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Guillermo ‘Cacho’ Flores

El hombre de las historias increíbles

Cruzó Sudamérica –Amazonas incluido- en moto para sacarse una duda, estuvo preso en 7 cárceles, se recibió de médico a los 43 años y viajó a África para ayudar a los más necesitados. Todo esto y algunas perlitas forman parte del libro de su vida. Por Jorge Balmaceda Bucci.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Jorge Balmaceda Bucci

Si no las hizo todas, pega en el palo. Guillermo ‘Cacho’ Flores lleva prácticamente 67 años exprimiendo segundo a segundo, gota a gota su vida. No planeó su camino, más bien fueron las circunstancias las que lo fueron tejiendo en su gran mayoría por él. Eso sí, su espíritu aventurero le facilitó mucho el trabajo al destino. Los dos viajes en moto rumbo a la Guayana  para responder un particular interrogante -uno trunco y otro exitoso y repleto de vivencias-, los momentos que destacarán a continuación entre un puñado de otras anécdotas.

Tomando por los atajos más relevantes de este increíble compendio de historias vividas en primera persona, hay que decir que desde su infancia ‘Cacho’ ya pintaba para distinto. Los estudios se le daban bien, pero su particular forma de abordar las normas disciplinarias lo hicieron transitar por diferentes centro educativos desde la primaria hasta terminar el secundario.
Fue cuando trotaba por su adolescencia cuando se le encendió la lamparita de conocer más allá de los límites nacionales y emprendió a los 16 años el primer viaje a Chile. Fue solo y esa modalidad le sentó tan bien que la invirtió en todos los incontables desplazamientos que tuvo por delante.

En julio de 1969, aún con la alegría de la moto Mi-Val 48 cc que su padre le había regalado meses antes, Cacho tuvo la idea de asentarla con un viajecito que cubrió Córdoba en el primer tramo y tuvo como estación final Paraguay –los recortes de diario avalan sus periplos por tierras foráneas-. Calcula que fueron unos 4.500 kilómetros –entre ida, vuelta y giros eventuales- los que realizó montado en su ya para ese entonces fiel compañera.

La impresionante experiencia reafirmó su filosofía de disfrutar el día a día haciendo las cosas que uno quiera en ese momento, obviamente, sin molestar a nadie.En 1978, con la mente acomodada dogmáticamente en esa sintonía y después de deambular académicamente por varias facultades de medicina del país –Rosario, Córdoba, Mendoza, La Plata y Buenos Aires-, Flores se propuso dar respuesta ‘in situ’ al interrogante que le acompañaba desde que leyó Papillón, la novela autobiográfica del francés Henri Charrière: ¿Es verdad que existe la cárcel en la que estuvo preso el galo en Guayana Francesa?

Hacia allá se dirigió. Con 100 pesos y la ropa que vestía en ese momento, se largó a la aventura. A bordo de su motito de 48 cc, Cacho fue cotejando diferentes postales de la geografía continental al tiempo que su excursión iba avanzando. Todo rodó sobre rueda -nunca mejor dicho- hasta que llegó a la frontera entre Perú y Ecuador. Por motivos de seguridad, el viajero sanjuanino había comprado en su ingreso al país incaico un revólver calibre 38, pero él no sabía que con esa arma habían asesinado a un policía. Tuvo que pasarse 3 meses a la sombra en Lima, y cinco días más esperando que le trajeran su vehículo que había quedado en el lugar de la detención.  El primer intento hacia la Guayana, anotado en la casilla de los fracasos.

El de Perú fue el primero y el único de los siete capítulos carcelarios que protagonizó Cacho en el que supo por qué lo detenían. En los cuatro que experimentó en España –Córdoba, Jaén, Carabanchel y Cáceres- en 1980, el de Inglaterra (’80) y el de Bolivia (84’) desconoce los motivos de sus reclusiones.

Fue durante el mencionado desplazamiento al Viejo Continente, después de sortear como pudo sus percances judiciales, cuando le invadió la necesidad de inmiscuirse en la vida de África. Un ferry unió el puerto de Algeciras (España) con el de Marruecos, abriéndose ante él un mundo completamente desconocido. Lo caminó, lo disfrutó –y padeció- de la mejor manera posible y se prometió volver recibido de médico para ayudar. Y lo cumplió a comienzos de los ’90, pero al no poder desarrollar sus funciones como él quería (su intención era prestar sus servicios en aldeas necesitadas) se pegó la vuelta con sentimientos encontrados: se había dado el gusto de cumplir su palabra, pero el fantasmita del fracaso la hacía burla apoyado en su otro hombro.
Pero poco le duró la desazón a Flores. En 1982, esta vez montado en una Puma 98CC -modelo 60- que la noria de la vida ponía otra vez ante él, Cacho volvió a situar entre ceja y ceja la duda originada en ‘Papillón’ y hacia Guayana se largó. Caminos argentinos y brasileños se fueron sucediendo por el retrovisor de Cacho, que invertía 12 horas diarias, circulando a 30km/h, para acercarse a su objetivo. La parte jugosa de este recorrido fue el que desarrolló en el Amazonas, donde le tocó transitar 700 km, sumando vías terrestres y acuáticas, en solitario. Sobrevivió a mil contratiempos, entre ellos la presencia de gatos onzas –felino parecido a la chita - que lo sorprendieron una mañana al despertar al costado de la huella por la que circulaba.

El último tramo hacia Guayana lo hizo en un barco, pero tratándose de nuestro protagonista, obviamente, no fue en uno cualquiera. Se subió, invitado por el capitán, a una nave que llevaba de contrabando cacao. Al cruzar la desembocadura brasileña del Atlántico, ya enfilando para Cayena –la isla de la Guayana Francesa donde Flores encontraría la respuesta que buscaba-, se rompió una pieza del motor del barco y les obligó a continuar la travesía impulsados por el viento. Los días fueron pasando y el agua proporcionalmente escaseando. Hasta que por fin divisaron la costa insular.

“Sí, la cárcel donde estuvo Henri Charrière existe, pero no se llama como sale en la película. También existe el hospital que comunica por un pasadizo con el presidio, que cerraron en 1947 y que después lo transformaron en un museo”, explicó el aventurero compartiendo la respuesta que encontró en Guayana.

Después llegaron vientos relajados a los días de Cacho. Enfundado en su labor de médico prestó servicios en diferentes latitudes argentinas y de llamativas maneras –fue noticia por cobrar un peso la consulta en los ’90- hasta que colgó el estetoscopio hace 2 años. “Yo no lo puedo creer, toda mi vida es una ficción hecha realidad”, afirmó Cacho. Tiene toda la razón, y más después de reconocer que en esta nota solo se aborda una minúscula porción de la agitada torta de su existencia.Entre otras, historias como la participación en la guerra civil de Nicaragua, en 1979, y la cooperación que rindió cuando el huracán Mitch asoló Costa Rica, en 1998, quedarán pendientes en el tintero. Serán materia de abordaje en otro artículo o, tal vez, de un libro que ronda bajo la silueta de una idea en su cabeza.

CIFRAS
4.500 KM RECORRIÓ CACHO HACE MÁS DE TRES DÉCADAS PARA UNIR SAN JUAN CON GUAYANA.
7,5 MESES FUE EL TIEMPO QUE INVIRTIÓ EN COMPLETAR SU TRAVESÍA SUBIDO A LA PUMA 98 C.C.
45 PAÍSES, DE TRES CONTINENTES (AMÉRICA, EUROPA Y ÁFRICA), HAN SIDO VISITADOS POR FLORES A LO LARGO DE SUS 67 AÑOS.

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