Empresarios: Patricia Gallardo

“No me rijo por reglas”

La dueña de La Base y de Faustina cuenta por primera vez cómo se inició en el negocio del café y la comida. Sus pilares son su familia y sus amigos y asegura que la vida es actitud y esfuerzo. Por Viviana Pastor.
martes, 20 de diciembre de 2011 · 09:32

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com
 
Dueña de una voz que impone y una actitud ganadora, Patricia Gallardo asegura que su exterior es pura coraza y se define como una mujer “súper sensible”.

“La Pato”, como la conocen todos, es profesora de educación física, pero su espíritu emprendedor la llevó a iniciar su propio negocio cuando tenía 30 años con un cheque “robado” a su padre, que ya devolvió con intereses, se apura en aclarar. Su café, La Base, es hoy uno de los más concurridos de la provincia y el restaurante-café Faustina, que abrió hace un año con dos amigos, ya tiene su fama bien ganada.

Esta joven empresaria de 38 años, nunca pensó que su primera iniciativa sería un café. “No me imaginaba con un café, fue algo muy loco, si nunca en mi vida me había sentado a tomar un  café. Me imaginaba con otra cosa y siendo profesora de educación física tampoco me veía con un gimnasio pero sí me veía si haciendo algo para mí, porque sentía que era capaz de hacer algo más. La vida me enseñó que todo es actitud y esfuerzo, nada más”, dice la blonda.

La Base comenzó a funcionar en el 2002, plena crisis nacional. En esa época, Patricia le ayudaba a su padre a administrar la cosecha de ajo que tenía en Tamberías, Calingasta. En el 2001, cuando la economía nacional se caía a pedazos y el corralito sacaba a los ahorristas a la calle, el dólar tomaba un gran impulso y la cosecha de los Gallardo, que se vendía en dólares, se quintuplicó. “Yo llevaba esa contabilidad en un cuaderno, yo le cobraba en Mendoza y había un cheque traspapelado que no lo había tenido en cuenta. La llevé a mi mamá a la pieza y le dije: ‘mirá, este cheque el papá no tiene idea que está; si vos me das el ok yo hago algo, tengo que hacer algo para mí’. Y mi mamá me autorizó. Ese año toda la Argentina estaba pésima y a nosotros nos fue bien. Siempre fuimos una familia muy humilde, viviendo día a día. Mi viejo siempre muy laburador y nos inculcó eso a todos gracias a Dios”, cuenta Patricia.

Con ese cheque en la mano empezó a diseñar el negocio. En principio quería poner una fotocopiadora o un drugstore, algo chico.  Caminó mucho buscando el lugar apropiado y llegó a la esquina de Mitre y Entre Ríos. Y aunque le pareció muy grande para lo que quería, llamó a un amigo arquitecto y le preguntó si con la plata que tenía podía hacer algo allí. “Algo vamos a hacer”, le dijo el arquitecto y se largó de cabeza, empezando de abajo y con la idea de poner un bar para chicos y jóvenes, ya que por entonces la zona estaba infectada de cyber.

“Esa idea me duró el primer mes porque me quería morir cuando vi el desastre que hacían los pibes. Me rayaron todo, mesas, paredes, me metía al sótano y limpiaba, pintaba y otra vez a rayar todo;  venían con consumiciones de fuera y me decía ‘¡qué hice!’. Decidí cambiar el concepto y les dije a los empleados que si veía un chico metido en el local les iba a descontar  50 pesos del sueldo y que prefería ver el bar vacio. Fueron 2 años de remarla muchísimo para revertir la concepción que tenía el bar. Pero todo con esfuerzo se puede, y se pudo”, dice en tono giojista.

Después se puso un quiosco por Rivadavia pasando Mendoza, un drugstore que vendió luego de hacerlo andar. Con La Base como “la gallinita que ponía huevos”, con un socio abrió otro café, Costelo, en la esquina de Laprida y Mendoza. Lo mantuvo durante 2 años hasta que nació el restaurante Faustina, se dio cuenta de que ya no podía atender tantos locales y también lo vendió.

Con Faustina apuntaron a algo diferente con una buena ambientación, un buen diseño y mobiliario, y buscaron imponer la barra grande y generar en los sanjuaninos el hábito de tomarse un buen trago directamente en la barra. “Creo que lo hemos logrado, por ahí la gente ve el lugar y cree que es para cierta gente y nosotros estamos abiertos para todo público.

Tenemos abierto todo el día y con el Centro Cívico trabajamos mucho en la mañana y al medio día y por la noche ya logramos generar la clientela propia. Abrimos todas las noches, cosa que no hacen los restaurantes en San Juan y hemos tenido muy buena respuesta, estamos muy satisfechos y con pilas para seguir haciendo cosas”, asegura.

Patricia dice que está muy feliz de sus logros, La Base tiene 8 años y medio y Faustina cumplió un año. “Todo este éxito ha sido a base de esfuerzo, porque no es poner un café y dedicarse a otra cosa, hay que estar al 100 % y eso me lo permite el hecho de vivir sola, no tener hijos. Es sacrificado pero  muy gratificante”, destaca.

¡Ah! El cheque que dio inicio a todo lo devolvió con 4 ruedas. Hace algunos meses Patricia le compró un cuatriciclo a su padre, que sigue trabajando en Tamberías. “Me dijo mi papá: ‘¿dónde te hago el depósito?’ Yo le dije ‘el depósito ya me lo hiciste hace 8 años y medio atrás.  Esto es por el cheque que te robé hace 8 años’”, cuenta Patricia. 

La familia, los amigos

Para esta joven empresaria su familia y sus amigos son sus pilares, por eso la persona que quiera estar a su lado tendrá que aceptar eso a rajatabla, aclara. Sus padres, Héctor Gallardo y Elsa Pujado, más conocidos como el Gringo y la Yeya, nacieron en Tamberías, pero como en esa localidad no había escuela, ambos se vinieron a la Ciudad para poder estudiar. El Gringo se recibió de  enólogo y por varios años trabajó en bodegas en Mendoza y Rosario, hasta que un día decidió, al igual que su hija, ser su propio patrón. Se asentó con en Tamberías a trabajar las tierras que le había dejado su padre.  “Plantó cebolla, ajo, tomate y como es la tierra, había años que perdía todo y años buenos. Mi viejo es un tipo que la laburó de sol a sol; en el 2001 pudo disfrutar su producción y remontó un poco. Ahí anda con sus 79 años que no se baja del cuatri”, dice su hija con una gran sonrisa.

La familia se vino a la Ciudad para que los hijos estudiaran y las vacaciones las pasaban en Tamberías. Cuando Patricia cumple los 17 años, su hermano se fue a España, su hermana se casó y se fue a vivir a San Luis y sus padres deciden quedarse en Tamberías.

“Mi familia se dispersó y me quedé sola, eso fue durísimo para mí. Pasé dos años en los que caminaba por las paredes, pero aprendí un montón y ahora me parece que fue una buena experiencia vivir sola de pendeja. En aquel momento no estaba muy bien visto y me costó mucho, pero tenía el apoyo afectivo, a la distancia, de mi familia porque somos muy unidos”, destaca.

Estudiar Educación Física fue una elección sencilla: No quería estudiar nada que tuviera matemática y siempre había sido muy deportista. Apenas se recibió empezó a trabajar en las escuelas de verano y llegó a tener 3 en el mismo año. Aparte tenía horas en el colegio La Inmaculada, donde trabajó varios años.  “Pero yo quería hacer algo para mí, era un desafío personal porque me daba cuenta que me gustaba trabajar y que lo hiciera dependía de las ganas y el esfuerzo que le pusiera”, dice; esa la idea que empezó su historia de empresaria.
 
Patricia se define como una persona muy activa, rodeada de amigos. “Me gusta mucho compartir asados con amigos, que junto con mi familia son mi sostén diario. Soy una persona muy independiente, muy sensible, extremadamente sensible”, asegura.

En su tiempo libre le gusta irse a donde esté su familia, a San Luis o a Tamberías. Le gusta organizar comidas en su casa e invitar y agasajar a su gente. Le gusta mucho viajar, pero mantener activos los locales no le permite viajes largos, aunque sí se proyecta viajando en el futuro.

A la Pato le gusta cocinar y su fuerte es el asado. “Para mí el ritual de prender el fuego y tenerlas a mis amigas al lado es impagable. Me gusta la buena música y en mi casa siempre vas a tener un buen equipo de música, un buen asado y un buen vino”, asegura. Dice que musicalmente es muy amplia y que le gusta de todo, salvo la cumbia y el metal.

Dice que su actual posición económica le permite darse algunos gustos, como comprarse el auto que le gusta o regalarle a su padre el cuatriciclo. Pero asegura que no es muy ambiciosa y que regalar a su gente querida le “llena el alma”, porque es algo que antes no podía hacer.

Para el final deja su slogan: “No me rijo por reglas. San Juan es muy complicado pero yo vivo mi vida y me parece que todo depende de cómo uno lleve sus cosas, es una cuestión de actitud”.

Más proyectos

Tamberías le tira, por eso Patricia ya proyecta un emprendimiento turístico allá. “Me gustaría explotar estas ganas de trabajar y me veo haciendo un complejo de  cabañas en Tamberías, que es un lugar hermoso y está cerca de Barreal”, dice. La idea es construir el complejo en la propiedad de sus padres, con todos los servicios y pasar más tiempo allá. “Pero ir y venir cada tanto, porque no podría estar siempre allá. Quiero tener en Tamberías el motor que me relacione con la naturaleza y tranquilidad, que es algo que hoy me está faltando. Esto de estar al palo siempre hace que me desubique cuando tengo tiempo libre.  Necesito lograr tener la paz interior que busco y que hoy me cuesta por el mismo ritmo de vida que llevo”, se critica.

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