Por Daniel Tejada
Canal 13 San Juan
En una modesta y cálida casita de la calle Reconquista, en las entrañas de Chimbas, reposa sus días de retiro. Algún desprevenido podría confundir a esta mujer de 80 años con cualquier otra abuela de piadosas manos magras, como escribió Don Buena. Pero ella guarda mucho más.
Rosa Flores sabe lo que muy pocos saben. Durante casi 30 años compartió la intimidad de Leopoldo Bravo y su familia, hasta convertirse en guardiana de sus secretos. Desde los rasgos más cotidianos que definieron el temperamento del caudillo bloquista hasta las anécdotas de la infancia de los hermanos Leopoldo, Juan Domingo, Federico, Fernando, María del Valle y Alejandro.
Sin quebrar un pacto tácito de confidencialidad, Rosa reveló algunos de aquellos episodios, por primera vez. Recibió a Tiempo de San Juan en su hogar, donde vive sola pero a pocos metros de su hermana menor y sus sobrinas, pasillo de por medio. Allí atesora el retrato que le regaló Bravo cuando era senador en los años ’90. El trazo envejecido al pie de la fotografía, de puño y letra del líder bloquista, reza: “Para Rosa Barbarita Flores con afecto y cariño. Usted forma parte de la familia. Ivelise y los seis hijos siempre la tendremos presente. San Juan, Diciembre 4 de 1995. Leopoldo Bravo”.
Rosa empezó trabajando para “la niña Gringa”, hermana de Don Leopoldo, en la casa de Santa Lucía, frente a la plaza departamental. Ahí realizaba tareas domésticas hasta que en 1968 se trasladó hasta la casa de calle Mitre para cuidar a la madre de los Bravo, Doña Enoe, que se había fracturado una pierna. Nunca más se fue de ese lugar hasta el retiro, a fines de 1996.
Ivelise, abogada, viajaba periódicamente a Buenos Aires por razones de trabajo. Por esta razón, los hijos del matrimonio quedaban a menudo a cargo de Rosa. Pero las responsabilidades crecieron exponencialmente cuando Bravo tuvo que asumir como embajador argentino en Moscú y las ausencias se hicieron más prolongadas.
“Los chicos estaban en el Liceo en Mendoza: Leopoldo, Juan, Federico, y Fernando. Yo los esperaba. Se iban el domingo en la noche y volvían el viernes. María y Alejandro quedaron en la casa de la calle Mitre conmigo. Yo me quedaba a cuidarlos a ellos y a cuidar la casa. Y el doctor después me dio un poder para cobrar los cheques y pagar las cuentas”, explicó.
“El doctor era muy bueno, una persona muy agradecida. Era buen padre, buen esposo, buen patrón. Jamás lo escuché gritando o contestando mal”, aseguró. Pero el temperamento de Bravo posiblemente se defina mejor con una anécdota bien cotidiana. “Yo lo veía al doctor que iba y venía con la política. Y venía tarde de las reuniones. Llegaba a las 3 o 4 de la madrugada, pero él se sacaba su traje, lo cepillaba y lo colgaba en el placard, se sacaba sus zapatos, los limpiaba y los guardaba en la bolsita que tenían los zapatos. Nunca he visto una persona tan ordenada como el doctor”, apuntó Rosa.
Pero la guardiana de los secretos de los Bravo también fue testigo de eventos dramáticos, propios de la casa que cuidaba como si fuera propia, de lunes a lunes.
“Una vez un hombre lo llamó por teléfono al doctor. Quería hablar con él. Pero nadie lo conocía. No quería ir al partido, quería que el doctor lo recibiera en la casa. Entonces el doctor y la señora dieron cuenta a la Policía. Entonces nos dijeron que cuando llamara ese hombre, que lo entretuviéramos conversando para que le diera tiempo a la Policía para saber de dónde era. Entonces llamó un día y así lo localizaron. Era un hombre que ya había extorsionado a otra persona en Albardón. Quería sacarle dinero al doctor, no sé. El doctor no lo conocía”, recordó Rosa.
“Otra vez pusieron una bomba, en la calle Mitre. Yo estaba haciendo ñoquis ese día. Sonó el timbre. Salí a la puerta de casa y me dijeron: “¿La señora es muy miedosa? Porque nos han avisado que han puesto una bomba en esta casa”. Y fui y le dije a la señora. Entonces entraron los policías, los periodistas, los fotógrafos. Pero no encontraron nada. Y la señora les preguntó si se habían fijado en el baldío de al lado. Y ahí estaba, contra la pared que daba al escritorio del doctor. Entonces cortaron el tráfico en la Mitre y Alem. ¡Y los chicos eran chicos y se me querían escapar para ver la bomba!”, contó Rosa, finalmente con una sonrisa.
“Otra vez que estaba sola con los chicos, el doctor estaba en Buenos Aires, siento como una explosión. Era el tiempo en que ponían las bombas, ¿vio? Y miré por la ventana del doctor y era en el Distrito Militar. Habían saltado los vidrios. ¡Eran unas llamaradas en la esquina! Y Federico me preguntó: “Rosita, ¿qué ha pasado?” “Es un avión que pasó muy bajito”, le dije. Y se quedó tranquilito”.
Su rostro marcado por el tiempo aún se ilumina cuando recuerda las caravanas de la época dorada del bloquismo. Aquellas épocas en que Bravo sólo conocía la victoria en las urnas. “Esos tiempos los quisiera vivir otra vez…”, susurró con plena conciencia de que es historia.
Bravo le ofreció hasta una casa del IPV, pero ella atesora como el más preciado de sus regalos aquel retrato del senador, del año ’95. Sólo un recuerdo logra cortarle la voz:
“Me dio mucha pena cuando falleció el doctor… (se quiebra)… porque el doctor fue muy bueno con nosotros. Yo iba a visitarlo al sanatorio. Qué va a ser. La vida tiene que seguir. Lo mismo me pasó con Leopoldito. Él se enfermó. Y fue terminante”.
“Ellos han sido como mi familia, porque yo me lo pasaba más allá que acá, en Chimbas. Mi hermano había levantado estas paredes pero el Alejandro me compró para el techo, Federico me dio para las ventanas y me compró un televisor. Gracias a ellos tengo para estar aquí, al lado de mi hermana. Estoy tranquilita”, agradeció.
Travesuras de
Bravos y Colombos
Los Bravo compartían tardes de juegos con los vecinos del barrio, como todos los chicos de la época. Claro que los Bravo eran hijos de Don Leopoldo. Y en los alrededores había otras familias políticas ilustres, como la de Ricardo Colombo, padre de Rodolfo.
“Cuando eran chiquitos, los chicos iban con ellos a la escuela”, recordó Rosa. “Se quedaban a comer, en la pileta. Los padres los iban a buscar a la noche. Todos iban a jugar al baldío”, aseguró con una sonrisa.
“Chochi”, como le decían y le siguen diciendo los Bravo, aseguró que nunca tuvo que separar a dos hermanos trenzados en una pelea. Pero travesuras hubo siempre. Algunas terminaron mal.
Por ejemplo, recordó una vez que baldeaba la cocina con agua con detergente y los chicos jugaban a resbalarse. Hasta que Leopoldo Alfredo no pudo frenar a tiempo y fue a parar a un cantero, con golpe en la cabeza incluido. Todos llorando por la impresión de la escena y la hemorragia del futuro embajador. Rosa atinó a calmarlos y pedir ayuda a los Eiben, que la llevaron con Polito al hospital. Cuando el matrimonio Bravo regresó a la noche, el mayor de sus hijos ya estaba en casa, con la sutura recién terminada.
Leopoldo Alfredo también le dio otro gran susto a Rosa, cuando en el Jockey Club recibió la patada de un caballo y sufrió la fractura de su mandíbula. El niño practicaba equitación y se había convertido en un experto en saltos. Aquel no había sido su mejor día.
Que Federico era el más temeroso. Que Alejandro era el más apegado a “Chochi”. Y que María del Valle… ¡Ay María del Valle! “Lo que no hacían los chicos, hacía la Mary. Pero era buenísima. Cosas que me ha contado a mí, no se las ha contado a nadie. Fui testigo de su casamiento. Siempre me saluda por teléfono de Buenos Aires”, resumió Rosa.