Marina Baldis es profesora y, como hobby, atesora figuras de las marcas Barbie y Bratz que guarda en su casa. Empezó a juntarlas de grande y hoy sus hijas siguen su pasión muñequeril. Por Miriam Walter.
Las Barbies dominan la escalera de la casa de Marina Baldis. Tiene 700. La mitad son de la afamada marca de muñecas, y la otra mitad son Bratz, menos conocidas en Argentina pero muy populares en Estados Unidos. La coleccionista es profesora y lleva 15 años con su hobby muñequeril, que empezó de grande y que hoy la hacen dueña de un peculiar tesoro.
“A mí cuando era chica me gustaban las Barbies y no había en Argentina. Yo jugaba con muñecas de plástico hasta que un día viajamos a Italia y mi mamá me compró una, cuando tenía 15 años. Después, mi mamá le regaló a mi hija una muñequita con traje de bailarina de Can-Can que me la terminó dando a mí, y ahí empecé. Vi que había más y las traté de conseguir, me contacté con gente de Canadá que me las podía enviar y ahora compro por Internet las que van saliendo, en lugares como Estados Unidos”, cuenta Marina, quien tiene 45 años y enseña Química en las dos universidades, además de ser cantante de folklore.
Cada 3 meses, la sanjuanina agranda su colección. “Ahora con el tema del dólar está más difícil comprar, pero sigo comprando”, dice la mujer, que debe pagar además de cada unidad, los gastos aduaneros por cada adquisición, cuyo valor va de los 30 dólares en adelante. “Si las compro sin caja, los precios son más accesibles”, agrega.
“En mi casa tengo las que más me gustan en cajas exhibidas y se ven apenas se entra. Cuando vienen visitas la gente se sorprende y le sacan fotos a la colección”, dice Marina. “¿Si tengo espacio? Todavía tengo, parecen muchas pero son variadas, muchas no tienen caja entonces ocupan menos lugar”, cuenta.
Marina tiene muñecas que no son fáciles de conseguir en el mundo. “Las complicadas son las de diseñadores, o las más antiguas. La Barbie Cher (que emula a la famosa cantante) es difícil y yo tengo dos. También tengo la de Elizabeth Taylor que salió cuando murió”, asegura sobre este mundo que excede ampliamente lo que se ve en las jugueterías. “La marca Barbie ha sacado miles de modelos de muñecas, pero Bratz no tantas porque tuvieron un problema legal que impidió que se sigan fabricando”, analiza. En la colección también tiene muñecos de la línea Barbie, del modelo masculino Ken, algunos en formas particulares como el homenaje a James Dean o Légolas del Señor de los Anillos. Marina dice que su preferida es una Barbie Mohawk que tiene el pelo onda punk y que quiere tener alguna pieza de la línea de Piratas del Caribe pero no consigue. Además, encontró en Internet y compró una igual que su primera muñeca, la Barbie bailarina de 1975, que ella había perdido tras dársela a una prima.
“Tengo algunas repetidas, a veces hago obsequios para gente especial”, dice la coleccionista, que además del trabajo por conseguirlas también le dedica buen tiempo a mantenerlas. A algunas piezas las lava con sumo cuidado apenas llegan. “En San Juan se resquebrajan por el calor, los coleccionistas las tienen guardadas, pero a mí me gusta verlas”, asegura.
Lo de coleccionar viene de sangre. “Mi padre coleccionaba monedas, estampillas y autitos que están guardados en la casa de mi mamá desde que él murió”, dice Marina. Ella tiene 5 hijos, 3 de ellos mujeres de 25, 15 y 7 años, que han tenido sus propias muñecas y no juegan con las suyas. De hecho, tienen muchas por lo que podrían empezar su propia colección, pero Marina dice que la que más se fascina es ella.
“Mi colección creo que tiene un valor económico muy grande, porque apenas se deja de fabricar una pieza aumenta al doble su precio. Pero yo no las vendo, para mí tienen un valor sentimental”, concluye Marina, quien no piensa dejar de comprar muñecas hasta que sea viejita.