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Hay algo en el aire de Vallecito que trasciende lo religioso; es una conexión visceral entre lo humano y lo milagroso. Este Viernes Santo, las historias de los promesantes le pusieron nombre y apellido a la fe. No son solo personas subiendo una escalera; son hijos agradecidos, madres que suplicaron por la salud de sus pequeños y familias enteras que viajan cientos de kilómetros para decir "gracias".
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