Por Gustavo Martínez Puga
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La del viernes al mediodía es la condena más grave en el prontuario de Claudio Gil, pero no la única.
El 19 de mayo de 1999 había sido condenado a 12 años de prisión por la Cámara Tercera en lo Criminal y Correccional de la provincia de La Rioja por haber matado de un cuchillazo en el corazón al comerciante Alberto Herrera, con quien mantuvo un vínculo pasional.
En el juicio se probó que hubo una discusión por cuestiones de infidelidad y Gil mató a Herrera, lo bajó del Renault 12 Break y le prendió fuego al cadáver. Lo atraparon al otro día, cuando intentaba huir hacia San Juan.
Y no es difícil que en poco tiempo más Claudio Gil sume una tercera condena por matar a un homosexual. Ya tiene fecha para el próximo lunes 2 de mayo en la Sala Tercera de la Cámara Penal para ser juzgado por el crimen de Jorge Espíndola, un hombre de 85 años que habría contratado sus servicios sexuales.
Como a Carlos Echegaray y a Alberto Herrera, a Espíndola también lo asesinaron a cuchillazos y a tradición.
Al igual que con Echegaray, a Gil le probaron que habló telefónicamente con Espíndola. Incluso, hallaron en su poder el teléfono celular que le habían robado a la víctima. Y hay una prueba aún más contundente: debajo de las uñas de Espíndola hallaron restos de piel cuyo ADN corresponden en un alto porcentaje al de Claudio Gil.
Antes de los crímenes, cuando aún era un pibe, Gil fue condenado en San Juan por el robo de vehículos y privación ilegítima de la libertad. Y llegó a estar detenido por maltratar a su propia madre.
Tras ser detenido por el crimen de Echegaray y de Espíndola, sumado al antecedente de La Rioja, también se lo investigó a Gil por el asesinato a cuchillazos y por la espalda de un enfermero, ocurrido en Chimbas, pero no hallaron pruebas para vincularlo a ese crimen que aún está impune en el Tercer Juzgado de Instrucción.
