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Personajes sanjuaninos

Desde San Juan, memorias del soldado que en Malvinas fue el más joven de la Fuerza Aérea en pelear contra los ingleses

Andrés Gazzo hace 20 años que vive en San Juan y es una de las caras visibles de la Causa Malvinas en la provincia. Su historia de vida, de sus días de guerra y los recuerdos que dieron alma a un brillante libro.

Por Miriam Walter

El mayor miedo de Andrés Gazzo no era morir abatido en el fuego atroz de la Guerra de Malvinas sino fallarle a su grupo, quedarse dormido o congelado en la montaña y no poder dar la alerta temprana a su base, con las consecuencias de bajas humanas y materiales que eso podía implicar. Tenía 21 años cuando llegó a las Islas, siendo el oficial argentino más joven en grado y edad durante el conflicto del Atlántico Sur. Terminó convirtiéndose en una pieza fundamental en la defensa aérea de los argentinos.

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Andrés Gazzo, sanjuanino por adopción y ex combatiente de la Guerra de Malvinas.

Andrés Gazzo, sanjuanino por adopción y ex combatiente de la Guerra de Malvinas.

Gazzo nació en Paraná, Entre Ríos, pero hace 20 años que vive en San Juan y es una de las caras visibles de la Causa Malvinas en la provincia, como integrante de la Agrupación 2 de Abril. Su particular historia de combate la tiene fresca, la mastica y la comparte sin mezquindades.

Cuando explotó el conflicto, él acababa de egresar de la Escuela de Aviación Militar con el grado de alférez. Fueron cuatro en su promoción y él era el más joven. Al ser enviado a pelear contra los ingleses sintió que era un llamado natural. "Desde ya que cualquier militar que sigue la carrera es para prepararse para defenderla en caso de un conflicto y tuve el honor de poder hacerlo así y fui voluntariamente", afirma ahora que pasaron 43 años de esos frenéticos momentos. Estuvo 48 días en la guerra, desde el 26 de abril hasta el 12 de junio de 1982. Regresó como prisionero vía Uruguay.

Se acuerda como si fuera hoy de esa despedida de su familia. "Se los dije el mismo 26 de abril, me llevaron hasta Aeroparque para embarcar en un vuelo de Aerolíneas Argentinas que iba hasta Comodoro Rivadavia y de allí en un avión Hércules C-130 cruzaríamos a las Islas Malvinas. Estaba soltero. Fue una despedida con un gran abrazo a mi padre y hermanos y lágrimas de mi madre, respetando mi decisión y carrera elegida", dice.

Orgulloso con su charretera de alférez, que es el primer grado de los oficiales de la Fuerza Aérea Argentina, subió a ese avión muy seguro de la formación que había recibido en la Escuela de Aviación Militar. Y brilló en lo suyo.

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Fue destinado en la Base Aérea Militar Cóndor con asiento en Pradera del Ganso, en Isla Soledad. Le asignaron la función de "observador aéreo adelantado" o POA como se conoce en la jerga, ubicado a varios kilómetros de distancia de la base. Su rol era clave: alertar de cualquier tipo de presencia enemiga y con el aviso, dar tiempo de reacción de defensa en la base argentina, que estaba integrada por helicópteros, aviones Pucará y artillería antiaérea.

Al llegar, le tocó estar dentro del Puesto Comando de la base, lo que le sirvió para memorizar mapas, la ubicación de las tropas argentinas y los posibles corredores de entrada que podía usar la aviación enemiga en caso de ataque aéreo. Sabía que en el terreno no podría llevar ningún papel que cayera en manos enemigas, solo serviría su memoria para mantenerlo vivo a él y sus compatriotas.

Cuando salió de la base todo fue fuego. "Fui herido en combate y muchas veces estuve cerca de la muerte. En más de una oportunidad nos dieron por desaparecidos o muertos. Nuestra misión era de combatientes aislados, junto a un soldado, y debido a las pérdidas que le ocasionamos al enemigo, salieron a eliminarnos varias veces los comandos británicos y gurkhas, sin conseguirlo. Llegamos a combate cuerpo a cuerpo", relata.

Vio por demás destrucción y muerte a su alrededor pero una pérdida humana lo caló profundamente. Fue la del piloto de A4 Fausto Gavazzi. "Detecté su ingreso a casi 35 km de distancia junto a otros 3 aviones, sin poder identificar qué aviones eran, o sea, si eran propios o enemigos. Pedí información por radio a mi base y ésta a Puerto Argentino y desde allí le confirmaron que no había vuelos propios en zona. La realidad era diferente y para evitar que las comunicaciones fueran interceptadas por el enemigo, dijeron que no había vuelos propios en zona (para evitar su derribo), cosa que no era cierto. Informé a mi base sobre el progreso de ese vuelo como si fueran aviones enemigos y festejé el derribo de 1 de ellos. Unos días después supe que era un avión propio y sentí un desgarro inmenso en el alma, es indescriptible esa amarga sensación. Ya habíamos informado otros vuelos enemigos con derribo de avión británico y nuestra información y alertas tempranas siempre fueron letales para el enemigo, no sólo con aviones, sino con sus barcos y tropas en tierra", reflexiona.

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"Uno se va forjando día a día y las muertes de otros argentinos y del enemigo se va tornando normal y uno se vuelve frío y aprende a dejar de lado los sentimientos para que no afecten", se lamenta.

Sus días en las Islas fueron como latigazos. "Toda la comida, cartas, que mandaba la gente desde continente, llegaba, pero estábamos en una guerra y la situación operacional propia del combate puede dificultar la provisión de alimentos, al igual que le sucedió al enemigo. El frío y el hambre eran parte de la convivencia diaria, por eso bajamos casi 15 kilos de peso", dice.

Tenía que ser invisible. "Nosotros como combatientes aislados no podíamos hacer fuego para no ser detectados, o si se hacía, con suma precaución. Muchas veces tuvimos principio de congelamiento, ya que en la altura la temperatura es muchísimo más baja que al nivel del mar, a veces superaba los -20ºC y al aire libre las 24 horas del día, con una pequeña carpa.

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Muchas escenas siguen poblando la cabeza de Gazzo pero él se aferra a lo positivo. A haber salido vivo. A haber podido reconstruirse en cuerpo y alma. "Hay muchísimas imágenes que tengo grabadas, pero recordarlas no tiene sentido, solo causan dolor", dice.

Para él, es mejor resaltar algunas cosas que, considera, se han tergiversado a lo largo de éstos 43 años. Así las enumera él: "Primero, nuestro armamento personal era excelente, mejor que el de los británicos. Segundo, nuestro calzado también, ya que el frío entra por los pies y ellos cuando moría un argentino o caía prisionero, le robaban los borceguíes para usarlos ellos. Tercero, luchamos con garra y valor. Cuarto, ellos tuvieron 1.810 muertos y casi 10 veces más que nosotros en heridos, los 255 son los ingleses muertos, pero no contaron los galeses, irlandeses, escoceses y distintas nacionalidades en los buques de su flota".

Gazzo volvió de las Islas, se casó, y tuvo 6 hijos. Vive en una casa del Barrio Residencial de Capital. Después de la guerra siguió en las Fuerzas Armadas y se retiró con el grado de Capitán. Simultáneamente estudió la carrera de Abogacía en Buenos Aires. Hoy tiene 64 años y es pensionado de guerra. Una calle de un barrio sanjuanino lleva su nombre, reconociéndolo como héroe de guerra. El día a día en combate lo contó en un libro, que tituló "Los nidos del Cóndor", con el que llegó lejos. Pero esa es otra historia.

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