No le hizo falta hacer algo especial para transmitir a quien tuviese alrededor que se está en presencia alguien especial. No especial, gigante. No gigante, se trató –duele escribirlo en tiempo pasado- de uno de las personas más atractivas y arrolladoras que haya pasado por la naturaleza humana en los tiempos contemporáneos.
Que se abra la puerta del ascensor como lo hizo ese martes 12 de agosto de 2008 en el entrepiso del hotel Alkazar para que el Diego apareciera a iluminar la sala ofrece una sensación fuera del alcance de las palabras.
Lo notifica bien claro ese ahogo propio de las citas de gala. Nadie te lo tiene que decir, sabés por tu propio estómago que estás ante un momento único. Te lo hace sentir el cuerpo en cada fracción de segundo, como cuando un momento personal o familiar irrepetible anda cerca.
Encima, ahí viene el Diego hacia a mí. Y como si tuviera que presentarse, me extiende la mano. Los ojos nublados como si fuera a patear un penal con cancha llena y la bulla de los privilegiados que estábamos allí, los gritos por algo de atención, me impiden recordar qué fue lo que me dijo, pero estoy seguro que algo me dijo.

Todos buscábamos hacerle notar a él, la personalidad número 1 del universo y sus confines fuera de la valoración de cada uno, nuestro afecto y nuestra presencia. Yo fui un privilegiado por estar en el momento justo y en el lugar justo: Diario de Cuyo organizaba el espectáculo del Showball al que venía Diego, junto al promotor Hugo De Bernardo, que tuvo el gran gesto de ubicarme en la misma mesa suya, bien al lado.
Y como el jefe periodístico era yo, hice la tapa de aquel ejemplar de Diario de Cuyo como me lo ordenaba el instinto. Con el recorte de la foto correcto, es decir con Maradona y Zamorano en primer plano, pero sin cortar la foto para que pudiese asomarme.
Dije en ese momento que era para darle un anclaje local, Diego e Iván podrían aparecer juntos en fotos de todo el mundo, pero la referencia de San Juan la estaba aportando yo. La realidad era que estaba procesando un incunable personal: desde ese momento saco chapa con mis amigos y les comento: qué delantera!!! La fórmula de ataque Za-Sa-Ma, Zamorano-Saharrea-Maradona. Quién me saca de la cabeza la ficción de compartir una maniobra de ataque y empujarla al gol, aunque después me despierte.
No soy de alto perfil, no me atraen los escenarios ni las vidrieras excesivas, luego la tele y las citas de trabajo lo fueron atenuando. Pero toda regla tiene su excepción: no iba a dejar en manos de nadie esa ocasión no sólo de saludarlo sino de compartir con Diego al menos un par de horas de su vida.
Los colegas sanjuaninos preguntaron a discreción, más de una hora. Me tocó el turno de estar del otro lado, al lado de Diego y tratando de entender como atravesar la vida si esa locura era la de todos los días para él. Recuerdo haber sido atravesado por la incredulidad y la comprensión: a todo respondía, pensaba cada cosa, no se ponía en autómata. Vivía. Antes de irse a su habitación volvió a preguntarme algo, sobre San Juan, si era siempre tan afectuoso. Lo es, pero él era Maradona.
Había llegado a San Juan a pasar la gorra por toda la deuda pendiente que tenía con él la evolución del negocio del fútbol. Diego fue transferido de Boca al Barca y del Barca a Nápoli en 8 millones de dólares cada vez. Lo que hoy cuesta un lateral mediocre de tercer nivel. Sus contratos nunca fueron lo jugosos que hoy son hasta para un jugador que ni figura entre los mejores 200 del mundo. Por eso, y por su lógica compulsión al gasto de lujo y al descontrol personal, tuvo que gitanear hasta el final de sus días.
Llegó con otras figuras del futbol de ese momento, que pasaron absolutamente desapercibidas ante el tamaño del número 1. Llenó el Estadio Cubierto al día siguiente, y se fue. De acá viajó a Beijing, a los Juegos Olímpicos, a seguir ejerciendo de Diego. A los 3 0 4 días de haber pasado por San Juan, se viralizó una imagen suya consolando a Las Leonas por haber perdido una medalla, ante el auditorio de jugadoras absorto.
Ese era Diego en ejercicio de sus potestades. Un magnetismo incomparable, una motivación sin igual, una figura que no necesita del tiempo para ser perpetuada en la memoria.
Sin hablar de los resultados deportivos, esos que para muchos dicen todo. De un mundial y medio –en media pierna- para arriba y para abajo, sobran. Lo que hoy vale es su emblema.
Ese muchachito de cara embarrada que esperaba al padre a la salida de la fábrica en Fiorito, el que dormía en la misma pieza de doña Tota porque no había espacio para 7 hermanos en dos piezas.
Ese prodigio físico que puede atravesar una pared inglesa primero, una alemana después. Ese mago capaz de imaginar en una fracción de segundos cosas imposibles. Y hacerlas.
Ese producto de las necesidades de todo tipo que siempre supo qué camiseta tenía puesta, qué ideales defender aún en sus surtidos excesos: siempre del lado de los más parecidos a él. Un rebelde por definición, un arisco para el poder.
Fue esa la última vez que Diego vino a San Juan en plenitud, a darle rienda a todo su ángel. Hubo otra posterior, en el 2010 en la gira previa al mundial de Sudáfrica, como DT de la selección con poco contacto y accidentada por la urgencia.
Gracias Diego por tu paso terrenal, a lo mejor nos volveremos a encontrar si nos alcanzan las alas.