CASOS QUE CONMOVIERON A SAN JUAN

El cometa Halley, una desilusión a la vista

Durante tres meses del año 1986 –febrero, marzo y abril–, los sanjuaninos estuvieron en vilo por el paso del cometa Halley. Pero no se vio como se esperaba. Por Michel Zeghaib.
miércoles, 20 de junio de 2012 · 11:25

En el año 1986, la inminente aparición del cometa Halley había despertado entre los sanjuaninos muchas expectativas, además de un torbellino de historias y anécdotas, la mayoría fruto de la tradición oral, de abuelos que contaban lo que este “vagabundo del espacio” (así lo nombran las crónicas de 1986), había provocado en la lejana sociedad de 1910 como terror, suicidios y la inminencia del fin del mundo.
Todo estaba preparado. Corrían los últimos días del mes de marzo de 1986, y ya desde el mes de febrero se venía diciendo que entre finales de marzo y principios de abril, el cometa llegaría a su punto más cercano de la tierra: 66 millones de kilómetros. El resplandor de las luces de la ciudad, y el paulatino alejamiento del cometa respecto del sol, generaba un doble efecto, por un lado, un resplandor que podía impedir una visión clara del astro, por otro, una progresiva disminución de luminosidad. Todo esto hizo que aquellos que ese día decidieron observar el paso del Halley, tuvieran que levantarse de madrugada y, rápidamente, dirigirse al campo o algún lugar que tuviese la menor incandescencia posible para poder ser, al menos, un fugaz testigo del astro celeste.
El campo, distintos sectores de la Avenida de Circunvalación y diversas zonas alejadas del radio céntrico, fueron los lugares elegidos donde los sanjuaninos se habían instalado a la espera del momento de su paso. Algunos llevaban prismáticos, otros larga vistas o telescopios domésticos quienes, a su vez, los prestaban para que aquellos curiosos desprovistos de estos elementos, tuvieran la oportunidad de ver algo. Se podían observar en algunos sectores durante esos días, por ejemplo, de la Avenida de Circunvalación que fue uno de los lugares de mayor concentración por estar más a mano de muchos, algunas colas que esperaban su turno para mirar. Pero, todo fue una desilusión porque la visión no fue la esperada ya que nada se vio con claridad en este lugar de la provincia.
El problema fue algo que se preveía. Además de la escasa luminosidad, como ya se comentó, otro de los inconvenientes tuvo que ver con un problema de perspectiva. El Licenciado Francisco López García, astrónomo del El Leoncito, explicó en aquella ocasión lo sucedido con un ejemplo simple de entender: “Si miramos a la distancia un tren que pasa, observándolo en forma perpendicular a su recorrido, podemos apreciar cuan largo es, y si tiene veinte o veinticinco vagones. Pero si miramos el tren de frente, ubicándonos sobre las vías del ferrocarril, lo único que veremos es la locomotora porque los vagones están detrás de ella. Bueno, con respecto al Halley podemos decir que en este momento estamos sobre las vías del ferrocarril”.

Aficionado

Su aparición era esperada con mucha ansiedad, y las miradas, tanto de la Argentina y del mundo, estaban puestas en San Juan. El observatorio astronómico de El Leoncito fue en aquel 1986 uno de los principales protagonistas del acontecimiento histórico, ya que su límpido cielo permitiría tener una visión clara y detallada del astro celeste.
Científicos de todo el mundo acamparon en las inmediaciones de Barreal, Calingasta y Villa Nueva. Las primeras imágenes que se grabaron desde El Leoncito, datan del 26 de febrero de 1986 a las 5.57 hs y 6.25 hs, respectivamente. Pero, más allá de los sofisticados aparatos que poseía el observatorio, que en ese momento tenía el telescopio más importante del país, la primera fotografía que los sanjuaninos conocieron del paso del cometa Halley por el cielo de la ciudad de San Juan, fue toma por un fotógrafo aficionado con elementos corrientes el martes 25 de febrero, y una segunda el jueves 27 de marzo, ambas del mismo año. Esta segunda imagen fue captada desde el puente sobre el Río los Patos en Las Hornillas, aproximadamente a 60 km de Barreal, en el departamento de Calingasta.
Fue toda una primicia, no sólo en San Juan, sino en el país. La foto del cometa que el Sr. Héctor G. Contegrand logró captar, fue tomada en la madrugada del domingo 23 de febrero, precisamente cuando desde diferentes puntos del país se indicaba la aparición del cometa Halley. Contegrand registró la primera imagen del paso del astro desde el Valle del Tulúm a las 6.02 hs. Ese día, don Contegrand estuvo cerca de 10 minutos observando su paso.
Con todo esto y, aunque las expectativas fueron muchas, el cometa pasó sin mayores sobresaltos. Habrá que esperar hasta el 2062 –y con seguridad lo hará una futura generación–, su nuevo paso cerca de la tierra.

¿Por qué se llama Halley?

Su nombre se debe al matemático inglés Edmund Halley, quien en el siglo XVIII predijo el paso de un cometa, que ya había sido registrado con anterioridad. Edmund Halley, habiendo aceptado la cátedra de geometría en la Universidad de Oxford (1703), escribe su libro “Sinopsis de astronomía cometaria” en donde, haciendo uso de la mecánica celeste descubierta por su amigo Isaac Newton, calcula la órbita de 24 cometas entre los años 1337 y 1698. En ese desarrollo encuentra similitudes temporales y orbitales en los cometas de los años 1531, 1607 y 1682.  Para esa época se pensaba que los cometas eran maravillas celestes, pero no se consideraban miembros del Sistema Solar. Halley, desde un principio, sospechó que se trata del mismo cuerpo y predice su retorno para el año 1758.
Edmund Halley muere en 1742, dieciséis años antes del retorno del mencionado cometa, pero tres astrónomos franceses se encargaron de calcular, de manera independiente, la trayectoria y el momento del perihelio del cometa. El 25 de diciembre del 1758, Johann Palitzsch, astrónomo aficionado alemán, recupera el cometa en la constelación de Sagitario, ganándole por 27 días a Charles Messier, quien lo observa el 21 de enero del 1759. A partir de ese momento comenzó a denominarse a ese cometa, el cometa de Halley y se le asignó el código 1P, por ser el primer cometa que se le calculaba su periodicidad.
El paso del cometa en el año 1910, ha sido el más impresionante que haya tenido la historia de la humanidad. La tierra se introdujo en la cola cometaria el 18 de mayo. Según los relatos que se obtuvieron con testigos del evento, las noches parecían cubiertas de escarcha y presentaban un color gris brillante. Parecía que millones de minúsculas luciérnagas se habían escapado y flotaban en el cielo.  Pero, su paso en el año 1986, fue considerado por muchos como un fenómeno propagandístico, puesto que por las posiciones relativas de la tierra y el cometa, el mismo no iba a ser muy vistoso. Pero la gran difusión de noticias, trajeron como consecuencia que muchas personas decidieran organizarse para observar su paso.

1910, el terror, suicidio y leyendas en todo el mundo

Este astro vagabundo y errante, con cabellera y cola, se convirtió en el mensajero del fin del mundo. Ningún otro cometa como el Halley ha causado tanta fascinación, tanto miedo y tanta leyenda. Han pasado ya dos años del centenario de uno de los mayores acontecimientos astronómicos del siglo XX, un hito que paralizó al planeta ante el temor del fin de los tiempos, impulsando a millones de personas, presas del pánico, a asomarse al firmamento cada noche para contemplar hipnotizadas aquella larga figura celestial que desbordaba el cielo estrellado. Algunos no superaron el trance y prefirieron quitarse la vida convencidos de que el paso de la tierra por la cola del cometa, que contiene cianógeno, envenenaría a la humanidad entera. Los mensajes de tranquilidad de los científicos no pudieron evitar los suicidios de una minoría y la congoja de la gran mayoría.
Recién llegado el siglo XX, el encuentro con el Halley se vivió en todo el Globo durante la primavera de 1910 hasta el momento cumbre del 18 y el 19 de mayo en el que nuestro planeta cruzó la cola del cometa mientras la humanidad contenía el aliento. En las semanas previas, la prensa fue un hervidero de rumores, artículos de todo tipo y publicidad engañosa que, entre otros productos, ofrecía máscaras para protegerse de los supuestos efectos nocivos del cianógeno, uno de los gases que componen los cometas. El New York Times, por ejemplo, se hizo eco de aquella locura colectiva. También en la prensa española tuvo su impronta en diarios como La Vanguardia, en la que se escribieron numerosos artículos, todos ellos encaminados a tranquilizar a la sociedad.
Hoy, más de un siglo después del mítico paso apocalíptico del Halley en 1910, todos estos sucesos parecen remotos, y realmente lo son. Seguramente, aquella visita del legendario cometa fue la última en la que vino cargado de leyendas, ya que la del año 1986 pasó sin pena ni gloria. Habrá que esperar la del año 2062, en la que la humanidad lo recibirá, por los avances tecnológicos, sabiendo todo de él.

Culpable pero inocente

El 18 de mayo de 1910 el cometa Halley, en su punto más cercano de paso junto a la Tierra, provocó una ola de ataques de pánico y suicidios. Para algunos fue La fin del mundo, tal como titularon Abel González y Lidia Parise en un divertido, y hoy imposible de conseguir, libro publicado en 1971 para la colección La Historia Popular, Vida y Milagros de Nuestro Pueblo, del Centro Editor de América Latina, donde se narran numerosas anécdotas de ese día, según publicó el diario La Nación. Los astrónomos y demás observadores y entusiastas del espacio esperaban con gran alborozo el paso del Halley, un visitante que cada 76 años, tal como se documenta desde hace siglos, se acerca a nuestro planeta. Acercarse es un decir, ya que el cometa en aquella oportunidad lo hizo a sólo 400.000 kilómetros, muy poco en términos galácticos, pero insuficientes para que su cola, que se dice contiene un gas letal, se derramara sobre la superficie terráquea.
Pero es lo que justamente especularon los periódicos de la época, y muchos lo creyeron. Se dio el caso de trabajadores de una mina de carbón que prefirieron no bajar al tajo, donde la probabilidad de la llegada del gas sería menor, porque preferían morir junto con sus familias, o incluso un ganadero de California que se crucificó.




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