Enterados del brutal ataque aéreo y del intento por asesinar a Juan Domingo Perón, cientos de personas habían empezado a llegar a una Plaza de Mayo en ruinas. Arriesgando la vida, buscaban armas con las que repeler a los infantes de Marina complotados, que pretendían continuar por tierra la masacre que los aviadores ejecutaron sobre la población civil. "Ese fue el primer acto de la resistencia peronista, esa lucha del pueblo contra los gorilas”, sostuvo el historiador y sociólogo Roberto Baschetti, autor del libro La violencia oligárquica antiperonista, donde repasa, entre otros episodios, los ocurridos aquel jueves 16 de junio de 1955. Para Baschetti, ese día comenzó el periodo de la historia argentina donde los seguidores de Perón harían frente a quienes los persiguieron y proscribieron.
"La idea de los que instintivamente fueron a la plaza a apoyar al gobierno y a luchar contra los insurrectos era recibir armas de los militares pero, como sabemos, ellos tienen el monopolio y no las entregan muy fácilmente", explicó Baschetti a Tiempo Argentino, que colaboró en la investigación sobre el bombardeo que en 2010 publicó el Archivo Nacional de la Memoria. El historiador subrayó que, ante la negativa de las Fuerzas Armadas leales de entregar armas a los civiles, "esta gente no se amilanó, no se quedó en la impotencia, y lo que hicieron fue ir a asaltar las armerías que había en la zona de Diagonal Sur y Norte; levantaron las persianas o rompieron vidrieras, y con lo que consiguieron fueron a pelear".
Baschetti lo destaca como un hecho fundacional: "En general, todo el mundo está tentado de decir que los actos de la resistencia, épicos o violentos, comienzan con el 17 de octubre del '55, que fue la primera fecha peronista después de la caída y que, de hecho, fue muy importante. Pero si hay que ser rigurosos y ciertos, el inicio de la propia resistencia está dada por esta lucha contra los gorilas en la plaza de Mayo, cuando el pueblo toma las armerías para defender al gobierno constitucional." El autor de La violencia oligárquica… recordó que en una imagen registrada aquel mediodía puede verse un tanque del Ejército y, detrás, formando una cuña, una gran cantidad de personas que se habían pertrechado en las armerías.
"Hay otros casos particulares –afirmó el sociólogo–. Por ejemplo, el de Oscar Bidegain, que había sido campeón de tiro en los Juegos Panamericanos y que fue con su arma, como también hicieron John William Cooke y mi tío, Manuel Evaristo Reyno, que era secretario General del gremio Utedyc y que antes de ser sindicalista había sido comisario de pueblo en el Tigre y en Roque Pérez."
En cambio, hubo civiles que estuvieron entre los conspiradores que dieron su respaldo a los golpistas. Uno de ellos, incluso, tripuló una de las aeronaves (ver aparte).
Desde su oficina en la Biblioteca Nacional, donde está al frente del Departamento de Adquisiciones e Intercambio, Baschetti relató que, antes de huir a Montevideo, los aviones de los rebeldes ametrallaron a camiones que se dirigían a la Rosada. "Había una bebida naranja que se llamaba Bilz y en una foto se puede ver cuatro camiones con la leyenda de esa marca, repletos de gente vivando", describió.
El enorme impacto que la masacre tuvo en la sociedad aceleró las condiciones para el derrocamiento de Perón. "La idea del complot –señaló el investigador– era generar el terror y matar al presidente. Esto lo dice el mismo jefe de Marina que estaba a cargo de la flotilla, Néstor Noriega, en un reportaje que le hicieron en los '70". No pudieron acabar con la vida del jefe de Estado, pero sí cumplieron con otro de sus objetivos terroristas. "Por eso, tres meses después, el 16 de septiembre, tenían media batalla ganada, porque en el inconsciente de la población estaba la idea de que si estos tipos habían bombardeado a su propio pueblo entonces eran capaces de cualquier cosa", planteó Baschetti. "De hecho –agregó–, cuando Perón no ofrece resistencia es porque Isaac Rojas lo amenaza con bombardear las destilerías de Dock Sud, como ya habían hecho en una parte de la costa de Mar del Plata".
El dirigente radical Miguel Ángel Zavala Ortiz fue el único civil que integró la tripulación de uno de los aviones y que, junto a los militares complotados, se exilió en Uruguay, donde permaneció hasta la caída de Juan Domingo Perón. "Este hombre, tres meses más tarde, retomó su carrera política como si nada", sostuvo Roberto Baschetti. "Fue canciller del presidente Arturo Illia y tuvo un rol clave en 1964, durante el primer intento de Perón de volver al país. Fue fallido, porque lo pararon en Brasil y fue devuelto a España.
El que hace las tratativas para que Perón no llegue a la Argentina es Zavala Ortiz, con la embajada norteamericana y el gobierno militar brasileño", recordó el historiador. En el año 2000, con el radical Enrique Olivera como jefe de gobierno porteño, la Ciudad bautizó "Canciller Miguel Angel Zavala Ortiz" a una plazoleta de Leandro N. Alem y Rojas, y dispuso colocar un busto en su honor.
El día del bombardeo, otros civiles iban a actuar como comandos de apoyo a los insurrectos. Con armas y vehículos, su misión era montar un cordón en varias cuadras a la redonda de la plaza. "La idea era que nadie pudiera entrar a ayudar a los leales al gobierno y que tampoco nadie pudiera salir si había quedado malherido", precisó Baschetti. Sin embargo, el ataque aéreo se demoró por razones climáticas y a las 12:10 estos grupos levantaron el operativo y se desconcentraron. Media hora después, comenzó la masacre.