En 1980, más de la mitad de los adultos consumían vino diariamente. Hoy, apenas el 17%.
¿Será que el descenso aparentemente perpetuo del consumo de la bebida nacional de Francia simboliza un declive correspondiente de la civilización francesa?
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SUSCRIBITEEn 1980, más de la mitad de los adultos consumían vino diariamente. Hoy, apenas el 17%.
¿Será que el descenso aparentemente perpetuo del consumo de la bebida nacional de Francia simboliza un declive correspondiente de la civilización francesa?
Esta pregunta preocupa a demasiada gente: enólogos, comentaristas culturales, promotores del excepcionalismo francés, que observan consternados la desaparición gradual del vino de sus mesas.
Cifras recientes confirman lo que se ha visto durante años: que está en caída la cantidad de bebedores habituales de vino en Francia, destaca un informe de la BBC.
En 1980, más de la mitad de los adultos consumían vino diariamente. Hoy, apenas el 17%. Entre tanto, la proporción de franceses que nunca lo beben se ha duplicado a 38%.
En 1965, el consumo promedio anual per cápita era 160 litros. En 2010 bajó a 57 litros, y probablemente caerá a no más de 30 litros en los años siguientes.
En la cena, el vino es la tercera bebida más popular después del agua, corriente o embotellada, mientras que las gaseosas y jugos de fruta se les están acercando.
Según un estudio reciente del International Journal of Entrepreneurship, citado por la BBC, los cambios en los hábitos de consumo de bebidas en Francia son claramente visibles a través de las actitudes de generaciones sucesivas.
Para gente añeja
Los sesentones y setentones crecieron con vino en su mesa en todas las comidas. Sigue siendo parte esencial de su patrimonio cultural.
Al medio, los cuarentones y cincuentones ven el vino como una indulgencia más ocasional. Compensan el descenso del consumo gastando más dinero. Prefieren beber menos pero mejor.
Los de la tercera generación -la de internet- ni siquiera muestran interés hasta bien entrados en su tercera década de vida. Para ellos, el vino es un producto como cualquier otro y hay que convencerlos de que vale la pena comprarlo.
"Ha habido una erosión progresiva de la identidad del vino y de sus representaciones sagradas e imaginarias", señalan los autores del informe, Thierry Lorey y Pascal Poutet.
"Durante tres generaciones, esto ha llevado a los cambios en los hábitos de consumo franceses y el declive en el volumen de vino que se bebe".
Tal caída se refleja en otros países como Italia y España, también productores históricos de vino. Y no ha hecho mella en las perspectivas de las exportaciones de vino francés.
Un buen acompañamiento
Pero lo que preocupa son sus efectos en la civilización francesa. Temen que los valores franceses de larga data -convivencia, tradición y apreciación de las cosas buenas de la vida- estén de salida. En su lugar hay un nuevo orden utilitario, "moralista higiénico", cínicamente difundido por una alianza de la política, los medios y los negocios globales.
"El vino no es un trofeo con el que celebramos las grandes ocasiones o alardeamos de nuestra posición social. Es una bebida de mesa para acompañar los alimentos y complementar lo que está en el plato", afirma el escritor Perico Legasse, para quien "el vino es un elemento en la comida. Pero ha pasado de ser popular a elitista. Es ridículo. Debería ser perfectamente posible beber moderadamente vino de buena calidad todos los días".
"Durante muchos años, la gente ha abandonando continuamente la comida como reunión cordial alrededor de una mesa, por la versión individualizada y acelerada que vemos hoy. La comida tradicional en familia se está extinguiendo. En cambio, tenemos una forma puramente técnica de alimentación, cuyo propósito es asegurarse que nos recarguemos tan efectiva y rápidamente como sea posible", señala Legasse, para quien "el vino es parte de eso, porque uno se toma su tiempo. Después de todo, es una de las grandezas del vino: no se puede beber de un solo trago".
