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Historias

Silvana, la mujer que transformó el dolor en esperanza: "La fe me mantuvo de pie"

Tras perder a su hijo recién nacido y enfrentar un cáncer de cuello de útero en estado avanzado, Silvana Gómez encontró en la fe y el amor de su familia la fortaleza para seguir adelante.

Por Cecilia Corradetti

Silvana Gómez, de 46 años, oriunda de Santa Lucía, San Juan, atravesó una de las experiencias más desgarradoras que una madre puede enfrentar: la pérdida de un hijo recién nacido. Años después, cuando creía que el dolor ya había marcado su existencia de la manera más cruel, recibió otro golpe: un diagnóstico de cáncer de cuello de útero en estadio avanzado. Sin embargo, hoy su testimonio es un canto a la vida, a la resiliencia y a la esperanza.

"En diciembre de 2020, en una ecografía de control nos enteramos que nuestro bebé, Alberto, a quien hoy llamamos ‘Dulce bebé’, no estaba creciendo, la placenta no estaba desarrollándose", relata Silvana en diálogo con Tiempo de San Juan. A pesar de los intentos por prolongar el embarazo, los médicos tomaron la decisión de practicar una cesárea de urgencia el 15 de diciembre. Su pequeño guerrero nació con apenas 480 gramos y luchó durante cinco días hasta que su corazón dejó de latir.

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"Nunca pude tenerlo con vida en mis brazos, sólo cuando nos despedimos aquella tarde, y ya su corazoncito no latía", confiesa. El duelo la sumergió en un abismo de tristeza. "Todo lo que fuimos comprando y preparando para recibirlo en casa, está en el mismo lugar. Creo que aún tengo la esperanza de despertar de este mal sueño y verlo en mis brazos".

La angustia se instaló en su vida de manera irreversible. "El dolor de una pérdida no se supera, se aprende a vivir con él. No puedo ver un bebé, una mujer embarazada o niños pequeños sin sentir una profunda tristeza y deseos de llorar", admite.

El cáncer y la lucha por seguir de pie

El impacto de la pérdida hizo que Silvana descuidara su propia salud. "Los puntos de la cesárea se infectaron, algunos se desprendieron y no fui al médico inmediatamente", confiesa.

"Sabía que en el consultorio iba a encontrarme con mamás embarazadas, escucharlas hablar entre ellas, contando su embarazo... Eso no quería... No podía", recuerda.

En septiembre de 2022, una molestia persistente en el bajo vientre la llevó a consultar a su ginecólogo. "Me hicieron controles ginecológicos y una biopsia. El 21 de septiembre las sospechas se confirmaron: cáncer de cuello de útero, carcinoma escamoso invasor, estadio III C".

La enfermedad estaba avanzada y la cirugía no era una opción viable. "Cuando escuchaba al doctor sentía que estaba en una pesadilla. Me repetía: 'Despierta, despierta'. Pero no... Era la realidad".

El pronóstico no era alentador, pero el apoyo de su familia y de su oncólogo le dieron la fuerza que necesitaba. "En la primera visita al oncólogo las esperanzas de sobrevivir eran muy pocas. Pero encontrar un médico que me mirara con total empatía y me dijera: 'El tratamiento es duro, pero junto a tu familia y mi equipo lo vas a terminar muy bien'... Eso me dio fuerzas", evoca.

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Entre el dolor y la fe

El tratamiento fue devastador. "Salir de las quimios era como salir de una batalla. Cada centímetro del cuerpo dolía, respirar costaba. La radioterapia era un ardor que se intensificaba cada día", señala.

En los momentos más oscuros, su esposo Facundo y su hija Inna fueron su motor. "En dos oportunidades, tirada en la cama llorando del dolor, le dije a Facundo: 'Ya no puedo más, la enfermedad me está venciendo'. Pero ese bajón solo duraba unos instantes. Escuchar la risa de mi hija mientras jugaba era el combustible que me levantaba para seguir luchando".

Más allá del dolor físico, Silvana tuvo que enfrentarse a una pregunta desgarradora: "¿Por qué yo?". Pero con el tiempo, cambió su enfoque: "Aprendí que la pregunta que debemos hacer es '¿Para qué yo?'".

La enfermedad le enseñó a valorar cada momento y a comprender que "el amor sana". "La vida tiene tristezas, pero no estamos solos para sobrellevarlas. Cada sonrisa que expresamos y que recibimos es un regalo de Dios", reflexiona.

Un mensaje de esperanza

Hoy, Silvana puede decir que está sana. "Desde el momento en que empecé el tratamiento, despertaba cada mañana agradeciendo a Dios por la sanación que me estaba dando y lo continúa haciendo. Para Él no hay nada imposible. Sano mi corazón y también mi cuerpo".

Su mensaje es claro: la actitud es clave. "Al padecer cáncer, lo único que podemos controlar es la actitud con la que enfrentamos lo que nos toca vivir. En el camino caeremos, lloraremos, nos levantaremos y viviremos muchos sentimientos encontrados. Pero es vital y sanador darnos un espacio para sentir y expresar", completa.

Y concluye con una frase que la sostuvo en sus peores momentos y que representa un mensaje de esperanza a quienes atraviesan cuadros similares: "Tengan fe. La fe me mantuvo de pie. Fe en Dios, fe en el amor de mi familia, fe en que las oraciones son escuchadas".

“En la adversidad más extrema --concluye-- la vida puede encontrar un nuevo sentido”.

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