En el silencio tibio de las casas del interior sanjuanino, el telar suena como un pulso antiguo. No es un ruido cualquiera: es madera que respira, hilos que se tensan, manos que repiten gestos aprendidos hace generaciones. Allí, entre ruecas, peines y ovillos de lana, el tiempo parece moverse distinto. Más lento. Más profundo.
Antes de que exista un poncho o una frazada, hay un camino largo que empieza en la naturaleza. La lana nace en el lomo de la oveja y pasa por un proceso paciente: se esquila, se lava, se seca al sol, se abre con las manos. Después viene el hilado, ese girar constante del huso que convierte lo blando en hilo firme. “Hay que limpiarla, lavarla… lleva mucho tiempo para llegar a hacer el hilo”, cuenta Analía Espejo. En cada vuelta del huso hay algo más que técnica: hay repetición, memoria, herencia.
Pero no siempre alcanza el tiempo. La vida apura, las manos no dan abasto. Entonces, a veces, la lana ya llega limpia, lista para trabajar. No es lo mismo, pero permite seguir. Porque lo importante, al final, es que el telar no se detenga.
El color llega después, como una decisión y como un arte. Hay quienes buscan en la naturaleza: hojas de nogal, cáscaras de cebolla, raíces escondidas en la tierra. Se hierven, se dejan reposar, se cuelan, se espera. El agua se vuelve tinta y la lana, lentamente, absorbe el mundo que la rodea. Son colores que no gritan, que parecen venir de lejos: marrones, ocres, tonos que se parecen a los de la montaña.
Y están también los colores intensos, los que no existen en la naturaleza pero sí en el deseo. Ahí aparece la anilina, la química, el fuego del fogón. Faustina Godoy lo explica con la sencillez de quien lo ha hecho mil veces:
“Empiezo a calentar el agua, le pongo la anilina del color que quiero… hago una prueba y si no es el tono, le agrego más hasta lograr el color que deseo”. No hay recetas exactas, hay ojo, experiencia, intuición. Como si el color también se tejiera.
Después llega el momento de preparar el telar. Los hilos se ordenan, se tensan, se cruzan. Urdir, enlizar, peinar. Palabras que suenan técnicas pero que en la práctica son casi un ritual. Cada hilo ocupa su lugar, cada movimiento tiene su razón. Y recién entonces, cuando todo está listo, comienza el tejido.
En el corazón del telar también hay decisiones que cambian el resultado final. No todos los tejidos se hacen igual: algunos se trabajan con peine y otros con pala, y la diferencia se siente tanto en el proceso como en la prenda terminada. La pala, una pieza de madera, golpea la trama hilo por hilo, logrando un tejido más compacto y de mayor calidad, más denso y resistente. El peine, en cambio, es un instrumento dentado que permite un trabajo más rápido: ordena la urdimbre y ayuda a compactar la trama, dando uniformidad al tejido, aunque con un ajuste menos preciso y una densidad menor que la que se logra con la pala. Así, cada herramienta no solo marca un ritmo distinto de trabajo, sino también el carácter final de lo que se teje.
El telar se mueve y el tejido crece, centímetro a centímetro. No hay apuro posible. Un poncho puede llevar días, semanas, meses. “Es un trabajo de muchas horas”, dice Faustina, y en esa frase cabe todo el peso del oficio. Porque tejer no es solo hacer: es sostener la paciencia, aceptar el ritmo, convivir con el tiempo.
En algunos talleres, las herramientas también cuentan historias. Roque Poblete muestra un peine de alambre que tiene más de cien años. Pasó de manos, de generaciones, y sigue ahí, firme, ordenando hilos como lo hizo siempre. “Con eso tejimos estas cosas”, dice, como si no hiciera falta explicar más. En ese objeto viejo vive una forma de entender el mundo.
Las prendas que salen del telar no son solo abrigo. Son memoria. Faustina guarda dos colchas que le regaló su madre cuando se casó, hace más de tres décadas. Están intactas, como si el tiempo no hubiera pasado. “No van a salir de mi casa mientras yo esté viva”, asegura. Y no es una exageración: hay cosas que no se venden, porque tienen un valor que no entra en ninguna cuenta.
Embed - Tiempo de San Juan on Instagram: "Tejer la memoria: el paso a paso del telar, entre tradición, lana y tintes En el silencio tibio de las casas del interior sanjuanino, el telar suena como un pulso antiguo. No es un ruido cualquiera: es madera que respira, hilos que se tensan, manos que repiten gestos aprendidos hace generaciones. Allí, entre ruecas, peines y ovillos de lana, el tiempo parece moverse distinto. Más lento. Más profundo. Antes de que exista un poncho o una frazada, hay un camino largo que empieza en la naturaleza. La lana nace en el lomo de la oveja y pasa por un proceso paciente. Después viene el hilado, ese girar constante del huso que convierte lo blando en hilo firme. En cada vuelta del huso hay algo más que técnica: hay repetición, memoria, herencia. Mirá más en @tiempodesanjuan #sanjuan #tiempodesanjuan"
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Sin embargo, no todo el mundo lo ve así. Hay quienes miran una prenda y preguntan el precio sin entender lo que hay detrás. “La gente que entiende lo paga… el que no, no lo va a entender”, dice Faustina, sin enojo, pero con una certeza tranquila. Porque explicar horas, semanas, historia, no siempre alcanza.
Aprender a tejer tampoco es inmediato. Hace falta tiempo, práctica, errores. “Un año más o menos para hacer las cosas bien”, calcula María Díaz. Y aun así, siempre queda algo por aprender. El telar, como la vida, nunca se termina de dominar.
Hoy, entre tradiciones que resisten y cambios que empujan, el oficio sigue vivo. Algunos venden por redes sociales, otros abren sus casas a turistas, otros enseñan a quien quiera acercarse. “Me gustaría transmitirlo”, dice Faustina. Y en ese deseo hay algo más grande que cualquier prenda.