Historias de pueblo

La historia de mi familia, en un pueblo al que llegué de casualidad

Los Caballero supieron tener hectáreas de campo en Bella Vista, Jáchal. En la casa que crecieron mis antepasados funcionó la vieja escuela del pueblo. El mundo es un pañuelo.
lunes, 29 de marzo de 2021 · 16:11

Escribo esta nota en primera persona porque lo que relataré a continuación forma parte de una experiencia que viví al recorrer Bella Vista, el primer pueblo de cuatro que visitaré como parte de un especial de Tiempo de San Juan. No era la primera opción esta localidad jachallera en la que terminé conociendo parte de mi historia personal. 

O porque no era tan pueblo como buscaba o porque el camino era inaccesible, en Jáchal terminé yendo a Bella Vista. Todas las características de este pueblo cerraban: cerca, camino consolidado, pocos habitantes y la perlita que implica que haya otro pueblo en un departamento vecino con el mismo nombre. 

En la casa conocí a un primo. Recuperó la vivienda porque había sido usurpada. 

La calle principal, don Antonio en bicicleta, un solo almacén y el silencio. Bella Vista era el pueblo con el que iba a largar este pequeño especial. Margarita De los Santos es una de las vecinas que amablemente me abrió las puertas de su casa. Charlamos de todo, cuando le pregunto el apellido me dice De los Santos y allí empezó a tejerse esta historia de identidad. 

Si bien sabía que mi abuelo Luis María Caballero tenía un lazo con Jáchal no tenía especificaciones sobre su vida allí. Es que mi abuelo no vivió en San Juan, gran parte de su vida la hizo en Buenos Aires y recorrió varios lugares del país como jefe del Correo. 

-Margarita, tenemos el mismo apellido y usted tiene los ojazos celestes y verdes de mi familia. Esa respuesta derivó en una charla sobre sus antepasados que eran los mismos que los míos. Doña Marquesa De los Santos y los Caballero que vivían a unos metros de su casa eran los mismos Caballero que formaban parte de lo que yo conocía como mi familia. 

En la casa funcionó la vieja escuela del pueblo. 

Todos los vecinos tenían una historia de los Caballero. En la casa vieja que habitó hasta su muerte mi tío abuelo funcionó la escuela de la localidad. La familia, dueña de hectáreas y hectáreas hasta la ruta, fue la que donó los lotes para construir la capilla y muchos otros espacios comunes. 

Caminé por esa casa de adobe, llena de arcos y que aún conserva la construcción en la que izaban la bandera los niños que aprendieron a leer y a escribir allí, hace más de 100 años. De alguna manera, me acerqué a mi abuelo, ese hombre elegante, culto, moreno de ojos verdes, que daba cátedra de conocimientos cada vez que charlaba. 

La construcción tiene más de 100 años. 

También pensé en la poesía, mi otra gran pasión. Como toda niña de los ’90, iba a declamación. Mi querido abuelo Luis fue siempre el mejor público con el que conté. Me escuchaba leer bajo la higuera entre 20 y 50 poesías diarias. Le gustaba en serio. Ahora creo que quizá fue porque los jachalleros están muy conectados con la poesía. 

La casa de mis antepasados fue recuperada después de haber sido usurpada. Un primo lejano, al que no conocía, me contó. Estaba allí junto a su esposa y su hijo. Me dijo también que su madre recuperó parte de la historia de la familia. 

La casualidad me llevó a aquel Bella Vista menos famoso. Aunque en el fondo, muy en el fondo, prefiero ponerme mística y pensar que mi abuelo me guió a ese pueblito. Soy de señales.

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