Santiago Albarez nos recibe con una remera azul, con las islas Malvinas impresas a la altura del corazón y atravesadas con los colores de la bandera. Dice que tiene vejez prematura, como casi todos los excombatientes de Malvinas; tiene 50 años y calvicie. “No sé si uno se recupera de esto, creo que es necesario recordarlo siempre, no olvidar. Olvidarse de ellos no, y de lo que nos pasó tampoco”, dijo.
Por eso sigue contando su historia como excombatiente, aunque ya la contó miles de veces, incluso la relató en un libro, “Malvinas, Yo estuve allí”, del que es autor junto con Duilio Dojorti. Fue la mejor forma de que la guerra quede para siempre en el tiempo, que pueda vencer al olvido.
Al principio, apenas llegó después de la guerra, no quería hablar del tema. Se iba de su casa paterna, en Caucete, a la mañana y volvía en la noche. Tal vez porque atravesaba la etapa de la negación, la primera de una situación traumática con muertes de por medio. Pero pasaron los años y llegó la aceptación, la necesidad de contarlo hasta el hartazgo, por la memoria de los que no volvieron. Una herida que jamás cerrará.
Santiago se muestra tranquilo y seguro cuando comienza a contar su historia, pero en algún momento los nervios le ganan y se para de un salto para mostrar una foto, ya no volverá a sentarse.
Con el título de Técnico Electrónico, de la Escuela Boero, ingresó a la Armada en 1981, necesitaban personal técnico y luego de un año de curso le dieron la jerarquía de Cabo 1º. El primer pase que tuvo fue al Crucero General Belgrano, en 1982 realizó un operativo en el Sur y el barco entró a reparación. Por eso cuando comenzó el conflicto, Santiago estaba en el puerto y pudo ver todos los barcos que salieron hacia las islas con tropas, en los días previos a la toma de Malvinas; recién el 16 de abril zarpó el Belgrano. Era un crucero construido en 1938, no tenía tecnología de sonar, por eso operaba en conjunto con otros dos barcos más modernos, el Bouchard y el Piedra Buena, que le daban la cobertura de sensores de ataque. Esta flota tenía la orden de cortar la retirada a cualquier barco que se dirigiese a los puertos chilenos o que viniese de ellos en apoyo a los ingleses.
Santiago tenía sus funciones como telefonista en la Central de Tiro, ubicada al centro del barco, cuatro cubiertas hacia abajo. El 2 de mayo, a las 16 hs., Santiago dejó su guardia y se quedó a charlar con el compañero que la tomaba; a las 16,05 escucharon la explosión del primer torpedo. “Es como que te sacan del piso, volamos por el aire, todo voló”. Como estaban en el interior del barco, no sabían lo que pasaba y cuando preguntaron por el intercomunicador, no les contestaron. A los 2 minutos llegó el segundo torpedo, la misma sensación. Ahí comenzaron a ponerse la ropa de abrigo, el salvavidas, se quedaron ahí unos 15 minutos, hasta que les dieron la orden de salir.
“Afuera era un caos, gente llorando, heridos, quemados, gritos. Se vieron las perores miserias del hombre, es la supervivencia sí o sí. También se vieron los líderes natos ahí. Abandonamos el barco en las balsas y a remar rápido para que no nos succionara el barco mientras se hundía”, recordó el excabo.
El náufrago
En 45 minutos no quedaba nada del Belgrano. En la balsa comenzó el naufragio, “la incertidumbre, el no saber que va a pasar, entregarse a la buena de Dios”.
La vida le pasó en su cabeza como en una película. La feliz infancia en Caucete, el olor de las uvas cuando cosechaba y la frescura del baño en los canales, el esfuerzo de sus padres para que terminara el secundario, sus hermanos, sus amigos. La vida era más hermosa cuando parecía que la perdía.
En la balsa había 14 personas y no había heridos; hacían guardias de 20 minutos para evitar el congelamiento, las temperaturas eran inferiores a los -10 Cº y la única forma de calentarse era orinándose encima. La primera noche se desató una tormenta con vientos de más de 100 km/h y olas altísimas que cuando pegaba en la balsa los hacía volar por el aire. El día 3 fueron avistados por un avión, pero nadie vino al rescate y se vino encima otra noche eterna y aterida. Al día siguiente vieron un barco muy cerca, le hicieron señales con bengalas y silbatos, pero no los vieron. Estaban desahuciados.
El 4 de mayo a las 9 de la mañana en el horizonte avistaron otro barco, se acerco, los habían visto los tripulantes del destructor Piedra Buena. Estaban salvados. El barco rozó la balsa y la rompió, el agua comenzó a entrar pero ya los estaban sacando, Santiago fue de los últimos, el agua congelada del Mar Argentino le daba a las rodillas, “la sensación era la de miles de agujas penetrándome en la carne, un dolor extremo”, recordó.
Cuando estuvo arriba del barco se sentía bien, muy lúcido y con ánimo, lo vio a un compañero de curso, hoy el Capitán Nicastro, Santiago quiso caminar hasta él, pero estaba entumecido del frío y Nicastro tuvo que sostenerlo para que no cayera. “El lloraba, yo no, estaba shoqueado”, dijo.
Los médicos le preguntaron todos sus datos, le dieron un vaso con un líquido salado de sabor espantoso, para que recuperara los minerales perdidos en la balsa. Su compañero lo llevó al sollado, su cama en el barco, y cuando se acostó se relajó de tal forma que le empezó a doler todo el cuerpo, no podía estar en el catre. Le trajeron algo de comer, lo que había que no era mucho, una sopa con unos porotos. Lo llevaron al comedor donde estaban pasando un video de Olmedo y Porcel, ahí se encontró con Chamorro, otro compañero de curso, que lo invitó a tomar un té a su taller, allí charlaron horas que fueron eternas, hasta que salió Chamorro y volvió con la noticia de que habían llegado al puerto, a Ushuaia.
Bajaron del barco y había un dispositivo armado en el muelle para recibirlos, módulos de cirugía para los que venían muy mal, mientras que el resto pasaba de largo y les daban de comer galletas, café, hasta cigarros. Los subieron a un colectivo, los llevaron al aeropuerto y los uniformaron a todos de verde, el destino era la base naval Espora, en Bahía Blanca. Antes de llegar, el comandante del avión les ordenó que no hablaran con nadie allí, “era razonable, había gente que no sabía si su hijo, su esposo, su padre, estaba muerto o no, no podíamos darle una noticia de la cual no estábamos seguros. Cuando bajamos nos formamos, dimos tres ¡Viva la Patria!, y nos subimos al colectivo hacia el Hospital Naval. Había vallas armadas y la gente gritaba: ‘no lo vio a tal, lo conoce a cual…’, no podíamos ni mirar”, contó.
En el hospital los revisaron otra vez y al que estaba bien, como en el caso de Santiago, le dieron plata y pasaje y días de licencia para ir a su casa.
El regreso
Se había quedado sin lugar de trabajo porque el Belgrano era su trabajo, después de 15 días de descanso lo destinaron a un campo adiestramiento, había indisciplina, la gente estaba mal, muy traumada por lo que había vivido. Fue trasladado a Punta Indio, al sur de Buenos Aires, donde estuvo hasta 1984 cuando se retiró de la Armada y volvió de baja a su Caucete natal.
Pasaron dos años hasta que consiguió trabajo en una fábrica de Pocito, también trabajó en San Luis, hasta que aparecieron los problemas psicológicos, cuando ya estaba casado y con sus hijos chicos. “Era stress post traumático, en palabras más duras, se te salta la cadena. Tenía alucinaciones, veía cosas raras. Me pasaba 16 horas trabajando, me sentía mal, no sabía por qué tenía ataques de llanto, esa opresión en el pecho, en el cuello, te da por llorar, escuchas voces, ves sombras. Se llama stress post traumático crónico, después hice tratamiento, pero no sé si uno se recupera de esto”, confesó Santiago.
Tuvo problemas de inconducta, aunque aclara que no fue violento, no se volcó al alcohol ni a la droga, como pasó con otros compañeros, tampoco intentó suicidarse, aunque la tasa de suicidio de los excombatientes es casi del 100 % respecto a los que murieron en la guerra, que fueron 654, se han suicidado más de 500 personas, una cifra lacerante. “Por olvido, desidia, porque no tuvieron reconocimiento, no se detectó el problema a tiempo. Muchos no supieron cómo sobrellevarlo, no tenían familia que los acompañe”, dijo.
Una junta médica militar le dio el retiro como Cabo 1º. A Santiago le llevó años tratar de superar lo que había vivido, años de terapia psicológica y psiquiátrica.
Por eso ahora su meta es transmitir el mensaje, recatar a sus compañeros del olvido, “por respeto a los que no volvieron, a sus padres, no hay que olvidarse, hay que recordarlo siempre. Mi objetivo es poner en valor lo que pasó”.
Dos preguntas
-¿Qué opina hoy de la guerra de Malvinas?
-La guerra de Malvinas o cualquier guerra es un mal de la humanidad, para la humanidad, por los que van y los que quedan. No le deseo a nadie que pase por esa experiencia. Vaya a saber las razones políticas que tenía el gobierno en ese momento, pero yo considero que hemos sido el centro de una bisagra: de este lado todos los intereses políticos y toda la movida del gobierno militar, luego vino el gobierno democrático y todos los reclamos de la sociedad y nosotros quedamos al medio. Cuando me preguntan esto, en ese momento te digo que fuimos eufóricos, creíamos que era lo mejor, fuimos convencidos, nadie nos obligó. Pero cuando pasan los años y ahora que soy padre, si le pasara a un hijo mío me sentiría mal. Creo que la guerra fue un mal necesario para la sociedad argentina, se perdieron vidas, fuimos carne de cañón, los que tomaron la decisión no sufrieron frío, hambre, penurias, desesperación, lo sufrimos los que estábamos al frente. Fue una bisagra, que después no lo supimos aprovechar o darle el lugar a los que participaron como corresponde, también es culpa de la sociedad. Muchos años se escondieron las cosas bajo la alfombra. Cuando en el 86 conseguí trabajo, si decías que eras veterano de guerra eras un loco de la guerra.
-¿Cómo es hoy la situación de los veteranos?
-En general es buena, pero la deuda más grande es de la sociedad para con el veterano, y no es una cuestión material. Nos ha llegado una vejez prematura, yo ya tengo 3 cirugías, muchos de mi camada tienen diabetes, gastriris crónica, problemas de huesos, stress post traumático, son cosas que requieren atención específica. Esas cosas hay que atender. Así también hay gente que me ha dicho: ‘¿usted es veterano de guerra? Lo voy a atender sin cargo porque admiro lo que hizo. No le estoy regalando nada, le estoy devolviendo lo que deberíamos devolverle’. Estoy muy agradecido de esas cosas, pero eso empezó a surgir después de mucho tiempo, si hubiesen llegado en su momento, no se hubiesen matado más de 500 veteranos por falta de atención.
58
Por ciento de los ex combatientes argentinos experimentaron episodios de depresión relacionados con el conflicto y 28 % tuvieron ideas de suicidio, según un estudio realizado en 1995.
11.539
soldados conscriptos participaron de la guerra, los cuadros militares y civiles sumarían unos 10.661 personas, según la encuesta realizada por el Ministerio de Defensa en el año 1.999.
74
días duró la Guerra de Malvinas, de los cuales hubo 33 días de combate, el conflicto costó la vida de 654 argentinos.