No lo niego. Quizá la Natalia de antes pensaba en las flores y en los desayunos. Quizá era en lo único que pensaba. Pero hice un clic. No fue de un día para el otro. Fue un proceso, al que siento que me uní en forma tardía. Somos muchas las mujeres que sentimos ese despertar, guiado por miles de militantes silenciadas, atacadas, destrozadas públicamente solo por exigir igualdad para las mujeres. La voz sofocada explotó de forma global en pleno siglo XXI. Hoy el movimiento feminista se multiplicó, las voces y los reclamos son de todas y en otro Día Internacional de la Mujer los pendientes del sistema continúan siendo una lista casi interminable. El machismo sigue ahí, el patriarcado sigue matándonos, restringiendo nuestros derechos, acosándonos mientras caminamos o cuestionando nuestras decisiones. Y sí, el machismo como generador de un sistema opresor tiene que morir. Nosotras, como gritan los carteles, no callamos más.
En los últimos 20 años, en San Juan, como en el resto del país, no llegamos a tiempo para frenar la forma más extrema de violencia contra la mujer. En el 2020 dos sanjuaninas fueron asesinadas en manos de sus parejas. La primera víctima fue Pamela Rodríguez, una joven de 17 años que vivía en Calingasta, quien fue sorprendida durante la madrugada del 22 de febrero por su ex novio. Ángelo Castillo ingresó a su casa mientras dormía y con un cuchillo la degolló. Luego asesinaron a Hilda Tobares, una jubilada que falleció a los 65 años luego de recibir 8 puñaladas a manos de su ejecutor, Jorge Barahona. A Pamela y a Hilda les llegamos tarde. Y demoramos más la generación de un entretejido social ecuánime con cada "no te metas", con cada validación al patriarcado, con cada mano que le damos al machismo, con cada comentario despectivo hacia una mujer que disfruta de su sexualidad. Por eso, seguimos gritando “Ni Una Menos”. No queremos seguir llegando tarde, con pensiones para hijos a los que les arrebataron sus madres.
El femicidio que marcó un antes y un después en San Juan fue el de Cristina Olivares. A la joven madre la asesinaron de 163 puñaladas. Pidió ayuda muchas veces, pero las resoluciones de la Justicia llegaron después de que la asesinaron. Con el femicidio de Cristina, la sociedad, los poderes del Estado y los medios cuestionaron por primera vez en forma conjunta y masiva el patriarcado. Antes del asesinato de Cristina cada vez que aparecía una mujer muerta en un triángulo amoroso o que era asesinada por su pareja se hablaba de crimen pasional. Otra mirada que cambió fue la dirigida a las mujeres víctimas de violencia de género. Antes del femicidio casi no se registraban denuncias en la Dirección de la Mujer y la mirada machista hacia las denunciantes era una constante. "Parece que le gusta" y "No te metas" eran las dos frases de cabecera que se escuchaban en las calles. Recuerdan las trabajadoras de la dependencia estatal que hubo una avalancha de denuncias, el shock social era palpalble.
Los padres de Cristina se transformaron en un emblema de lucha, en un emblema de búsqueda de Justicia. Antonio Olivares aprendió de leyes, conoció Tribunales de punta a punta, investigó partes de la cadena de violencia que terminó con su hija como víctima. La madre de Cristina fue la espalda emocional en todo el proceso, quien se encargó de secarles las lágrimas a sus nietos cada vez que pedían por su mamá y también de reclamar una condena justa para los asesinos de su hija. En la actualidad, hay grupos de padres de hijas asesinadas por sus parejas que se organizaron para contenerse emocionalmente y para aceitar los mecanismos dentro del ámbito judicial.
Los pedidos de ayuda de mujeres violentadas van en aumento en San Juan. Ya sea porque ahora las mujeres se animan a denunciar más o porque no nos callamos más -o menos-, en el 2020 las denuncias en la Dirección de la Mujer crecieron. Los especialistas aseguran que la pandemia incidió, que estar encerrados en la misma casa agresores y víctimas generó una ola de golpizas y violencias de todo tipo, incluso sexual, una forma de violencia que antes las mujeres en pareja no lograban identificar.
Muchas veces las víctimas vuelven con sus verdugos. No es fenómeno aislado, es parte de la espiral de violencia de género que académicos de todo el mundo analizan. Si algo se ha fortalecido en esta inmensa cadena es el creer en la víctima. Familiares o amigos de las víctimas se involucran cada día más. La buena noticia es esa. La mala noticia, que los hombres son los que continúan involucrándose poco. Ellos también tienen la responsabilidad de ir desarticulando el patriarcado señalando a los agresores y los comportamientos violentos y sexistas de sus pares. Y ahí sí que estamos lejos.
De 2.000 mujeres que participaron en una encuesta realizada por Tiempo de San Juan, el 68% respondió haber sido víctima del acoso callejero. En la Policía reciben las denuncias pero quedan en la nada porque casi nunca es atrapado el acosador. ¿Hay solución? Los especialistas aseguran que sí, a largo plazo, dicen, y aseveran que tiene que ver con dejar de criar machitos. Las mujeres, con bronca e impotencia, naturalizamos desde que nacemos los “piropos”. Nos hicieron creer que era normal, que era parte del pack de ser mujer tener que soportar que alguien haga comentarios sobre tu cuerpo sin ninguna clase de permiso. Eran una o dos pibas las que en un grupo ponía en su lugar al hombre que gritaba obscenidades. Antes de que el feminismo se metiera en lo cotidiano y nos hiciera replantear las influencias del patriarcado en el modo de relacionarnos, las mujeres en general vivíamos resignadas a tolerar. Ahora toleramos menos pero seguimos con el chip de alerta desde que salimos de nuestras casas.
La brecha salarial y de posibilidades de ascenso social entre hombres y mujeres no testifican igualdad. Los hombres siguen siendo los que ocupan más puestos de decisión, son los que llegan más alto en la política y en la justicia, en los negocios y en los medios de comunicación. Los salarios de las mujeres en promedio son más bajos que los que perciben los varones y las chances de escalar se complican. Desde las esferas más altas aseguran que las mujeres les dedican menos tiempo al trabajo desde el momento que son madres. ¿Menos tiempo es menor eficacia? La pregunta que no quieren responder.
Cuestionar el deseo de engendrar, de entablar una relación sin exclusividad, de mantener muchas parejas sexuales de distintos sexos tiene pesos diferentes de acuerdo al género. Aún pesa sobre las mujeres el juzgamiento social por querer vivir fuera de lo socialmente aceptado por el sistema patriarcal. Cuestionar es el problema, cuestionar siendo mujer.
Hoy 8 de marzo, la posta es que no me interesan las flores. Es cliché, sí. ¿Por eso deja de tener validez mi pedido? No. Porque el machismo hasta señala lo que está bien y lo que está mal pensar si somos mujeres. Hoy quiero salir sin miedo, quiero igualdad, quiero cuestionar, seguir cuestionando. Porque soy. Y hoy, les reitero: “No nos callan más”.