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Historias

La madre soltera de 100 hijos

Sandra Pérez sólo cargó un niño en su vientre, pero la vida le dio muchos más. En el conflictivo Barrio La Estación, Rawson, coordina el grupo solidario “Posibilidad para todos”. Por Ernestina Muñoz.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Ernestina Muñoz
Canal 13

El Barrio La Estación es uno de los habituales de la sección policial. Violaciones, explotación de niños, robos, droga. Pero hay una casa que parece salida de Disney por las pinturas en los muros y por la historia detrás de ellos. Es el hogar del grupo “Posibilidad para todos” que coordina Sandra Pérez. En ese lugar se contiene a personas en situación de calle, niños, ancianos, drogadictos, gays y cualquier otro sanjuanino que necesite una mano para salir adelante.

El primer día de trabajo de esta mujer fue hace unos 18 años, cuando se enteró de que iba a ser mamá. Ese día también se desilusionó al comprender que su pareja no la iba a acompañar.
En vez de desesperarse, encontró consuelo ayudando a otras embarazadas en situaciones difíciles. “Con unas amigas tejíamos escarpines, les leíamos y un día entre la ropa que recolectábamos llegó un traje de payaso”, cuenta con su voz dulce, casi susurrando. Ese fue el puntapié inicial para los miles de chocolates y reparto de regalos que encararon con un grupo de más de 100 voluntarios, distribuidos en todos los departamentos. El Chino Saldaño, Ricardo Dillon, Gino Laciar y todo el club Unión son algunos de los colaboradores más famosos.

La humildad de los recursos nunca fue un impedimento. Aprovisionada de su carpeta con recortes de diarios, hace el repaso de campañas que realizaron. Cosiendo a mano los trajes, viajando en bicicleta, amasando pan dulce para poner uno en cada mesa; las imágenes se multiplican. “El barrio no es tan así como dicen. A nosotros nos respetan y cuidan muchísimo.

Una vez un grupo de chicos me dijo que nunca me iban a tocar porque le daba la leche a sus hermanos”, relató. Aún así, hay situaciones difíciles. En el jardincito que fundaron, un niño de 5 años que se enojó con la maestra le disparó imaginariamente. Con gesto adusto, apuntó con su dedo índice a la cabeza de la docente y gatilló. “Fue muy fuerte, pero aprenden a mejorar.
Yo al que peor se porta lo trato mejor. A un nene conflictivo le di la responsabilidad de cuidar a los otros cuando me fui. Al volver me pasó todo el parte”, relata. Es una situación cotidiana en la que quizá por primera vez alguien validó a ese niño. “Ahora para todo dice “permiso, perdón”, muy educado”, cuenta contenta.

“Quiero que los niños del barrio no crezcan con esa separación de sectores que hay, quiero que vivan su infancia”, comenta con un brillo en los ojos que se le escapa por encima de los lentes. Por eso fueron los únicos en ir al basural de La Bebida con bolsas negras que escondían regalos, para la Navidad de los pobres que sobrevivían allí. Afortunadamente cuentan con donantes solidarios frecuentes, con profesionales que aportan su tiempo gratuitamente y algún que otro estelar como “Los Wachiturros” o “La fiesta” que terminaron equipando las distintas salas donde dictan clases de apoyo, de costura o la panadería propia. “Van surgiendo cosas. Un día dijimos vamos a enseñarles a cortar el pelo. Y aprendieron todos. Es una capacitación para que salgan adelante. Lo mismo que con un hombre que quedó desocupado y aprendió a usar la máquina de coser. Hoy trabaja en Vesubio. Sin esa experiencia, quizá no lo hubieran tomado”.

Pero no todo es color de rosa. Sandra lloró de bronca el 19 de abril cuando un jovencito entró a robar a su casa, la casa del grupo. “Estamos peleando para que nos techen el espacio, por ahí entró el chico como de 16 años. Forcejearon en la noche y yo lo sentí. Cuando lo vi, parecía un gato el niño ¡cómo saltaba! Es la droga que los hace así”, contó.

“Está bien eso del hogar de día (El instituto Francisco, recientemente habilitado en La Estación) pero creo que más que esperar a que sea voluntario, tendrían que ir a hablar con ese papá y esa mamá. Es una perdición”, reconoce Sandra. “Hay mil planes para ayudar. Pero no es dar nomás. Hay chicos que quizá nunca tuvieron un abrazo, niños violados, indocumentados. Hay que darles motivación. Los niños tienen que jugar para crecer y estudiar”, analizó.

 

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