La historia de Agostina Páez parece haber dado un giro tan brusco como incómodo. Tras pasar tres meses retenida en Brasil, pagar una fianza de más de 18 mil dólares y cumplir arresto con tobillera electrónica en un departamento de Río de Janeiro, la joven regresó a Santiago del Estero y decidió reconvertirse en influencer.
Con más de 124 mil seguidores en TikTok, Páez empezó a mostrarse activa en redes, promocionando comercios locales: desde hamburgueserías hasta boliches, peluquerías y outlets de ropa. También fue elegida para participar en campañas publicitarias, como la reapertura de un boliche y contenidos humorísticos vinculados a su profesión de abogada.
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Pero el intento de “volver a la normalidad” no fue precisamente silencioso. Su exposición volvió a encender críticas, algunas especialmente duras. El periodista Eduardo Feinmann fue uno de los más contundentes: en redes sociales la calificó como “la racista influencer” y “abogada racista y nefasta”, reforzando un rechazo que sigue latente en parte de la opinión pública.
Lejos de esquivar la controversia, Páez incluso apeló al humor. En uno de sus videos, mientras promocionaba comida, lanzó: “No me pidan que sea fina porque esto soy”, en una especie de respuesta directa a quienes la cuestionan.
Sin embargo, detrás del tono descontracturado, la propia protagonista dejó ver otra cara. En un descargo reciente, reconoció que la exposición le pasa factura: habló de “traumas”, de una vida que “no va a volver a ser normal” y de la imposibilidad de controlar el impacto de cada publicación. También contó que está en tratamiento psicológico y que aún enfrenta críticas constantes.
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El dato que no es menor —y que relativiza cualquier intento de cierre— es que su situación judicial sigue abierta en Brasil. Es decir, mientras construye una nueva identidad pública en redes, el proceso que la llevó a la detención todavía no está resuelto.
En paralelo, Páez también compartió aspectos de su vida personal, como la reconciliación con su expareja, en un intento de mostrarse cercana y cotidiana ante su audiencia.
El caso deja una tensión evidente: entre el derecho a rehacer su vida y el peso de un episodio que, lejos de diluirse, sigue condicionando cada paso que da en público. En la lógica de las redes, donde todo se amplifica, su historia parece haber cambiado de escenario, pero no de conflicto.