Megajuicio por delitos de lesa humanidad

Gioja declaró y lloró recordando la tortura

José Luis Gioja no pudo contener las lágrimas al momento de relatar los tormentos que padeció durante su detención en la última dictadura militar. "Se lo llevaron a mi padre y cuando volvió me dijo que me buscaban a mí", dijo.
martes, 26 de junio de 2012 · 12:24

Se le empezó a entrecortar la voz, se tomó unos cuantos sorbos de agua, enmudeció. Pocas veces se lo vio así a José Luis Gioja, con pánico en las palabras. Minutos antes había recordado que estaba en su primera sesión de tortura, removiendo recuerdos de los ’70 ante un tribunal que lo trataba de ingeniero y no de gobernador. “En algún momento me dejan tirado. El efecto de la picana a uno lo relaja, lo deja de cama. Y alguien me dijo ‘que entre Rosa Palacio’, mi mujer…”. Se quebró. Al momento retomó: “ahí pegué un grito, cómo habrá sido el grito que pegué que me llevaron de vuelta abajo. Y ahí me quedó en la cabeza que mi mujer estaba ahí. Por suerte después no estaba. Me acuerdo cuando estaba subiendo las escaleras escuchaba alaridos cuando nos picaneaban a nosotros nos ponían una estopa en la boca….”

Fue ese el momento en que se lo vio más consternado a Gioja en las tres horas que estuvo declarando en el marco del megajuicio por casos de lesa humanidad en la provincia, que marcó un hito político con un gobernador en funciones sentado ante un tribunal en calidad de testigo, lo que  no se vio hasta ahora en otros de estos procesos en el país. Podría haber presentado un escrito, pero prefirió ir a dar si testimonio, frente a los acusados y a una audiencia de víctimas de la dictadura que se paró a aplaudirlo cuando terminó de hablar, con un lenguaje directo, sin floreos y sin filtros, sobre su paso por la Central de Policía, la ex Legislatura y el Penal de Chimbas entre el ’76 y el ‘77.

Gioja recordó que lo fueron a buscar cuando era funcionario de Camus como interventor en el IPV, que antes los uniformados se lo habían llevado a su padre porque lo habían confundido con él y que por eso él vino urgente a San Juan porque estaba en Buenos Aires cuando se enteró de que lo estaban buscando, y terminó preso.

“Cuando uno  está vendado se te adormecen las partes. Ellos no te soltaban nunca, hasta para orinar ellos te bajan la bragueta. Yo soy un creyente. Era el instinto animal que me hacía que prevalecieran las ganas de vivir. La segunda vez que me llevaron a interrogatorio me acuerdo de esto: había alguien que tomaba café y sentía el ruidito de la cucharita mientras me decía ‘Flaco Gioja vos creés que no le pedimos perdón a Dios por lo que hacemos acá’. Cuando me tocaban yo pegaba unos gritos en demasía porque me parecía que eso menguaba lo que me podían hacer”.

Contó que le preguntaban por gente de gobierno, le preguntaban dónde tenía la plata, porque le endilgaban que había hecho maniobras con casas del IPV. Luego revivió sus días de cautiverio en el pabellón 6 del Penal de Chimbas que era un primer piso, donde un gendarme que lo conocía de Jáchal, de apellido Aballay, le pudo decir a Rosa que él estaba ahí, vivo, cuando habían pasado meses sin que su familia supiera nada de él. Clasificó “guardias buenas” y “guardias malas” de Gendarmería, consignando que las buenas  eran las que los dejaban conversar a los presos en los pasillos algunas nochecitas. Se acordó de dos curas, “el padre Mazón y Pablo”, que “se llenaban los bolsillos de cartas para los familiares hasta que los pillaron y no los dejaron entrar más” y “el padre Mazón daba misas de tres horas para que nosotros pudiéramos hablar”.

Recordó dos momentos que fueron un shock, cuando pudo ver después de mucho tiempo de torturas a su padre primero y a su esposa y a su hijo mayor después. Su padre era amigo del juez federal Gerarduzzi y logró que lo llevaran a atestiguar donde logró exponer los maltratos en el Penal. “Pobre mi viejo, era radical, no tenía nada que ver”, se lamentó. "Cuando fui a la Justicia Federal no podía ver a nadie. Yo me acuerdo que estaba en el camión, y me acuerdo que venía un amigo por la vereda y cuando yo lo intenté saludar se pegó la vuelta. No debe haber sido un buen momento para él”, recordó. “A los dos o tres meses (de estar en el Penal)  lo más importante que me pasó fue que me dejaron ver a mi mujer y a mi hijo Gastón, me acuerdo que estaba grande, fue un momento muy lindo”. Agregó que con la comida que le llevaban los familiares hacían festines los domingos para todos los presos “algunos eran de otras provincias y no los visitaba nadie, había mucha solidaridad”, describió.

En el banquillo seguían atentos el relato los ex militares acusados, entre ellos Jorge Olivera, señalado como el jefe de la represión en San Juan. Gioja fue enfático en no señalar a nadie en particular. “En ningún interrogatorio vi a nadie en ningún acto de tortura, nunca nadie me contó que había visto a nadie porque era siempre que decían 'contra la pared' y después capucha y manos atrás. Además, era inseguro mirar”. Sí señaló que a Olivera lo vio una vez en el pasillo por la mirilla de la celda, que supo que era él “porque los muchachos de la universidad lo conocían”. Pese a que le leyeron un acta de la época firmada en Marquesado donde decía que lo había arrestado personal militar, él ratificó que era personal policial. Y que luego dentro del penal, los gendarmes le decían que ellos sólo estaban para cuidarlos y que los que torturaban eran "los del Ejército". Citó nombres de gente que "se decía" que estaban metidos en la represión: Malatto, De Marchi, Olivera y Cardozo, pero subrayó que “no me consta que ellos hayan sido”.

También habló de otros presos en los pabellones, citando varios nombres de víctimas de la dictadura. Y contó que salió libre en enero de 1977 y que no terminó todo ahí porque en marzo, por la noche, volvieron los encapuchados. Su esposa estaba embarazada de su segundo hijo, Franco, y la encerraron en una pieza. “Yo me volví a encomendar a Dios y a la Virgen de Fátima. Se abalanzaron contra mí y me dieron vuelta la casa”. Dijo que le llevaron cosas que tenía guardadas desde el casamiento y su Dodge verde. Que lograron escapar y que se fueron a la Gruta de Fátima y no estaba el cura, que lo encontraron en otra iglesia y les dio asilo. Ahí él se escapó a Buenos Aires, donde vio cosas peores. Quería escapar a Colombia, pero su hijo Franco nació con problemas y decidió volver para estar con su familia. “Dije ‘que sea lo que Dios quiera’ y por suerte no pasó más nada. No fue fácil”.

Gioja mechó su testimonio con varias reflexiones como “había sesiones complicadas, de pegar en el estómago, en la parte de atrás de los riñones, el que venía contaba después lo que le había pasado. De no creer que los humanos podamos hacer estas cosas”, o “es muy triste ver por la ventana de una celda llover, uno quiere disfrutar la lluvia”. Pero una de sus frases más descriptivas fue: ”cuando salí me fui con mi señora y mi hijo a comprar un helado al Soppelsa de la calle Mendoza, a 40 grados, viendo pasar la gente, eso es la libertad”.

La defensa de los ex militares se quejó de que no sabía que hoy iba Gioja a declarar. No quiso hacer preguntas. La querella, la fiscalía y el tribunal sí pidieron precisiones al ”ingeniero” sobre algunas personas que vio durante el cautiverio. Gioja cerró su testimonio diciendo “viva la libertad y viva la democracia”. 

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