Casi, casi no duerme. Es el entrenador del seleccionado
argentino, un sueño casi, casi imposible semanas atrás, y su cabeza da vueltas
en la cama, en el baño, en la cocina, en la práctica de San Pablo. En todos
lados. Tiene el equipo en la cabeza -con y sin Messi, por si acaso-, aunque por
prudencia, no lo va a dar. Sabe que debe repetir la fórmula de los conocidos de
siempre, aunque entiende que, a la larga, va a tomar el timón. "Estoy a
mil", confiesa. Apaga el teléfono celular, de a ratos. Descarta la siesta,
no escucha a su pequeño Nicolás que le reclama más atención que nunca. Edgardo
Bauza está vestido de selección, aunque la indumentaria sea de San Pablo,
todavía. Dirige la práctica, concentra al equipo y ensaya la despedida,
prevista para mañana, en el Morumbí, contra Atlético Mineiro, por el
Brasileirao, un torneo que lo sufre a diario. Viajes, estadios, equipos. Lo que
viene será más desgastante. Mejor, lógicamente. Lo que esperó toda su vida.
"No voy a escapar de la presión de dirigir a la selección. Es una presión
que me gusta. La selección es lo máximo. Por suerte me agarra en un momento muy
bueno en lo personal", suscribe. En el plan de la reconstrucción deportiva
-mientras los demás ámbitos siguen en lenta demolición- tiene una idea básica.
Retomar el espíritu, el que siempre tuvo el seleccionado. "Quiero un
equipo ganador", repite. Patón no está hecho sólo de buenas intenciones:
lo suyo es la cúspide, así lo educaron, así cree que es la idiosincrasia de los
argentinos, más allá de las últimas desventuras.
De la despedida del Morumbí al regreso a casa, posiblemente
en Puerto Madero, un confortable departamento con vista al río. Pero primero,
antes que nada, tendrá una charla con Armando Pérez, el presidente del Comité
de Regularización de la AFA. Charlas de dinero, junto con su representante,
Gustavo Lescovich. La confirmación de su cuerpo de trabajo, el Camello Di Leo
de ayudante -confidente, amigo de toda la vida, el que lleva adelante el
impulso, detrás de la serenidad de Patón- y Bruno Militano, como preparador
físico. Todos fanáticos de Rosario Central, equipo al que deberán mirar de
reojo por un buen tiempo. Hasta el final del Mundial de Rusia 2018, por lo
menos, cuando acabaría su contrato. Va a escuchar a Pérez: hay pedidos de
incorporaciones. Las habrá: otro ayudante, otro preparador físico, un
colaborador de arqueros. Jorge Burruchaga , Gustavo Campagnuolo están en la
nómina imaginaria de muchos. Campa fue -y es- colaborador directo en la etapa
de la gloriosa Copa.
El plan sigue en el viaje por Europa. Con Leo Messi como
primera escala; con el resto, más adelante. No tiene miedo por otras
deserciones, pero quiere encontrar las respuestas cara a cara. Con Agüero , con
Higuaín (el primer confirmado para la próxima lista), con todos. No le cierra
las puertas a nadie. Al menos, en las primeras convocatorias. Quiere ver cómo
responden en los pocos día a día que tendrá antes de la primera serie de
eliminatorias. El Patón precisa, como en toda su carrera, respaldarse en los
líderes. Que ellos transmitan su idea -pragmática, objetiva, equilibrada- en el
campo de juego. No tiene mucho tiempo: Uruguay, el 1° de septiembre, en
Mendoza, y Venezuela, el 6, en Mérida.
Para eso, le dio instrucciones precisas a Maximiliano, su
hijo, que volverá a trabajar en el cuerpo técnico, con los videos y la
preparación táctica. Detalles defensivos y ofensivos de esos dos rivales, en
sus partidos en la Copa América y en las eliminatorias. Con un énfasis
especial: goles y pelota parada.
El proyecto de los juveniles, una hipotética selección
local, charlas con Sabella y Martino . Y... "Lo primero que quiero hacer,
es convencerlos. Meterles mi idea a todos". En eso anda Bauza, dando vueltas
en la cama. Sin poder dormir.