Vivir con el Estado Islámico masacrando con armas químicas

El diario The New York Times cuenta el largo calvario de una familia de la ciudad siria de Marea que sufrió uno de los ataques del grupo yihadista contra civiles.
miércoles, 7 de octubre de 2015 · 08:36
La ciudad de Marea, en el norte de Siria, fue golpeada tantas veces que los ataques se volvieron rutina, señala The New York Times en una extensa investigación.

Por eso, cuando lo alertaron del bombardeo por handy, Abu Anas Ishara no trató de ponerse a resguardo. Su esposa, Nada, tampoco, y siguió alimentando a su hija Sidra, nacida por cesárea cinco días antes.
 
El proyectil que cayó en el techo de su casa marcó para Abu Anas y su familia el comienzo de un largo calvario, consecuencia de un ataque con armas químicas perpetrado por el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés).

Los ataques químicos de ISIS suelen ser dirigidos contra rebeldes sirios o posiciones de las milicias kurdas. En el caso de Marea, la ciudad se convirtió en blanco del grupo terrorista a partir del pasado 21 de agosto, y los bombardeos continuaron de forma intermitente en el transcurso de la semana siguiente.

Como es de costumbre en las zonas afectadas por los combates, la mayoría de las casas estaban vacías. Los habitantes de la ciudad eligieron las incertidumbres de una vida como refugiados por sobre el peligro que presentan los yihadistas de ISIS.

Algunos, sin embargo, permanecieron en su hogar: los que son "demasiado orgullosos, demasiado obstinados o demasiado pobres para irse, o las familias de los rebeldes que se quedaron a luchar", señala el diario estadounidense.

En el hospital de campaña donde primero fueron atendidos, instaron a Abu Anas y su familia a buscar atención médica en un hospital más grande de la ciudad de Tel Rifaat.

Allí les informaron que sus lesiones eran producto de un ataque con armas químicas y que tenían que ser atendidos en Turquía. Cuando alcanzaron el hospital turco de Kilis, les dieron máscaras faciales.

Sidra, la recién nacida, ya tenía ampollas en el cuerpo y su hermana Shahad, que mostraba lesiones en la piel, también tosía.

Empezó entonces el proceso de descontaminación con un lavado a fondo. "Las niñas no paraban de llorar y gemir. Era imposible consolarlas o aliviar su dolor", cuenta Abu Anas a The New York Times.

Los médicos admitieron a los niños, mientras que la pareja se dirigió a un hospital más grande de la misma ciudad, donde fueron descontaminados por segunda vez.

Vencida por el cansancio, la separación de sus hijos y el tratamiento doloroso en manos de gente que hablaba otro idioma, Nada perdió el conocimiento. Cuando se despertó, pidió ver a su bebé. Los médicos, que se negaron, le dijeron que estaba bien.

Los síntomas de Nada empeoraron: las ampollas estallaron, tenía la superficie de los ojos quemada y su respiración se volvió ronca, mientras su marido había desarrollado una tos profunda, húmeda y tenía dificultades para ver .

Nunca volvieron a ver a su bebé, que murió el 4 de septiembre. En una foto que les enseñó el personal del hospital, se la podía ver hinchada y quemada. El cuerpo fue entregado a dos de los hermanos de Abu Anas.

En la mezquita del cementerio, una mujer le lavó el cuerpo según el rito islámico. Ningún otro miembro de la familia estaba presente. Un imán, que vio que los dos hombres estaban solos, trajo a los invitados de otro funeral y dio las oraciones en turco.

Los tíos de Sidra enterraron su sobrina en una tumba poco profunda, cerca de la cima de una colina con vistas a la mezquita. Su tumba quedó identificada por pequeñas marcas de hormigón y un número de cinco dígitos.
 
Fuente: Infobae

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