Policiales que conmovieron a San Juan

Una muerte sin sentido en el boliche

Ocurrió en el 2001 a la salida de Eclipse, en Concepción. Un joven le pegó a otro y, producto de esta trompada, la víctima golpeó pesadamente su cabeza contra el asfalto y murió cuatro días despues. Por Omar Garade.
domingo, 06 de mayo de 2012 · 19:58

Ocurrió en el 2001 a la salida de Eclipse, en Concepción. Un joven le pegó a otro y, producto de esta trompada, la víctima golpeó pesadamente su cabeza contra el asfalto y terminó en terapia intensiva. Cuatro días después el joven agredido falleció en una cama del Hospital Privado debido a esas heridas. El atacante fue condenado a una pena en suspenso, porque el tribunal entendió que el golpe que le lanzó a la víctima no tenía como objetivo matarlo.

Fernando Aguiar había ido al boliche Eclipse como un sábado a más. Pero había ido a bailar, no a morir, como fue lo que finalmente le tocó a este joven de 18 años una vez que salió del boliche ese 13 de octubre del 2001. Su homicida no había ido a bailar, había ido a pelearse, a buscar pelea a como diera lugar y finalmente lo consiguió. No solo se “trenzó” con Fernando, sino que también lo terminó matando.

Este hecho conmovió a San Juan, porque era algo que se veía venir y finalmente pasó. El descontrol en los boliches, y lugares bailables de la Capital y de los departamentos cercanos, era por conocido por todos, y un hecho de estas características sólo confirmó el temor de todos: “alguien va a terminar muerto”.

Las peleas masivas en los boliches y bailes, las heridas y mutilaciones en estos hechos, se estaban volviendo una moneda corriente en la provincia y por más que había toda una opinión pública que reclamaba a las autoridades que hicieran algo al respecto, a nadie con responsabilidad parecía importarle. Como siempre tuvo que pasar un caso de este tipo para que las decisiones  comenzaran a salir de los despachos.

El hecho

Todo ocurrió el 13 de octubre del 2001, en el interior y el exterior del boliche Eclipse, ubicado en calle Aberastaín y Lateral Sur de la Avenida Circunvalación, en Concepción, Capital, cuando eran las tres de la madrugada y Agustín Aguiar (primo de la víctima) llegó al lugar. Lo hizo acompañado de unas amigas y rápidamente se mezcló entre la muchedumbre que bailaba en la pista.

Agustín estuvo dando vueltas con amigos hasta casi las cinco de la madrugada, hasta que se encontró con una amiga y se puso a bailar. La pareja estaba divirtiéndose cuando Emanuel Vidart (perteneciente al grupo de amigos del atacante), tomó  a la chica e increpó a Aguiar “de por qué bailaba con su novia”. Seguidamente Agustín recibió una cachetada por parte de Vidart, que finalmente desencadenó en una pelea entre dos bandos.

Primera pelea
Allí participaron y se vieron por primera vez Fernando Aguiar (18 años en el momento de su muerte) y Diego Ramos (23 años en momento de producirle la muerte a Fernando). Los testimonios aseguran que en todo momento Fernando sólo trató de sacar a su primo Agustín de la pista, mientras que los mismos testigos señalan a Diego Ramos como el más violento de todos los que participaron en la pelea.

La misma terminó rápidamente por la intervención del personal de Seguridad del boliche que separó a los dos grupos. Quizás el error de la seguridad del boliche –que en aquella época quiso aparecer inmaculada en todo momento con respecto al hecho- fue no haberlos sacado a ambos bandos en ese momento del lugar. No lo hizo y todos los “peleadores” quedaron dentro de la disco.

Fernando Aguiar y una amiga se fueron hacia el patio interior de Eclipse para hacer tiempo hasta la hora de irse. Estaban conversando, cuando el estudiante fue fuertemente golpeado por la espalda. El golpe causó que cayera al piso. Una vez allí el agresor le seguía pegando puntapiés en todo el cuerpo. Aguiar ya no sabía cómo cubrirse porque la lluvia de golpes no se terminaba.

Segunda pelea
Una de las patadas le dio cerca de un ojo, por lo que automáticamente comenzó a cubrirse esa zona. El atacante vio que ese golpe había causado efecto y apuntó todo su ataque a esa misma zona. El violento gritaba e insultaba a su víctima que estaba en el suelo. “Te voy a cagar, no sabés con quien te metiste”.

Ya Aguiar se estaba quedando sin fuerzas para defenderse, cuando llegó de nuevo personal de Seguridad del local y se llevaron al atacante. Mientras era transportado, el golpeador decía “me rompió la remera, lo voy a cagar, lo voy a cagar”. Un minuto después, el que estaba en la calle todo enfurecido porque lo acababan de echar de Eclipse, era Diego Ramos.

Diego Ramos atacó dos veces a Fernando Aguiar antes de darle el golpe que le produjo la muerte en la puerta del boliche. Ramos era conocido en ese boliche por su carácter violento y, a pesar que se dijo que tenía la entrada prohibida al lugar por haber protagonizado otros hechos similares, esa noche estaba allí. Lo cierto es que esa madrugada del 13 de octubre nadie lo paró en la entrada y volvió a hacer uso de su violencia hasta el punto de a matar otro joven.

Eran las cinco de la mañana en la puerta de Eclipse, que a esa hora ya estaba invadida por remises estacionados a en busca de pasajeros y vendedores ambulantes a la espera de clientes  que quisieran comer algo luego de una noche de baile. Aunque todo parecía algo alborotado, la escena era normal para un día así afuera del boliche.

El único que desentonaba era el “Gringo” Ramos, un chico de un metro setenta de altura, de buena complexión física, de pelo rubio bien corto y una remera de color rosa que resaltaba en su cuerpo. Desentonaba porque caminaba nervioso de un lado al otro y a los gritos. Estaba enojado y pedía explicaciones de por qué lo “habían sacado a él del boliche” y a los otros que habían peleado no.

Iba y venía como un perro rabioso. Se paraba frente a la puerta, insultaba y se volvía a ir junto a unos amigos que tomaban vino en caja en una de las esquinas. Estuvo un buen rato en ese estado de violencia y hasta llegó a discutir con algunos de los encargados de Eclipse que estaban afuera y que le pedían que “por favor se calmara”.

A las cinco y media de la madrugada se desató la tragedia. Fernando Aguiar había decidido salir a tomar un poco de aire al exterior del local, ya que había bebido mucho y, además, porque quería un lugar más tranquilo para esperar a sus amigos que terminaran de bailar.
Tenía puesta una remera, una bermuda y unos zapatos náuticos cuando llegó a la vereda de Eclipse. Estaba allí parado cuando escuchó los insultos que le llegaban desde un costado. Era Ramos que, al verlo, salió despedido a buscarlo. “Mirá como me rompiste la remera”, le mostraba Ramos a Aguiar, mientras este se alejaba de él y le respondía “yo no te hice nada”.
Alcanzó a dejarlo unos metros atrás cuando sintió la trompada en la sien derecha.

Automáticamente perdió la conciencia y cayó. Su cuerpo fue un látigo que pegó en el suelo. Su cabeza pegó fuertemente contra el asfalto, mientras que sus brazos dieron en el guardabarros de un remis Peugeot 504 rojo que estaba estacionado.

Tercera pelea
Todos los testigos aseguraron que al momento de que la cabeza golpeó se sintió el sonido de un “crack”, como el de una madera que se quiebra. A todos los impresionó, incluido al atacante, que con los puños cerrados buscaba aún más pelea.
El cuerpo de Aguiar quedó mitad en la vereda del boliche y la otra mitad en la calle. Las piernas y la cadera quedaron sobre la vereda, mientras que el torso y la cabeza sobre el asfalto. Los primeros en socorrerlo fueron los remiseros. Ellos rápidamente observaron que el joven estaba casi sin conocimiento.

Lo vieron golpeado y lo movieron hasta subir todo su cuerpo hasta la vereda. Allí Fernando vomitó y alcanzó a recuperar por unos segundos la conciencia, no mucho, ya que todo lo que decía era confuso y poco entendible.
Finalmente llegó una ambulancia al lugar y luego de ponerle un collar ortopédico lo trasladaron de urgencia al Hospital Guillermo Rawson, lugar donde fue atendido en un primer momento. Allí se constataron las lesiones en el cráneo y el cerebro, por lo que, con la autorización de la familia, se decidió trasladarlo e internarlo en la terapia intensiva del Hospital Privado.

Allí Fernando Aguiar luchó por su vida durante cuatro días, pero no lo logró. El 17 de octubre falleció producto del golpe sufrido luego de caer al suelo, inconsciente por la trompada que le pegó Diego Ramos. La familia hizo lo que pudo para salvar al joven estudiante, hasta llegaron especialistas de otras provincias para verlo, pero nada de lo que hicieron pudo revertir el daño causado a su cabeza.

Volviendo a esa madrugada, Ramos realmente se asustó cuando escuchó el ruido del “crack” que hizo la cabeza de su víctima, y al ver que todo el mundo se asustaba por lo sucedido y comenzaba a rodear al cuerpo de Aguiar, empezó a caminar hacia atrás. Cuando llegó a la calle, cruzó la Circunvalación acompañado por unos amigos que, al darse cuenta la gravedad de lo que había hecho Ramos, lo instaban a que se escapara del lugar.

Estaba en eso, ya se había sacado la remera rosa para que no lo reconocieran, cuando escuchó que le gritaban, “pará Gringo, pará que te mandaste una cagada”, eran las voces del personal de Seguridad del boliche que lo querían detener.  Trató de huir, pero los empleados fueron más rápidos y lo alcanzaron.

Empezaron a discutir y rápidamente Ramos se volvió a poner violento. “Lo cagué porque me rompió la remera”, le gritaba al de Seguridad. Este lo tomó por un brazo y le dijo que lo iba a tener que llevar hasta la policía hasta saber bien cómo estaba el chico que había golpeado. Ramos se resistió a que lo detuvieran, pero no pudo hacer mucho porque ya había llegado otro miembro de la Seguridad que también lo aferraba para que no se escapara.

Cruzaron de nuevo hasta el boliche y allí vieron a un patrullero del Comando Radioeléctrico que rápidamente se acercó hasta ellos. Los empleados pusieron en conocimiento de lo sucedido a los oficiales, quienes inmediatamente subieron al enceguecido Ramos al móvil y lo llevaron detenido a la Seccional Segunda.

De allí en adelante la historia se volvió más oscura de lo esperado, tanto que la causa fue a juicio seis años después, luego de que los abogados utilizaron todos los artilugios posibles para que la justicia fuera lo más lenta que se pudiera.

Ramos estuvo poco tiempo detenido y de alguna manera se aseguró de no aparecer por ningún lado hasta que se realizara el juicio sobre la muerte de Fernando Aguiar. Los familiares de Ramos utilizaron una estrategia en la que, si bien no le sacaban responsabilidad por lo hecho por su hijo, también pedían para que se vieran en qué condiciones había sucedido el hecho, sobre todo el microclima que habían dentro de los boliches en esa época.

Cierto es que sólo lo hacían con el objetivo de que su hijo fuera sacado del ojo de la tormenta de los reclamos públicos y mediáticos, pero también no era menos cierto que tanto estos lugares bailables como aquella autoridades que los tenían que controlar, hacían la vista gorda a estos hechos de violencia, como así también la venta de alcohol y otro de tipo de sustancias.

La condena

Finalmente el 19 de febrero del 2007, Diego Ramos fue encontrado culpable de “homicidio preterintencional y lesiones leves en perjuicio de Fernando Aguiar”, por la Sala Primera de la Cámara Penal y Correccional, constituida por los Jueces de Cámara, Dres. Arturo Velert Frau,  Diego Román Molina y Raúl José Iglesias.

Por estos cargos se lo sentenció a Ramos a dos años y nueve meses de prisión sin encierro efectivo. La condena provocó la furia de la familia Aguiar y el repudio público, porque todos creían que Ramos merecía pasar por lo menos algunos años en la cárcel por haber provocado la muerte de Fernando.

Lo cierto es que el Tribunal no se equivocó ni en los cargos, ni en la condena, siempre tuvo en cuenta que el golpe de Ramos no fue el que causó la muerte directamente de su víctima, si no que fue el golpe que la cabeza de Aguiar dio contra el asfalto el que la produjo. Parece un tecnicismo sin sentido, que sólo habilita a favorecer al procesado, pero lo que los jueces tuvieron en cuenta durante el proceso y que quedó debidamente demostrado a pesar de la furia o la violencia de Ramos,  fue que este nunca le quiso provocar la muerte a Aguiar. Le pegó para lastimarlo, pero no para matarlo.

En ese 2007 los jueces ordenaron que Ramos quedara  bajo la vigilancia de la Dirección de Presos Liberados y Excarcelados debido a sus problemas de conducta, y estaba obligado en ese entonces a realizar un curso sobre derechos humanos, como así también a someterse a un tratamiento sicológico que no podía abandonar hasta que los especialista le dieran el alta.
La tragedia ocurrió y Fernando Aguiar perdió su vida cuando recién tenía 18 años a causa de un absurdo ataque de una persona que tenía serios problemas sociales y de carácter. Él fue a Eclipse a pelear y lo consiguió. Tanto que se llevó para siempre la vida de Fernando. Quizás la justicia no fue tan dura como se esperaba. Quizás la peor condena de todas que deba sufrir Diego Ramos es vivir para siempre con el recuerdo de lo que hizo en su cabeza.

¿Karateca?
Durante toda la cobertura del hecho por los medios sanjuaninos se decía que Ramos era un especialista en artes marciales y que había usado esos conocimientos para atacar a Aguiar. La familia del acusado siempre negó que el muchacho de 23 años en ese momento tuviera tales habilidades. Durante el proceso en ningún momento se habló de este tema y por lo tanto no se lo sumó como un dato serio a lo ocurrido aquel 13 de octubre del 2001.

“Crack”
El sonido que hizo la cabeza de Aguiar al pegar con el asfalto fue tan nítido que hasta el mismo Daniel Martinazzo, que estaba dentro de su auto esperando que una de sus hijas saliera del boliche a la hora acordada con su padre, lo escuchó. En su relato él dice que llegó al lugar y que vio a los dos chicos que se “picoteaban” (discutían), corrió la vista por un segundo y acto seguido escuchó el “crack” de que algo se rompía. Al ver el movimiento de la gente, se bajó de su auto y se dio con la escena de Aguiar tirado en el suelo con la mitad del cuerpo en la vereda y la otra mitad en la calle.


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