LA HISTORIA DEL DOCTOR GUILLERMO RAWSON

El médico sanjuanino que sobrevivió a la persecución, el encierro y la tortura

Hoy se cumplen 122 años del fallecimiento de uno de los médicos más importantes que tuvo la historia de la provincia y el país. Poco se conoce que llegó a defender sus ideas políticas aun a costa de la libertad.
miércoles, 01 de febrero de 2012 · 09:40

Por Michel Zeghaib
Especial para Tiempo de San Juan

Al doctor Guillermo Rawson se lo conoce por muchas cosas. Fue médico higienista y sanitarista, fundador de la Cruz Roja Argentina, creador de la cátedra de “Higiene Pública” en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, diputado y senador. Pero muy pocos conocen los quince días que pasó encarcelado en el famoso cuartel de San Clemente, situado en el microcentro sanjuanino, por diferencias políticas.

Siendo estudiante de medicina en la Ciudad de Buenos Aires, había comenzado a pergeñar, junto a su amigo y compañero de estudio Juan Francisco Seguí, político y periodista santafecino, la posibilidad de provocar un levantamiento que derrocase al “tirano” Rosas. Varios años después, Gregorio Alfaro Aráoz, médico e historiador tucumano, pudo consultar las “Memorias” inéditas de Seguí gracias al nieto de éste, el doctor Juan Jacobo Spangenberg, donde contaba: “Los dos amigos ardían en tales designios y debían partir con rumbos distintos para tratar de lograrlos: Seguí creía que era Urquiza el caudillo indicado para realizarlo; Rawson pensaba que sería más fácil decidir a Benavidez. Y los dos, al separarse, se prometieron trabajar con perseverante empeño para minar la tiranía”(*1).

A pesar de todos sus planes, Rawson se convirtió en una presa de caza, después de que el 3 de febrero de 1852, Rosas fuera derrotado por Urquiza en la batalla de Caseros. La persecución se convirtió en su compañera durante esos agitados días, quizá como última estocada del resabio que quedaba de un sistema político que estaba olfateando su final.

El médico sanjuanino perseguido decidió tomar su arma, la palabra, y luchar la batalla que él consideró necesaria: derrocar la tiranía por el imperio de la libertad. Unitario por convicción, se enfrentó en numerosas ocasiones al entonces gobernador de la Provincia, el General Nazario Benavidez, federal del riñón del “restaurador de la leyes”, como se lo conocía en la calle a don Juan Manuel de Rosas.

Fue entonces, motivado por esa fatal oposición, cuando llegaron para Rawson los quince días más difíciles y dolorosos de su vida: la cárcel y la tortura.

El cuartel de San Clemente era un edificio destinado originalmente como un Convento de la Iglesia del mismo nombre, pero las necesidades políticas de la época lo convirtieron en cuartel de fuerzas militares que, con el tiempo, fue prisión. Bravíos y delincuentes, gobernadores, militares, políticos, montoneros y malhechores vulgares, encontraron en ese cuartel, la celda de sus delitos y más de una vez la toma de este lugar por los revolucionarios, representó el triunfo de los propósitos perseguidos (*2).

La entrada principal de ese cuartel daba frente a la actual avenida Córdoba, casi calle General Acha –en ese tiempo Córdoba y Sarmiento–. La construcción total, abarcaba la manzana completa: Córdoba, General Acha, Santa Fe y Tucumán. Con el paso del tiempo, dicho lugar fue ganando celebridad por los hechos que en él se desarrollaron. Allí estuvo el médico revolucionario. Durante dos semanas fue engrillado y torturado. La pesada barra de grillos colocada en sus piernas, según el testimonio del propio presidiario, le implicaba un enorme esfuerzo para moverse, además de las consecuencias psicológicas y morales que implicaba el escarmiento.

El médico encarcelado con su cuerpo llagado y casi desnudo, soportaba el kilaje de las gigantes cadenas de hierro que, según lo que expresa en la carta que le escribe a su amigo Hudson, pesaban el equivalente a una “arroba”, es decir, alrededor de 13 kilos soportaban cada una de sus piernas, mientras era obligado a moverse, arrastrándose como una serpiente que fue castigada por tentar a la sublevación (*3). Quizá todavía se lo pueda oír vociferar: “No puedo dormir bien, siempre sueño que estoy preso, engrillado o que me van a torturar. Si alguien me toca cuando estoy durmiendo me levanto, salto de la cama, porque me asusta. Hasta hoy tengo miedo…”.

A las pocas semanas del calvario que vivió en esa cárcel, cuando ya gozaba nuevamente de libertad, decidió escribirle a su amigo, un conocido historiador de la época, el mendocino Damián Hudson. Con un estilo irónico y punzante, la carta, fechada el 9 de Diciembre de 1853, muestra la situación política y emocional en la que se encontraba el doctor Guillermo Rawson.
A continuación, un fragmento:

“Señor Don Damián Hudson:
Nuestra frecuente correspondencia, tan interesante para mí, fue interrumpida por la amabilidad del señor Benavidez y quiso tenerme tan cerca de sí, tan exclusivamente ocupado de su cariño, que me hizo trasportar a San Clemente y asegurarme allí con una arroba de hierro puesta en mis pobres piernas…”(*4).

Pero ¿por qué Rawson termina con “una arroba de hierro en sus piernas”? El principal motivo, tiene su historia. Esos años, desde su regreso a San Juan –su ciudad natal– en el año 1844, pasando por el año de su reclusión, fueron años de fuertes tensiones políticas y sociales. La guerra civil entre unitarios y federales, época cargada de héroes y cobardes, víctimas y verdugos, marcaba el ritmo cardíaco del país y San Juan no estaba exento de enfrentamientos, alianzas, sangre y muertes.

El doctor Guillermo Rawson murió en París el 2 de febrero de 1890 como consecuencia de una insidiosa afección oftalmológica. Ciento veintidós años después, su vida y su obra han trascendido el tiempo y el espacio.

(*) Fuentes:

(1) ARÁOZ ALFARO, G. “Rawson, Ministro de Mitre”. 1938, p.18..
(2) Prof. Ernestina Rombolá de Belbruno. Diario de Cuyo. “De convento a cuartel”.  09/07/2011.
(3) ELISEO CANTON. “Conferencia sobre el Dr. Guillermo Rawson. Su obra de legislador e higienista. Primer centenario de su natalicio”. Buenos Aires, 25 de Junio de 1921, p.37.
(4) CANTON…, p. 32.

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