Caso María Rosa Pacheco

La pista del poder

Al igual que el caso María Soledad en Catamarca, el caso María Rosa tuvo protagonistas ligados al gobierno. Esa línea investigativa nunca se siguió por el juez que instruyó la causa y por supuesto, por la policía de la provincia. La familia de la víctima agregó datos sobre una fuerte discusión que la psicóloga mantuvo unos días antes de desaparecer.
lunes, 05 de diciembre de 2011 · 15:10

Por Omar Garade

“No alcance a hacerle una pregunta, cuando el juez Lanciani, señalando un Cristo de madera que tenía colgado justo arriba de su sillón en la pared de su oficina, me dijo: ‘Solo él y yo sabemos la verdad’. Segundos después me invitó a irme de su despacho,  asegurando que no quería hacer ningún tipo de declaración a la prensa. Si este era el juez que llevaba adelante en ese momento la investigación por la desaparición de María Rosa Pacheco, algo estaba muy mal en este asunto. Sobre todo porque el que me llamó para hablar fue el mismo magistrado”.

A más de quince años de la desaparición y muerte de la psicóloga, el relato de este periodista que en aquella época cubría el caso, nos muestra el grado de nerviosismo que existía tanto en las autoridades judiciales, policiales y políticas, sobre la investigación del crimen en cuestión.
Todavía hoy el solo recuerdo de este cruento asesinato pone nervioso a más de uno. ¿Será porque nunca se encontró a un culpable? ¿Será porque muchas personas cercanas al poder político suenan cerca del caso? ¿O será porque se llevó a juicio al marido y al cuñado de la víctima con una causa falta de pruebas?

Si repasamos los hechos, pareciera que el crimen de María Rosa fue planeado hasta al más mínimo detalle por alguien que se manejó fríamente en todo momento. Es como si el autor hubiera estado marcando el pulso de cada acto posterior al crimen, para lograr que la investigación quedara en la nada.

La mujer desaparece el 2 de junio de 1996. La última vez que se la ve con vida es a la salida del Sanatorio Almirante Brown, luego de visitar a su madre enferma. Tres días después, su auto, un Renault 19, aparece quemado y sin ruedas en cercanías del dique de Ullum. El 22 de julio son encontrados restos humanos en una hondonada del cerro Villicum. Luego,  un análisis de ADN establece que los restos son de María Rosa. En agosto de ese mismo año Juan José Balmaceda y Jorge Balmaceda son detenidos acusados del crimen.  Después de tres años en la cárcel, los hermanos Balmaceda son juzgados, absueltos y puestos en libertad.

Pareciera que el criminal iba dando de a miguitas a los investigadores, a los periodistas, al público en general de como él querían que fueran las cosas. De a poco iba mostrando las evidencias de su crimen, pero siempre haciendo lo imposible para que se descubriera su identidad. Quizás su golpe maestro en esta trama haya sido la identificación de los restos, algo que le vino al pelo a la causa.

El hecho que los huesos humanos encontrados en el Villicum hayan sido identificados como los de María Rosa, fue muy conveniente. Sobre todo para el gobierno de Escobar que a toda costa no quería tener un “desaparecido” durante su administración.
Además una desaparición sacaba de plano toda la causa contra el marido, ya que un crimen pasional tiene otras características, y no la de alguien que mata, desaparece y no deja un solo rastro de su víctima. Un profesional. Ni más ni menos. Alguien que tiene experiencia en realizar este tipo de “trabajos”. Y en este país todos sabemos de quién podríamos sospechar.

Es por eso que vamos a sacar de plano la sospecha sobre la autoría de su marido y su hermano en el crimen de María Rosa. Cierto es que ninguno de los dos personajes ayudaba mucho para despejar dudas en aquel primer momento. Juan José, por ser un hombre muy parco y demasiado serio, que a algunos les parecía frío, pero no por eso culpable. Y Jorge por ser una persona que amedrentaba con su físico y su extraña forma de actuar, y a la cual nunca se le encontró ni una sola prueba en su contra, excepto esa falsa carta que le envió a su hermano en nombre de su esposa.

Es hora de mirar para otro lado. Y no hablamos del Centro Caminos, ese lugar en donde se trataban a adictos a la droga, porque para ser sinceros en esa época en San Juan la droga no era un problema tan grave como lo es ahora. Algo pudo ver o escuchar la psicóloga en ese lugar, pero seguramente no era la trama secreta de narcotraficantes que le pudiera costar la vida.

Entonces enfoquemos nuestros ojos hacia el poder sanjuanino de esa época. El gobierno de Escobar en lo que respecta a seguridad,  venía ya bastante golpeado con el crimen del abogado y asesor político, Carlos Hensel. Ya con ese caso el poder político había mostrado sus debilidades y sus intenciones de que “todo termine en nada”. Peor aún el Poder Judicial local, que terminó dejando en libertad a su posible asesino y nunca lo llegó a juzgar.
María Rosa trabajaba en un programa del Ministerio de Educación de la provincia que se encargaba de llevar adelante inversiones en esa área con dinero que llegaba desde el Estado Nacional. Su jefe era Francisco León, un personaje que terminó su carrera como funcionario público luego de un vergonzoso incidente en una playa privada del dique de Ullum, junto a un jovencito.

Sus allegados cuentan que los mayores dolores de cabeza que la psicóloga tenía de sus múltiples trabajos, provenían de su participación en el gobierno. Alguna vez León aseguró que su relación con la víctima “era muy buena”, pero sus amigos aseguraban lo contrario, es más,  explicaban que María Rosa no confiaba mucho “en esa gente del ministerio”.
Recientemente desde la familia se supo que también hubo un incidente con otro funcionario del que nunca se quiso investigar,  por más que se presentaron testigos para declarar al respecto. Esto sucedió unos días antes de su desaparición en uno de los pasillos del ministerio de

Educación, y según el relato,  se supo que la profesional le reclamaba sobre la aprobación de proyectos de inversión con  los que parecía que ella no estaba de acuerdo.  Varios compañeros de oficina se presentaron a la Policía para testificar este hecho, pero los investigadores nunca lo tuvieron en cuenta y ni siquiera se mencionó en el juicio.

Otro personaje del cual no se investigó lo suficiente, fue el de  Rubén Osvaldo Bufano, que en esa época estaba a cargo de la seguridad con su agencia OVYS,  del sanatorio Almirante Brown, lugar donde  fue vista por última vez la psicóloga, y del cual se cree que participó en la represión ilegal durante la última dictadura militar. Bufano es sindicado como ex integrante del Batallón de Inteligencia 601 y acusado como asesino del escritor Haroldo Conti. También se lo vincula a la llamada Masacre de Fátima, en Pilar, Provincia de Buenos Aires.

Es decir que cuando hablamos de “desaparecidos” y de quien tendríamos que sospechar en este país en un caso de este tipo, el nombre de Bufano cobra una gran importancia. Vale una sola pregunta: ¿Qué conexiones tenía en el poder este hombre que llegó a poner una agencia de seguridad en la provincia y a la vez conseguir un contrato en un hospital manejado por gremios y con gran presencia financiera desde el Estado, tanto provincial como nacional?
Para seguir sumando a la hipótesis de que el crimen vino desde el poder político sanjuanino de esa época, podemos decir que durante el juicio a los hermanos Balmaceda se ordenaron la investigación de veinte falsos testimonios, en el que se incluye el de ocho policías, el mismísimo Francisco León y otros empleados del Ministerio de Educación.

Por supuesto esas investigaciones quedaron en la nada, y estas personas que mintieron deliberadamente ante la Justicia nunca fueron castigadas por eso. Que por supuesto habla muy mal de la Policía y como construye los casos, del juez Lanciani y su inoperancia para investigar la causa, y del Poder Judicial por dejarse mentir en la cara y no hacer nada al respecto.
Lo que llama la atención es cómo un personaje como León pudo haber seguido en la administración pública después de esto. A uno queda la duda si el gobierno actúa en estos casos con desprecio sobre lo que dice otro poder sobre sus funcionarios, o tan solo mantienen a “un cómplice a flote” como si fuera una mafia. Pero estos personajes hacen su propio destino, y León terminó hundiéndose solo.

Finalmente y volviendo a esa época, es interesante seguir analizando las similitudes que tuvo el caso María Rosa con el de María Soledad en Catamarca. En los dos hubo personajes del poder político como protagonistas del caso. En los dos hubo marchas de silencio pidiendo justicia que molestaron al gobierno. En los dos participó la monja Marta Pelloni, en busca de justicia para los familiares.

Pero quizás la más dura de las similitudes sea la presencia de personas vinculadas a la represión ilegal de la dictadura militar. Los nombres de Patti y Bufano, luego aggiornados en “agentes de seguridad”, son presencias nefastas que se mezclaron en estas causas de la mano del poder político.
Hay una sola cosa en que los dos casos no concuerdan. Los culpables por el crimen de María Soledad fueron juzgados y cumplieron su condena. Mientras que por el caso María Rosa todavía no se ha hecho a nadie responsable.
Todavía no hubo justicia para María Rosa, por lo tanto todavía no hubo justicia para su familia que aún la recuerda y ama. Y si vemos a todos  los sanjuaninos como los miembros de una gran familia, también podemos decir que todavía no hubo justicia para San Juan.

Los hijos

Cuando María Rosa Pacheco de Balmaceda desapareció, sus hijos (Sebastián y Carolina) eran muy chicos todavía. Su tía Karen fue quien quedó al cuidado de ellos y así lo hizo durante 3 años, hasta que Juan José fue absuelto y pudo hacerse cargo de ellos. “Eran chicos muy independientes, no daban trabajo para nada. Mi hermana los crió de esa manera y aunque ella siempre estuvo pendiente de sus hijos, los dos chicos eran muy maduros y responsables”, recordó Karen.

Hoy Sebastián tiene 26 años y trabaja en la empresa con su padre. Carolina, con 21 años, es estudiante de Psicología y está de novia. “Eligió la misma profesión que su mamá, pero sin duda es su vocación: está muy contenta con su carrera y es muy buena estudiante. Va a ser una muy buena profesional. En cuanto a Sebastián, trabaja a la par de su padre y lo hace muy bien”, contó Karen.

Aún cuando estaba en la cárcel, Juan José nunca dejó de ocuparse de sus hijos. Carolina todavía conserva una inmensa casa de muñecas, hecha de madera, que su padre le construyó mientras estaba preso.

La hermana mayor

Criada en el seno de una familia católica y conservadora, María Rosa fue la mayor de tres hermanas mujeres. Karen Pacheco, tres años menor que ella, la recordó como “la más responsable y puntual de las tres”. “Era muy amiguera, siempre estaba rodeada de amigos, sobre todo cuando éramos chicas. Y como siempre fue muy puntual y responsable, se enojaba conmigo porque yo era más remolona”, dijo sonriendo.

El primer novio fue quien después se convertiría en su marido, Juan José Balmaceda. “Las salidas no eran mucho a bailar, sino a juntadas de amigos. María Rosa era de un grupo de Acción Católica en la Parroquia de la Medalla Milagrosa, en la Villa Marini, y sus amigos eran casi todos de ahí. Y en cuanto a novios, Pepe fue el primero y con el que después se casó”, relató la hermana.

Como hermana mayor, siempre fue protectora de las dos menores. “Desde siempre tuvo en claro que quería ser psicóloga. Le encantó estudiar su carrera. Cuando se casó con Pepe, se fueron a vivir al Sur, porque él tenía trabajo allá, en YPF. Estuvieron 5 años en Río Gallegos y después 3 más en Neuquén. Cuando volvieron a San Juan, María Rosa empezó a trabajar en el Centro Caminos y en el Ministerio de Educación. Siempre estuvo muy activa”, dijo.

La crianza de sus hijos, hasta en los mínimos detalles, fue otro rasgo que la caracterizó. “María Rosa era la que estaba en todos los detalles: para los cumpleaños, le gustaba ocuparse de todo. También le gustaba hacerle la ropa a Carolina. Era muy buena organizando todo. Y con mis propios hijos, siempre fue muy cariñosa. No le gustaba que yo fuera muy estricta con los chicos, ella era la tía que siempre los protegía”.

Respecto del trabajo, Karen la recordó como “muy celosa de su profesión”. “Si tuvo problemas, nosotros no lo sabíamos. Ella no contaba esas cosas. Eran temas que guardaba celosamente, como secreto profesional”, aseguró.

Quién es Rubén Osvaldo Bufano

En el año 2004, apenas un día después que la prensa local diera cuenta que el juez Canicoba Corral había librado orden de captura contra Rubén Osvaldo Bufano, por considerarlo vinculado con la Masacre de Fátima (ocurrida durante la dictadura militar), y que la Policía local dijera desconocer la orden y el paradero de éste, Eloy Camus, fundador de la Asamblea por los Derechos Humanos, lo encontró entrando a un supermercado, en plena capital de San Juan.

“Fue tanta la bronca que me dio, que me fui al Juzgado Federal y armé un escándalo. ¿Cómo podía ser que no encontraran a Bufano, y yo, o cualquiera, podía verlo circular libremente por San Juan? Todavía hoy lo hace, porque vive en un barrio de esta provincia”, contó Camus. Militante de los Derechos Humanos y autor del libro Historia de las víctimas de Terrorismo de

Estado en San Juan, Camus recuerda lo que sabe sobre Bufano. “Desconozco en qué quedó esa orden. Pero Bufano es un personaje nefasto: fue integrante del Batallón de Inteligencia 601 y acá en San Juan, tenía una agencia de seguridad que custodiaba varios edificios del estado provincial. Y según tengo entendido, aunque ya no tiene una agencia a nombre de él, todavía tendría negocios en ese sector, con otra agencia de seguridad. Es la misma agencia que hacía la seguridad en el sanatorio de ADOS, cuando se llevaron a María Rosa”, dijo.