Personajes

Antonio Beorchia Nigris: El explorador indomable

Fue obrero de la construcción, empleado estatal, periodista, recopilador, pero se define como un explorador. Es uno de los que más anduvieron por las montañas sanjuaninas y fue uno de los descubridores de la momia del cerro El Toro. Acaba de publicar su último libro y lo presentó primero a Tiempo de San Juan. Por Viviana Pastor.
jueves, 08 de noviembre de 2012 · 11:15


Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

Cuando habla su tonada es indescriptible, mezcla de sanjuanino con acento de campo y algo de italiano que arrastra con gozo y mantiene con orgullo. Antonio Beorchia Nigris tiene 77 años, pero su espíritu no se ha enterado y él mantiene intactas las ganas de seguir cabalgando,  buscando quién sabe qué; porque, tal como él mismo se define, sigue siendo un “explorador”.
Sólo su cabello largo y blanco, su abundante barba, también del color de los picos nevados que tanto ama, le dicen al espejo que los años han pasado, pero eso no lo resiente. “Parafraseando a Neruda siempre digo: confieso que he vivido…  mucho”, bromea.
Antonio conoce como  pocos las montañas sanjuaninas, entre 1958 y 2004 conquistó 42 picos de más de 5.000 metros de altura del país, y varios otros del exterior; y fue uno de los descubridores de la famosa momia del cerro El Toro. El amor por esa vida inhóspita siempre pudo más y lo llevó al extremo: bajó de la montaña para casarse y a los 5 días de la ceremonia se despidió de su mujer para iniciar una nueva aventura en la montaña. Las críticas le llovían, pero para él esos picos alcanzables lo justificaban todo.
Antonio tiene anécdotas para llenar varios libros, ya escribió 4 él sólo y otros 10 como coautor o compilador. El último libro que escribió es sobre sus raíces italianas, “sobre la familia y la importancia de esas relaciones que ahora están casi perdidas”, dice. Ya imprimió algunos ejemplares y no lo ha presentado oficialmente, pero lo presentó a Tiempo de San Juan.
Es su currículum señala que fue empelado público por 30 años; y por la tarde, periodista de Diario de Cuyo, en la sección de los domingos Notas, Artes y Letras, tarea que puso su nombre en lo alto, en ambientes muy heterogéneos. Esa parte de su historia la conocen todos, pero casi nadie sabe que cuando Antonio llegó con sus padres y hermana de Italia en 1954, con 19 años, fue obrero de la construcción y ayudó a levantar las paredes de lo que hoy es el edificio de radio Sarmiento. “Me gustaba la construcción y en esa época San Juan aún estaba semidestruida”, dice.  Aunque ya tenía secundario completo, acá no se lo validaron y tuvo que hacerlo de nuevo en una escuela nocturna. “Mi padre compró toda esta cuadra –en calle República del Líbano pasando Vidart- y con los años se transformó en el clan Beorchia-Yacante”, cuenta.
Se casó a los 25 años con Edda Yacante –fallecida en el 2011- y migró a Buenos Aires, allá nació su primogénito, Daniele, quien hoy es sacerdote. Por 5 años trabajó en una fábrica de plásticos, ganaba muy bien y los dueños lo trataban como a un hijo. Pero la gran ciudad  ahogaba su espíritu indómito y se volvieron a San Juan.
Acá, entró en la administración pública como ordenanza y en unos años llegó a ser jefe de repartición. Casi al mismo tiempo empezó a escribir para el Diario de Cuyo, hasta que en el ’95 lo echaron, junto a un grupo de compañeros “de salarios altos”. “Me sentí cómodo en el diario, hacia trabajos buenos o por lo menos eran apreciados”, señala. Muchos lectores aún recuerdan esas aventuras dominicales, Antonio tenía un público cautivo al que hacía viajar a los lugares más recónditos de San Juan con sus relatos sencillos, directos y llenos de información. Según Beorchia, la escritura fue para él un don natural, “en la escuela siempre era el mejor escribiendo y me nacía naturalmente”. Sin poder desprenderse de esa habilidad, ahora Antonio es corrector de la revista de la Confederación Gaucha.
En su casa tiene un corral donde guarda su caballo, al que suele soltar por las tardes para que paste en el enorme jardín, o van juntos hasta el hipódromo, que está a una cuadra. Las flores invaden de aromas el patio trasero y los canarios no dejan de cantar ni siquiera cuando ya casi cae la noche. Y en el living, sobre un bar de algarrobo y al lado de la puerta principal, reposa su montura completa y armada, lista para salir.

Tiempos de antes

Explorar montañas hace 50 años no era lo mismo que ahora. Sin GPS, sin topa térmica, sin carpas o bolsas de dormir especiales, era puro sacrificio y poner a prueba los propios límites.
El pico Polaco, de 6.020 metros de altura, el más difícil que hizo y al que  muy pocos se animaron, lo escaló en 1958 junto a Edgardo Yacante, su cuñado, Sergio Fernández y Oscar Kummel, el gran maestro de teatro fallecido el mes pasado. “Nadie sabía que Kummel era un gran escalador, de los buenos; con él hicimos varios picos, incluso el Aconcagua”, destaca. Sólo Beorchia y Yacante siguieron hasta el final, pero la noche los sorprendió en el glaciar y allí, sobre el hielo, se acurrucaron los dos. “Qué frío, qué tiritones mi Dios, menos mal que nevaba y hacía menos frío. Teníamos ropa de fajina militar, ni pensar en duvé en esa época. Los botines se nos caían a pedazos, estaban llenos de agua; nos sacamos las medias mojadas. A la madrugada estaba todo duro, no nos podíamos poner nada”, cuenta. 
Sin telas térmicas ni cortavientos, en el cuerpo la vestimenta era al estilo polaco: muchas capas de ropa de distinta densidad, “como una cebolla”. “Nunca tuve problemas de puna ni me descomponía. Jamás cobré un centavo porque siempre hacíamos excursiones con amigos y si era alguien de afuera sólo pedía que solventaran mis gastos. Yo no podía cobrar porque son vivencias personales y a mí me gustaba ir a gozar, no a servir”, asegura.
En 60 años de excursiones y búsquedas, Antonio jamás tuvo experiencias sobrenaturales. “Nada, nunca. Soy un tipo racional, he dormido al aire libre durante años porque no me gusta meterme en carpa y nunca vi un plato volador, ni un aparecido, ni la luz mala, porque no creo. Me han contado cada historia, pero ven cosas raras quienes quieren verlas, yo en cambio, siempre encontré una respuesta racional”, explica.

Sus días hoy

Con Edda, su primera esposa, Antonio tuvo 5 hijos, 12 nietos y 6 bisnietos. Hoy, casado en segundas nupcias con Alicia Pereyra, cuenta que tomó esa decisión porque no le gustaba estar solo en su casa, “me da tristeza, depresión. Ella me acompaña, somos buenos compañeros”. Con Alicia sigue haciendo expediciones; hace 3 meses recorrieron a caballo las sierras de Valle Fértil, las de Chávez y Elizondo y bajaron por  Astica. Durante toda la charla, Alicia ceba mate y le toma la mano sonriéndole con complicidad ante cada anécdota.
“Cuando me jubilé encontré el sosiego que no tenía, porque siempre tuve dos trabajos. Ahora mis días son espectaculares. Me levanto temprano, llevo a mi bisnieta a la escuela, vuelvo y nos sentamos a tomar mate en el jardín y charlamos tranquilos. Luego miro los mails, hago jardinería; y por la tarde me voy al hipódromo o salimos a pasear o al campo, y así se deslizan los días. Vivo. Jamás he sabido lo que es el aburrimiento, me verás enojado, pero aburrido no; si no tengo nada que hacer, pienso, y si no, rezo el rosario”, dice.
La religión es algo que lo encontró de grande. “Me convertí al catolicismo cuando tenía unos 40 años, porque a los 16 me creía comunista, como todos, uno a los 20 es incendiario, y a los 40, bombero”, relata. Pero los temas espirituales siempre lo intrigaron, leyó libros de varias religiones,  pero no había leído la biblia. “Un día llegó un evangelista a la puerta de mi casa y me regaló una biblia, la leí varias veces, era una biblia protestante, pero un sacerdote amigo me dijo que estaba mejor traducida”, señala. Durante muchos años participó activamente de grupos católicos y hoy está “en la retaguardia”.
Recordando su Ampezzo natal, un pueblo en medio de los Alpes, Antonio cuenta que vivía rodeado de verde y vegetación abundante, en una granja con muchos animales. Sin embargo, cuando llegó al paisaje desértico de San Juan no se sintió desilusionado, al contrario. “Me encantó el desierto sanjuanino. A los médanos voy todos los años, ¿qué me gusta de las arenas? no sé, pero me gustan. El que no ama el campo no entiende, yo lo encuentro precioso. El campo tiene música propia. Hemos aprendido a andar sin baqueano y sigo andando, pero ya no escalo, voy hasta donde me lleva el caballo”, dice.

CV
Beorchia Nigris fue director de Parques y Paseos de la provincia y de Recursos Naturales; fue fundador de la primera Escuela de Apicultura de la Provincia; fue presidente del Club Andino Mercedario y director de su revista; fue director y coautor de seis tomos del Centro de Investigaciones Arqueológicas de Alta Montaña.
“Doné todos mis hallazgos al Instituto de Investigaciones Arqueológicas de la UNSJ”, asegura, y continúa enumerando: fue miembro de la Asociación de Museos Privados de San Juan, de la Confederación Gaucha Argentina y de la Agrupación Gaucha Martín Fierro.


La famosa momia
Beorchia Nigris vivía en Buenos Aires cuando el presidente del Club Andino Mercedario, el “polémico” Erico Groch, organizó y lo invitó a la primera expedición al Cerro El Toro, en 1963. Por entonces San Guillermo era tierra desconocida, antes de eso Groch había intentado llegar pero no pudo. Armó un grupo con Crispín Godoy, Serg Job, y a Beorchia, pero a la cima sólo llagaron Groch y Beorchia. “Era una zona nunca explorada. Subimos a la 5ta loma y vimos un murito, y Erico dijo: ‘yo sabía que acá había algo’. Cuando llegamos vimos una plataforma ceremonial de 7 x 12 pasos, al lado, al noroeste, había un círculo de 9 piedras y en el medio una cosa blanca. Al principio creí que era un huevo de avestruz, pero era muy grande. Intenté  levantarlo y no pude. Empecé a socavar y me tiré de panza cuando vi una cara que me miraba. ¡Fue como si me hubiese dado la corriente, por Dios! Esas cosas no se olvidan. Tenía los ojos entrecerrados y estaba muy bien conservado”, recordó. Logró sacarlo. Estaba en posición fetal, que simboliza el retorno al seno de la tierra; envuelto en una manta, con un ratoncito de montaña con la cabeza despegada, también sacrificado. Dejaron la momia nuevamente en la fosa, la taparon. “Consideramos que no correspondía bajarla, siendo nosotros neófitos en esos temas. Le conté a Rogelio Díaz Costa y se agarraba la cabeza, él se había especializado en el tema y tenía muy buena pluma”, dijo.
Al poco tiempo, otra expedición solventada por Diario de Cuyo, volvió al cerro y bajó con la momia. “Creo que hizo bien el diario en bajarla, porque ya se sabía que existía y podía sacarla cualquiera. Don Francisco (Montes) era un ejecutivo y les dijo ‘vayan’”, contó.

El último libro
“Lo he escrito para mí. Me dirijo a mi hijo Daniele, como si le estuviera escribiendo una carta, en un trato coloquial, para que sienta el lector que le estoy hablando. La idea es hacer apología de la familia tradicional, padre, madre e hijos, a través de mi familia y familias que conocí. Quería contar cómo era el matrimonio, la relación con los hijos, la certeza de la indisolubilidad del matrimonio. Quise mostrar valores de la familia tradicional, porque el respeto y todo se está desmoronando”, dijo Antonio.
El libro Carta a mis descendientes, vio la luz hace pocos días. Tiene 600 páginas y muchas fotos familiares. En él, Beorchia cuenta cómo era la historia de Ampezzo, sus invasiones y su actualidad, cada vez más despoblada. “El material lo fui recolectando durante 50 años, en una caja llena de fichas con historias que me contaban mis padres y que yo iba anotando para no olvidarme. En viajes a Italia descubrí documentos de abuelos y bisabuelos, cosas de la familia que nadie sabía”, aseguró.

Textuales
“Siempre me encantó San Juan, y me sigue gustando”. 
 “Jamás me verán aburrido”.
“Soy un explorador”.