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Abogados del infierno; mucha plata y mucho riesgo

El asesinato de Horacio Ruiz, defensor de narcos, y los riesgos de un oficio con reglas especiales. Recomendaciones tras las rejas y los códigos que marcan la diferencia entre la vida y la muerte.

Por Redacción Tiempo de San Juan
POR LUCAS CREMADES  


Las primeras informaciones que surgieron tras el sangriento asesinato del abogado Horacio Augusto Ruiz, el pasado 30 de agosto en el barrio porteño de Villa Devoto, encendieron la alarma. Ruiz no era cualquier cuervo, como reza la jerga, sino un penalista que muñequeaba en sus haberes exitosas defensas. Por eso, la noticia de que un abogado penalista recibiera un disparo en la sien delante de su mujer y de su pequeña hija rebotó en los medios de comunicación con la sospecha de un ajuste narco. Y aunque la fiscalía Nº 43 a cargo de Felisa Elena Krasucki informó que las investigaciones indican que se habría tratado de un asesinato cometido en ocasión de robo, el hecho sacó a la luz un mundo de acuerdos tan rentables como peligrosos.

Ruiz se definía en su perfil de LinkedIn como "defensor particular de los principales narcotraficantes que actuaron en las villas del conurbano”. Representó a ciudadanos colombianos con pedidos de extradición de Estados Unidos, como Luis Caicedo Velandia (47), alias "Don Lucho”, detenido en abril de 2010 en un shopping porteño por Interpol. Don Lucho era requerido por la Justicia norteamericana por tráfico de drogas y lavado de dinero. Y en el 2000 Ruiz había defendido a Miguel Ángel "Mameluco” Villalba, líder de una banda de San Martín, detenido por tráfico de drogas.

La complejidad y multiplicidad de las causas ligadas al narcotráfico, que incluyen sicarios, laboratorios y narcos con identidades falsas que se esconden en la Argentina, obliga a los abogados penalistas a revisar cómo abordan el derecho a la legítima defensa de individuos tan especiales.

Carlos Broitman, abogado de Henry de Jesús López Lodoño, alias "Mi Sangre”, cuenta algunos aspectos de su labor: "Muchos abogados penalistas venden humo y arreglos futuros para obtener la libertad. Pero este tipo de causas, como las de ladrones de blindados o piratas del asfalto, generan problemas”, explica Broitman, que dice tener "una guardia pretoriana de abogados en el epicentro del Derecho Penal”.

¿Cómo se llega a defender a un narco como Mi Sangre? "El vínculo laboral se establece por relación, por la fama de que trabajás bien. El que está preso te recomienda gente. Aunque yo no elijo esta forma. Tenemos un equipo muy importante de profesionales con una pluma pesada. Por eso podemos tomar causas de envergadura”, advierte Broitman, con más de veinte años en el fuero penal.

"Yo ofrezco gestión, trabajo. No ofrezco resultados. Aunque si nos llaman es porque tenemos buenos resultados. Lo que prometo se ve en los expedientes”. En cuanto a los honorarios, "se manejan por el tenor de las causas”. Y sobre la seguridad, el defensor confiesa: "A veces me preguntan si voy armado, a lo que contesto que mi mejor arma es la verdad. No se me pasa por la cabeza tener un problema”.

La tipología de los delitos no cambia la ecuación. Entre los beneficios y contras de una defensa penal de alcance mediático, el doctor Cristian Lionel Fernández Vargas, del Colegio de Abogados de Morón, que puso en libertad a dos mitos de la delincuencia como los asaltantes de blindados Luis "el Gordo” Valor y su lugarteniente Hugo Oscar "La Garza” Sosa, sostiene que "la mayor trascendencia es asumir o no la defensa técnica de un llamado peso pesado. Lleva más dolores de cabeza de los que la gente cree, dada la innata incomprensión social de la labor del penalista, que parece ser tan delincuente como el acusado y hasta más mafioso, porque usa corbata y zapatos elegantes”.

La demanda hacia los penalistas varía de acuerdo con los antecedentes delictivos y el proceso penal. Fernández Vargas da sus razones: "El reo es muy demandante, está acostumbrado a tener todo ya. Su poder es su personalidad, quiere saber todo antes de los cinco días que un juez tiene para responder. Recibís la llamada de una unidad penitenciaria y escuchás ‘hola, doc, ¿alguna novedad de lo mío?’. Las más de las veces hay que ser un poco psicólogo”.

¿Qué ocurre cuando el tiempo pasa y la situación procesal no cambia? "Hay que saber en qué terreno uno va a meterse antes de definir si asume o no una causa penal, y lo que está dispuesto a cumplir y hacer. Ahora bien, entretanto se le indiquen las variables a las que se enfrenta, con claridad, sin prejuicios ni doble sentido, no van a existir problemas ni hará falta redactar un contrato. Aquí la palabra vale más. Estos son los llamados ‘códigos’”, resume el penalista, que pinta un conflicto de egos: "Que un peso pesado haya depositado lo más preciado de su ser, que es su libertad y hasta incluso –a veces– su propia vida, es el primer beneficio palpable. Si a la postre obtengo resultados, es la consagración más absoluta”.

La ciudad de Rosario viene padeciendo el accionar de distintas bandas de narcotraficantes. Los más de 160 crímenes cometidos en lo que va de 2014 prepararon el terreno para que los penalistas hagan su labor como defensores a sus anchas. 

Con más del 60 por ciento de las causas penales más importantes de la provincia de Santa Fe en su estudio de la calle Oroño, el abogado Carlos Varela plantea: "A la gente le cuesta comprender que hay un juego con reglas para jueces, fiscales y defensores. Lo más importante en un proceso penal no es la averiguación de la verdad real sino el límite que la ley le impone al Estado para establecer esa verdad real –dice Varela–. Se piensa en la víctima y nunca en si el acusado es legítimo. Se cree que quienes sólo cometen delitos son delincuentes habituales. Lo primordial en un proceso son las reglas. El clamor popular y el derecho penal son el agua y el aceite. Un juez debe ser capaz de aplicar la ley y liberar al tipo que no goza de legitimidad social”. ¿Cómo llegó Varela a ese ambiente? "El mundo criminal es chico: en Rosario involucra a veinte mil personas. El boca en boca te va ascendiendo. En el derecho criminal hay una paradoja que dice que a medida que ganás casos te llegan delitos más pesados, con gente más peligrosa, y corre peligro tu integridad física. En este submundo de excluidos fuera del statu quo hay una regla de oro: la palabra dada. Podés meter la pata y te puede costar caro. Cuando el tipo te promete 5.000 pesos y cumple, te das cuenta de que no podés boludear, porque viene y te pega un tiro en la pierna. Ante la posibilidad de que esté quince años preso, el tipo te da todo, y no lo podés joder. Por eso no ando armado. El sicario que te viene a dar un tiro no te va avisar. Así funciona esto”.
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