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Columna

Hartos

Estamos cansados. Escenas de una Argentina que desangra. Un compromiso generacional.

Por Eduardo Camus

Es domingo. Se supone que habría que descansar, despejarse, hacer algo para arrancarle unas horas de alivio a la semana. Pero no siempre se puede. No alcanza para el asado. La carne no para de subir. Y entonces vuelve a la cabeza esa escena brutal, tan argentina y tan de este tiempo: la chica en la parada del colectivo diciendo que en su familia “son veganos”, pero no por elección, sino porque hace meses no comen carne, aun siendo tres trabajadores en blanco.

La frase da risa al principio. Después da vergüenza. Y finalmente da bronca. Porque retrata una época. Una época en la que incluso trabajar dejó de ser garantía de una vida digna. Una época en la que despertarse ya no significa empezar el día, sino volver a entrar en la rueda.

Nos despertamos cansados. Ya desde el comienzo. Como si la noche no hubiera sido descanso, sino apenas una pausa. Como si dormir fuera solo cargar un poco la batería, como al teléfono. Suena la alarma. Después otra. Y otra más. Uno estira la mano, apaga, mira el celular. Y ahí empieza todo: el apuro, la deuda, la noticia mala, el mensaje pendiente, el mail sin contestar, el recordatorio del banco, la sensación de que ya llegamos tarde a algo. Todavía no amaneció del todo y el día ya nos debe una explicación.

El celular es una paradoja perfecta de este tiempo. Supuestamente llegó para facilitarnos la vida. Pero muchas veces funciona como una carga imposible de sobrellevar. Todo en el mismo lugar: trabajo, cuentas, grupo de padres, trámites, urgencias, malas noticias, obligaciones. Un montón de problemas en el bolsillo. Los grandes gurúes tecnológicos, los que conocen mejor que nadie los efectos del uso intensivo de estos dispositivos, suelen limitarlo en sus propias vidas. Nosotros, en cambio, llevamos el teléfono como una extensión del cuerpo. Y demasiadas veces salimos de ahí peor: ansiosos, dispersos, vacíos, con la sensación de haber perdido tiempo sin haber vivido nada.

Vivimos así, corriendo detrás de una vida que cada vez sentimos menos nuestra. Pagando, pagando, pagando. Pero, ¿para qué? Chau plata, chau tranquilidad. Y también chau a algo más difícil de medir y por eso más fácil de robar: la atención, el deseo, la presencia, las ganas. Nos roban vida.

Nos la roban en cuotas. En el viaje al trabajo. En la cabeza que nunca se apaga. En buscar como seguir ajustando lo que ya no se puede ajustar. En la comida apurada. En el domingo que ya se parece demasiado al lunes. En el cuerpo presente y la cabeza tomada por un cálculo permanente: cuánto falta, cuánto debo, cuánto aguanto, cuánto sale.

Hartos y, al mismo tiempo, paralizados. Porque uno podría suponer que el agotamiento lleva automáticamente a la bronca. Y a veces sí. Pero muchas más veces lleva al adormecimiento. A dejar pasar. A no leer. A no discutir. A no pensar demasiado. A no meterse. A sobrevivir el día y nada más.

Entonces buscamos escaparnos. No para vivir mejor, apenas para soportar. Scroll infinito. Serie puesta sin ganas. Un video corto detrás de otro. Distracción permanente. No hablar de nada importante porque bastante pesado está todo ya. No es frivolidad, es agotamiento. Es un cuerpo y una cabeza diciendo: hasta acá llegué.

Se ve en todos lados. En la conversación cortada. En la imposibilidad de concentrarse. En el fastidio constante. En la irritación que crece. En gente buena, sensible, inteligente, que llega a la noche demasiado rota como para pensar qué le pasa o por qué le pasa. Y ahí aparece una verdad incómoda: una sociedad saturada y triste es una sociedad más fácil de domesticar.

Jauretche entendió hace tiempo que las batallas políticas no se libran solo en la economía o en las instituciones, sino también en la cabeza y en el ánimo de un pueblo. Por eso esta también es una batalla cultural. Una pelea por la atención. Por el derecho a no vivir anestesiados de cansancio. Por recuperar algo tan elemental y, al mismo tiempo, tan revolucionario como la posibilidad de estar presentes en la propia vida.

No nacimos para que descansar sea culpa. No nacimos para que el tiempo libre sea residual. No nacimos para que la sensibilidad sea un lujo. No nacimos para escapar todo el tiempo de una realidad que debería parecernos digna de ser vivida. Y sin embargo, acá estamos: cansados, distraídos, a veces tristes, a veces en piloto automático, a veces ya ni siquiera sabiendo bien qué nos pasa. Pero con una certeza muda, corporal, irrefutable: esto no puede ser todo.

Nombrarlo ya es empezar a defenderse. Decir “estoy cansado” es una verdad a medias. Hay que animarse a decir algo más profundo, nos están cansando. Nos están dejando sin resto. Nos están robando partes enteras del día, del humor, de la ternura, del pensamiento. Nos están robando vida.

Y esa vida no se recupera sola, esperando que pase esta crisis. Se recupera volviendo a preguntarnos para qué vivimos, cómo queremos vivir y qué tipo de sociedad queremos construir. Se recupera encontrándonos con otros. Se recupera saliendo del encierro del cansancio. Se recupera defendiendo el derecho a imaginar un futuro mejor, incluso cuando todo parece empujar en sentido contrario.

Porque podrán robarnos tranquilidad, tiempo, poder de compra, incluso esperanza por momentos. Pero hay algo que no deberíamos resignar nunca, nos sobra la voluntad de seguir pensando el mañana. En la Argentina, aun en los peores momentos, siempre hubo un resto vital que se negó a aceptar que la intemperie fuera destino. Esa es, tal vez, la tarea de este tiempo, no permitir que nos conviertan el hartazgo en resignación.

El invierno llegará, arañándote la espalda,

mirarás el telediario como quien lee un telegrama

que trae pésames y flores. Mientras mascas los silencios

te robarán la memoria nigromantes y usureros.

Aquellos que ahora bailan celebrando la hoguera,

en que arde tu futuro, herido de hipotecas,

de dulce mansedumbre, narcótica ceguera,

herido y desangrado, el futuro aún espera.

(Despierta, Ismael Serrano)

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