PERSONAJES

“Il capo” de los abogados penalistas se confiesa

Horacio Merino es el más veterano de los defensores que a diario litigan en Tribunales, donde los más jóvenes lo respetan y lo consultan. El inicio, la política y el vínculo con la delincuencia, lo que le trajo amores y códigos sagrados. Por primera vez, habla de todo. Por Gustavo Martínez Puga.
miércoles, 18 de noviembre de 2015 · 07:00
Por Gustavo Martínez Puga

La música de Nino Rota compuesta para la película El Padrino suena a diario en los pasillos de Tribunales. A muchos sorprende escuchar esa melodía en ese ambiente. A otros les despierta una sonrisa cuando ven de dónde sale: es el ringtones del celular que nunca para de sonar, el del abogado penalista referente del ambiente delictivo: Horacio Ricardo Merino. De remera negra brillante, el cabello blanco y lidiando con un teléfono nuevo al que todavía no se acostumbra, revela: "Es la película –la de Francis Ford Coppola- que más me sorprendió. Me identifica con el trabajo que hago”.

Esquivo para hablar de su vida privada, con 66 años de vida y 42 de ejercicio de la abogacía, por primera vez el más veterano de los penalistas sanjuaninos se confiesa públicamente. Habla de todo, sin pelos en la lengua, pero a su modo: recortando lo que lo puede meter en problemas o violar algún código sagrado de sus años de vínculo con el ambiente delictivo sanjuanino.

"Soy un agradecido del ambiente delictivo. Me dio un buen pasar, eduqué a mis hijos con carreras importantes, tienen su techo… ¿qué más puedo pedir? Nada más. Vivo de lo que hago y con eso me alcanza”, cuenta Merino en su estudio de la calle Tucumán al 51 Sur.

A diferencia de cualquier abogado, en la puerta de la planta baja de lo que era su casa paterna no hay una placa que diga que allí atiende al público. No le hace falta: el hall de entrada, en las escaleras y la antesala se llena de gente cada tarde.

La mayoría de ellas son mujeres, madres y esposas con niños de los presos. Una imagen que se repite a diario cada mañana en el edificio de Tribunales. Le piden que asista al que recién cayó, al que lleva tiempo detenido y la causa no se mueve o al que está entrando a un juicio.

Sin decirlo en vos alta, él sabe bien quién le pagó sus honorarios, quién no y a quién puede atender sobre la marcha porque luego irá le pagará como pueda: "Nunca contabilicé la cartera de clientes que tengo. Llegué a tener al abuelo, padre e hijo. Tres generaciones. También hay regalones a los que no les he cobrado. Algunos son muy leales y solidarios, más que nosotros que tuvimos otra formación. Hasta tres veces por semana iba a comer a la casa de mis clientes y ahí el pibe se para de la mesa y dice . Eso no lo veo en muchas de las casas de abogados y gente de mucho más dinero”.

La educación de los menores es uno de los temas que más le preocupa al abogado. Dice que "sean o no los autores de un hecho, si no son cuidados no tenemos ningún futuro. Yo estoy a favor de la inclusión social, pero con educación. De lo contrario, no sirve para nada. La educación es lo único que puede sacar a flote a un niño criado en el ambiente delictivo”.

Merino conoce muy bien esa realidad porque es un abogado que va a la cárcel todas las semanas a visitar sus clientes. También va a las casas de los familiares de los internos, generalmente de condiciones económicas desfavorables. "Siempre me tiró más el lado carenciado. Me siento más identificado”, dice.

Si bien se crió y vivió en plena Ciudad, la vida nunca le fue fácil al litigante. Siempre recibió educación pública (primaria en la escuela Rivadavia; secundaria en el Colegio Nacional y universidad en el Litoral). Hijo de un metalúrgico y de una docente, eligió estudiar abogacía siguiendo a un amigo. Así fue como terminó en estudiando en Santa Fe.

"Como no había plata, me iba a Santa Fe en los camiones que llevaban vino desde la bodega Rugna, en Catamarca pasando Circunvalación, o con los de Transporte Juárez. Vivía en una pensión y comía en el comedor estudiantil”, recuerda, orgulloso de haber hecho ese sacrificio.

A los cinco años de haberse ido, Merino regresó con el título de Abogado. Fue un 16 de abril de 1973 cuando le dieron la matrícula N° 709 en el Foro de Abogados de San Juan. Sus primeros 10 años de profesión fueron tramitando causas laborales, ya que en esos años estuvo muy vinculado a su otra gran pasión: la militancia en el sindicalismo y en el Justicialismo.

"Mi referente fue José Ubaldo Montaño. Cuando me recibí tuve que hacer la colimba porque me habían dado prórroga por estudio. Él me hizo trasladar desde Tupungato, en Mendoza, a San Juan. Es una anécdota muy divertida: como de acá para allá no se podía enviar bolsas de cemento, él negoció y me consiguió el traslado por bolsas de cemento. Nunca supe cuántas”, recordó.

El reconocido y fallecido sindicalista fue el padrino de casamiento de Merino. Lo conoció por un vínculo familiar. Y trabajó años con él: "Me gustaba la parte sindical. Fui afiliado y militante peronista. Es mi forma de actuar y pensar. Es lo que me contiene. Me aparté de todo eso cuando vi que, cuando los dirigentes cambiaban la línea y la ideología, era porque hacían arreglos políticos; y cuando los de abajo cambiaban, eran traidores de la causa”.

Tras una década ejerciendo como abogado ligado al sindicalismo peronista, Merino se dedicó de lleno al fuero penal. "Lo laboral me aburre. Es larguísimo el proceso”, dice. Y recuerda que, en sus comienzos, el otro abogado dedicado a temas penales era Diego García Carmona, fallecido en el 2011.

"En esos años Tribunales era lo mismo que ahora. Siempre hubo jueces que laburaban, otros muy capaces y otros que no. Lo que sí antes habían más códigos. Todo pasa, lo que queda son los buenos gestos, las buenas personas. Un juez que yo quise mucho fue Zavalla Pringles (jubilado recientemente). Ahora hay muchos jueves nuevos, pero no pueden hacer nada si la Corte no les pone más personal. Creció la cantidad de causas, pero el personal y los jueces son los mismos”, critica Merino, reservándose opiniones más jugadas para con algunos jueces. Pero para él, de la vieja escuela, son códigos que no se tocan y se resuelven puertas adentro de los juzgados.

En el medio, entre los casos resonantes que tuvo Merino, se contabiliza el de la pareja de homosexuales que intentaron casarse en los ´90 adulterando un DNI y terminaron presos en Trinidad, por lo cual el abogado fue entrevistado hasta por Chiche Gelblung. En esos días el caso fue un escándalo nacional.

Padre de tres hijos, una mujer de 34 años (es médica y vive en Mendoza), y mellizos de 33 años (uno es contador y el otro está terminando abogacía), Merino se divorció a los pocos años de casado. Una rareza en la década del ´70. Nunca volvió a casarse ni a tener hijos. Actualmente vive solo. Y, sin ponerse nostálgico, a sangre fría planea el final de su vida.

"Me encantaría poder cumplir los 50 años de profesión, pero falta mucho (8 años). Cuando muera, si yo pudiera disponer, pediría que se escuche la música de El Padrino y San Juan por mi sangre. Amo San Juan, no lo cambio por nada”, concluye.

Cinco definiciones

"A un gran amor que tuve la conocí en Tribunales y me impactó. Me vino como a apurar por la causa de su familiar. Me di vuelta y le pregunté: <¿Y usted quién es?>, después de eso, estuvimos juntos 5 años”.

"A mis hijos –mellizos- los llevé a la cárcel cuando tenían 10 o 11 años, para que vean lo que es eso y cómo viven los que eligen ese camino”.

"Me gustaría que a los chicos de 12 o 13 años los presos les dieran una charla en las escuelas, que les contaran sus historias de verdad. Y que, a cambio, a los presos les rebajaran algunos días de pena”.
 
"Mi sueño es que el actual edificio de Tribunales lo dejaran para el fuero penal. Y que al nuevo, el 9 de Julio, lo dejaran para los civiles, menores, laborales”.

"Mi pasión es el fútbol. Jugué y soy hincha de Atlético de la Juventud Alianza. Cuando me fui a estudiar a Santa Fe jugué en Unión. Siempre de fullback centro, tirado para el lado izquierdo”.

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