Daniel Giovenco, cantautor

Un sapo de varios pozos

Hoy tonadero, ayer rockero y punk. A los 50 años, Daniel Giovenco se da el gusto de seguir escribiendo canciones y que cada vez haya más artistas dispuestos a cantarlas. La historia de vida de un músico y poeta poco común, que es capaz de contar historias con la misma sencillez con que va viviendo, rodeado por sus libros, sus gatos y por Angelita, el amor de su vida. Por Susana Roldán
domingo, 05 de febrero de 2012 · 09:17

Casi de película. Así fue el debut musical de Daniel Giovenco, hoy de 50 años, con 3 hijos y 2 nietos. Por entonces tenía menos edad, apenas 3 años y el mismo pelo rubio que ahora luce muy largo, casi a la mitad de la espalda. Era casi un bebé entonces y era el casamiento de Lita, una de las cinco tías que llenaban su infancia de mañas y mimos, y el órgano de la iglesia empezó a desgranar algún repertorio adecuado para el momento. Ahí Daniel haciendo caso omiso a la solemnidad del momento y la honda emoción de los presentes, arremetió con Sapo Cancionero. “Claro que yo no me acuerdo –dice- pero la versión que me contaron fue que arranqué cantando esa canción en medio del Ave María o vaya a saber qué otra cosa, seguramente porque era la única que sabía. Me imagino que habrá sido algo bastante grotesco. Ese fue mi debut musical”.
Con semejante comienzo, nadie podría esperar que la historia que siguió fuera convencional. Más bien parece un relato ideal para ponerle público y convertirlo en un guión teatral, de tan lleno que está de imágenes y sonidos. “La música estuvo siempre, desde que me acuerdo está la música. Y pegada a la música, la poesía, que empecé a escribir apenas pude hacerlo. En la escuela primaria escribía cosas que otros leían en las fiestas patrias, yo nunca pude leer poesía y todavía no sé hacerlo: leyendo poesía, yo no convenzo a nadie. A la poesía la tengo que escuchar cantada”, dice. Y lejos de sentirse un elegido, ensaya una definición sobre lo que hace. “La palabra artista tiene connotaciones más burguesas, que no me gustan mucho. Es más una cuestión de sensibilidad que de arte”, dice.
Hasta los 7 años, vivió con su familia en un barrio humilde de Mendoza. “Ahí éramos todos raros, como una mosca en la leche: rubiecitos y de otro lado, en un barrio donde había tierra y nada más. Mi viejo se puso a hacer cosas, hizo la casa, puso luz y construyó una pileta comunitaria. La villa cambió con todo eso y parecíamos extraterrestres en medio de eso. Era Macondo esa villa, con las vías, el canal, las fincas alrededor. De esa época, se salvaron las imágenes”, rescata.
A la escasez de recursos, la reemplazó con imaginación. Fue durante la adolescencia, cuando empezó a componer muchos, muchísimos temas “que tenían una vida muy efímera: empezaban por el principio y ni bien los terminaba, dejaban de existir, porque no quedó registro de ellos: no tenía ni idea de cómo hacerlo”, dice. El proceso era tan caótico como creativo. “Yo inventaba la música y la letra, hacía arreglos imitando ruidos con la boca, porque todo estaba en mi cabeza. Y así se perdían”, relata entre risas.
Pero una vez, durante un festival en el año 1979, una de sus canciones escapó de ese destino de olvido y fue escuchada en público. “Alejandro Sánchez, que tenía un grupo que se llamaba Pleamar, tocó en público una de mis canciones, con arreglos y todo. Yo había hecho la melodía con una guitarra que tenía nada más que tres cuerdas, porque era lo que había, pero cuando la escuché sonaba increíble. Y fue una sensación extraña, única, fue sentir lo lindo que es que alguien le ponga interés a lo que escribiste. Eso mismo sigo sintiendo cada vez que otra persona canta algo mío”, explica.
De aquella guitarra prestada, con tres cuerdas solamente, aprendió casi todo lo que sabe. “La música es sencilla. Tanto, que con unos pocos acordes podés hacer la música del mundo”, define, antes de contar que recién tuvo una guitarra propia a los 35 años, “regalada por el Rulo Tejada”. Antes, sin embargo, Giovenco transitó por grupos y bandas punk que iban cambiando de nombre y reciclando integrantes con facilidad asombrosa. “Me acuerdo de Engendro, una banda punk con Beto Manrique y Hugo Rossomano, entre otros. Eso sí que era punk: poníamos 1 peso cada uno para alquilarle la batería a un grupo cuartetero, que nos ponía como condición devolverla antes de las 12 de la noche, porque sino teníamos que pagar otro día de alquiler. Pero una vez, la chata en que trasladábamos los instrumentos no quiso arrancar y para llegar a tiempo a devolver la batería, tuvimos que parar a un verdulero que iba en carretela y pedirle que nos llevara”, cuenta.
 Y ya en aquellos inicios rockeros, de canciones contestatarias, Daniel reconoce la huella tanguera. “El rock y el tango se tocan en muchas cosas, siempre lo han hecho. En mi caso, el mensaje de hoy sigue siendo el de entonces: putear a la reina. La mirada crítica no siempre es bienvenida y no cae simpática, por eso muchas veces te aleja de los escenarios. Pero yo prefiero eso a forzar lo que hago para conformar alguien”, dice categórico.
Las tonadas llegaron casi con la democracia, en 1984, y fueron echando raíces en los años siguientes. “Contra el menemismo globalizante, las tonadas eran la respuesta local y regional, desde la trinchera misma”, define. Así vieron la luz canciones que hoy lo sitúan como uno de los nuevos tonaderos más reconocidos, dentro y fuera de San Juan (ver aparte). Mientras tanto él, con simpleza, describe su música como si fuera un cuadro: “Puedo pintar lo cuyano y ahí está lo que los otros leen y escuchan. Yo sigo peleando, enojado a veces con algunas libertades que no puedo ejercer, pero sin sacrificar las cosas en las que creo”, sostiene.
Sobre el final de la charla, abraza la guitarra. La criolla, la de siempre. “La eléctrica es nada más que para la foto. Yo siempre preferí la criolla, es más pura. Y además, nunca tuve una guitarra eléctrica”, dice entre risas, mientras arranca con una de sus canciones como despedida y confirmación de esas verdades que no está dispuesto a resignar: “Vas a cantar una canción de pensar / Lenta, un suplicio para el dueño del bar/ que pide más y más arriba…”

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