En un templo icónico, su figura genera asombro y hasta se convierte en el mayor centro de atención. Sus particulares características generan mucha curiosidad entre los visitantes, principalmente de aquellos que nunca escucharon de él. A un costado del altar, casi en silencio pero con una presencia profunda, está la imagen más impactante de la parroquia de Jáchal: el Cristo Negro.
Su piel oscura, su cuerpo articulado y el dramatismo que encierra su rostro generan una sensación difícil de explicar. Todo ello surge de la combinación de la historia jachallera y pueblos originarios con la devoción católica.
Al Cristo Negro también lo llaman el Señor de la Agonía. Su origen data de 1783, cuando el cura José Gregorio Garfías lo trajo desde la Villa Imperial de Potosí. Proveniente del Alto Perú, fue hecho en cuero moldeado por manos indígenas. Por diversos motivos, el Cristo no es una imagen cualquiera. Tiene pelo humano, dientes humanos y un cuerpo que puede moverse. Durante los ritos de la Pasión, se lo descolgaba para mostrarlo en su sufrimiento y con la cabeza levemente inclinada.
Debajo de sus pies, una placa de mármol cuenta parte de su historia. De manera sencilla y precisa, relata que fue traído desde Bolivia en tiempos del Virreinato, por el cura José Gregorio Garfías, quien tuvo un rol clave en el contexto de la campaña sanmartiniana. Todo lo que se dice del Cristo está respaldado por los registros del archivo parroquial, según la placa.
“Este Santo Cristo llamado comúnmente ‘El Señor de la Agonia’ se venera en esta iglesia desde 1783, año en que fue traído de la Villa Imperial de Potosí -Bolivia- siendo cura vicario de esta parroquia el presbítero José Gregorio Garfías quien adquirió la sagrada imagen”, menciona la placa. “Este Santo Cristo llamado comúnmente ‘El Señor de la Agonia’ se venera en esta iglesia desde 1783, año en que fue traído de la Villa Imperial de Potosí -Bolivia- siendo cura vicario de esta parroquia el presbítero José Gregorio Garfías quien adquirió la sagrada imagen”, menciona la placa.
La cruz que lo sostiene fue adaptándose a las remodelaciones de la histórica parroquia. Fue colocada en los últimos años, siendo construida con manos pacientes y nobles maderas el carpintero y artesano Miguel Tejada.
El Cristo Negro está ahí, en un costado que se transforma en el epicentro del templo. Quien entra a la parroquia, no puede irse sin haberlo mirado. Sin haber sentido, al menos por un momento, una mínima sensación muy difícil de describir. Seguramente, más de un visitante siempre recordará a la parroquia, a Jáchal o a San Juan con esa peculiar forma que enorgullece al departamento del Norte.