de muerte.

Al principio, quizás Graciela pensó que Reinaldo podía cambiar y se unieron en matrimonio el 4 de abril de 1994. Después vinieron los hijos, en total cinco durante esos 14 años que duró la pareja. Es que a comienzo de 2008, la ama de casa tomó coraje y decidió poner fin a la relación a pesar de que sabía que iba a ser difícil.

Hay al menos cuatro vecinos que testificaron que la relación entre ambos era pésima y que Reinaldo Torres era extremadamente violento. Que bastaba un mínimo mal entendido, un simple accidente para que él reaccionara ofuscadamente contra ella. Una de esas personas presenció por ejemplo, por algo tan insignificante como el hecho de haberse quemado con la grasa de un chinchulín mientras preparaba un asado, Torres golpeó a su mujer frente a los niños sólo porque no corrió socorrerlo de inmediato. Una amiga de Graciela también contó que en otra ocasión Reinaldo se enojó porque su hijo compró un pimento en vez de pimentón y la golpeó porque decía que ella no le enseñaba a cumplir bien los mandados. Esa mujer agregó que una vez Graciela tuvo que fingir que tenía una hemorragia y debía ir al médico para escapar de la casa con tal de salvarse de otro de las golpizas.

Su hermano Carlos relató que en varias oportunidades concurrió a la casa de Graciela en razón de que los vecinos lo llamaban para avisarle que Reinaldo le estaba pegando. Uno de esos episodios sucedió en Nochebuena. Carlos tuvo que trasladarse al domicilio de los padres de Reinaldo y, al llegar a la vivienda, vio a través de la ventana que éste le daba golpes en la cabeza a su hermana y después le propinaba patadas a su propio padre que permanecía tirado en el comedor. Fueron muchas las situaciones violentas. Graciela vivía acorralada por ese maltrato físico y psicológico, a tal punto que hasta quiso suicidarse. Existen testimonios que indican que concurrió al menos en dos ocasiones a la seccionales 3ra y 6ta a poner la denuncia, pero como siempre regresó a su casa en un total desamparo.

Atrapada sin salida

Ella no supo o no pudo salir de ese tortuoso laberinto, tampoco la ayudaron lo suficiente o nadie escuchó su lenta agonía. Entonces se refugió con sus cinco hijos en su casa de la calle Palma del Bº Búbica, en Rawson, probablemente esperando que la reciente separación y el tiempo hicieran olvidar a Reinaldo Torres su terrible obsesión por ella. Muy por el contrario, este hombre alimentaba su odio y preparaba lo que sólo una mente siniestra podía imaginar.

El sujeto, que estaba acostumbrado a manejar a su antojo a su mujer y a sus hijos, no soportó estar fuera de casa. Dos meses de separación era demasiado. Pero Graciela se había puesto firme, no quería que volviera a pesar de las amenazas de muerte. Y él no andaba bien. De hecho, en los primeros días de marzo de 2008 lo bajaron del campamento minero –donde trabajaba como perforista- y lo enviaron a su casa debido a su estado anímico.

Ya habían tenido algunas discusiones por teléfono, pero la noche del 15 de marzo nuevamente se cruzaron. Reinaldo llamó a Graciela muy molesto y le reprochó el por qué dejó ir a su hija mayor –que era adolescente en ese momento- a una fiesta de cumpleaños de 15 en el barrio, si él no le había dado permiso. Una vecina de apellido Yanzón, que se encontraba en esos momentos con la víctima, oyó esa conversación. Según declaró, a Reinaldo Torres se lo escuchaba enardecido. Es más, largó varias amenazas contra su ex mujer, entre ellas dijo tajante: “¡ya vas a cagar…!”

La testigo refirió además que, tras finalizar esa comunicación, notó a Graciela muy preocupada y con miedo. A los minutos se despidieron y ésta última se fue a su casa, dado que estaba sola con sus hijos mellizos, de 2 añitos. La hija mayor se encontraba en el cumpleaños y los dos varones más grandes, de 12 y 5 años, estaban en casa de sus abuelos paternos.

Asustada y algo intranquila, Graciela aseguró las puertas de su casa y se acostó a dormir. La advertencia de Reinaldo Torres se hizo realidad horas más tarde, cuando a eso de las 2 de la madrugada del 16 de marzo se apareció en la casa de su ex mujer y sus hijos en el Bº Búbica.  

Ya lo tenía decidido, iba convencido a cumplir su amenaza. Estaba armado hasta los dientes. Llevaba una maza de 6 kilos, un cuchillo tipo navaja, un cuchillo más grande, una pistola calibre 22 y una escopeta calibre 16.

Un ataque demencial

Así como llegó, caminó directo al fondo (no había medianera) y cortó el cable que alimentaba una farola que alumbraba el patio de la casa vecina y la vivienda de su familia. Luego empezó a llamar a los gritos a Graciela. Ella se levantó en ropa interior y, como no quiso abrirle, él largó un par de tiros con su pistola a través de la ventana. Totalmente fuera de sí tomó el pesado martillo, reventó la cerradura de la puerta de la cocina hasta que entró y fue al encuentro de su ex pareja, que se vio acorralada entre las cuatro paredes de su dormitorio.  

Reinaldo no tuvo piedad de ella, la atacó brutalmente. Graciela alcanzó a gritar: “¡Por Dios, auxilio! ¡Que alguien me ayude…!”, según declaró una mujer que vive al lado. Otra vecina y amiga, recibió el desesperado llamado telefónico de Graciela que pedía socorro en el instante mismo que era agredida por su exmarido.

Muchas personas del barrio escucharon los alaridos desgarradores de Graciela, mientras se sentían las detonaciones de arma de fuego y de fondo se mezclaban los llantos de los pequeños dentro del domicilio.

Nadie se animó a salir. Minutos más tarde, no se oyó más nada y reinó un silencio estremecedor. Reinaldo Torres en eso tomó a los mellizos en brazos y escapó rumbo a la casa de su hermana, a escasos 50 metros de distancia. Al llegar a esa vivienda les dijo a sus parientes: “Me mandé una macana. Está no me jode más…” y dejó a los niños al cuidado de sus familiares. De ahí continuó su huida, la que acabó en las inmediaciones cuando intentó suicidarse pegándose un tiro. Al final nada de eso sucedió porque sufrió una herida leve en la cabeza.

El destino de Graciela fue otro, el que ya se veía venir y nadie vio: el de la muerte. Su cadáver destrozado quedó tendido en el piso de su dormitorio. Presentaba múltiples heridas producto de los varios cuchillazos, de los cuatro balazos y los dos escopetazos que recibió en la cabeza, el tórax y hasta en la zona vaginal. Su ex marido la había masacrado.

La conmoción duró varios días por tan demencial crimen, además porque el caso de Graciela Torres fue otro de los tantos que pudo evitarse y que terminó en un femicidio. En el medio quedaron otras cinco víctimas, esos chicos ahora huérfanos.

A su manera, Reinaldo Torres también pagó por tanto dolor provocado. Entre mayo y junio de 2009 fue juzgado por los jueces Héctor Fili, Eugenio Barbera y Ricardo Conte Grand de la Sala III de la Cámara en el Penal y Correccional y lo condenaron a la pena de reclusión perpetua por los delitos de homicidio doblemente calificado, por el vínculo y por ensañamiento y por portación ilegal de arma de fuego. Hoy por hoy pasa sus días bajo la sombra en un frío pabellón del Penal de Chimbas.

 

 

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